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Prólogo «Tú tan refugio y yo tan a la deriva»

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A las buenas tardes, mis chicxs!

Como viene siendo costumbre, a siete días justos de la salida de «Tú tan refugio y yo tan a la deriva» quiero mostraros el prólogo para que deis los primeros pasitos en la historia de Marco. Un prólogo muy especial, si tenemos en cuenta que es el último de la Serie Sin Mar. Espero que lo disfrutéis al máximo y vuestras sensaciones sean tan buenas que os queden inmensas ganas de leer el libro completo.

No me distraigo más. Ahí va:

 

Prólogo

 

Miro los auriculares con rabia y los golpeo contra la pared. ¿Por qué han tenido que estropearse justo ahora?

Los gritos de fuera llegan cada vez más nítidos y noto el sudor bajarme por la espalda. No llevo aquí ni tres días y ya hemos vuelto a lo mismo de siempre. Todavía tengo el recuerdo de las promesas de mi madre a los trabajadores sociales. Estaba limpia, decía. Rehabilitada. Lista para una nueva vida.

Me río con asco, porque no entiendo cómo han podido creerla con tanta facilidad. Una analítica demostrando que lleva un tiempo limpia es suficiente para que me devuelvan a este infierno. Dicen que es la ley, que no pueden hacer más, pero es mentira. No quieren. Nadie quiere. De cualquier modo, tampoco los necesito. Ya tengo doce años y mi cuerpo crece rápido. Pronto podré hacerme con un carné falso y empezar a vivir por mi cuenta. Un año, o puede que dos, aunque Sergio diga que mínimo hasta los catorce no vamos a tener cara de hombres. En cuanto alcance una mínima estatura me largaré de este piso y viviré en la calle, si es necesario. Me iré lejos, donde los servicios sociales no puedan encontrarme. Ni mi madre. Ni él. Sobre todo, él.

La puerta de mi habitación vibra y trago saliva, aunque me enfade conmigo mismo por hacerlo. No tengo miedo, el miedo es para los cobardes y yo no lo soy. No lo soy, pero ojalá no entren en mi cuarto. Ojalá me dejen en paz y no me metan en sus peleas. Vibra de nuevo. La puerta, digo. Vibra de nuevo y doy un paso atrás de manera instintiva. Ojalá este piso tuviera escaleras de incendios, como los pisos de las pelis americanas. Podría salir de un salto ahora mismo y volver cuando las cosas estén más calmadas, pero si te asomas por mi ventana solo ves el suelo a cuatro plantas de distancia y no soy un cobarde, pero tampoco estúpido; saltar no es una opción.

—¡No te miento! ¡Pregúntale a él y verás! —grita mi madre al otro lado de la puerta.

No. No. No. No. Por favor, lárgate, no me preguntes nada. No entres aquí.

Por favor. Por favor. Por favor.

Aprieto los puños hasta que los dedos me duelen por la tensión. Mi pecho sube y baja con rapidez y cojo aire como me explicó una vez una trabajadora social. Por la nariz, con fuerza e intentando mantener la calma. Lo expulso por la boca y vuelvo a repetir. La primera vez que me lo dijeron me pareció una gilipollez y procuro no hacerlo delante de los chicos, pero lo cierto es que me ayuda. Poco, pero algo hace.

La manilla de la puerta baja y yo me olvido de coger aire. Me olvido de respirar, en realidad. Va a entrar, lo sé. Ahora solo me queda desear que no esté muy colocada.

—¡Marco! —La puerta se abre y sus ojos, distraídos y nerviosos, me buscan con atención—. Marco, rey, dile a Ángel que no me he metido nada. Estoy limpia, tú viste la analítica. Por eso estás aquí, porque estoy limpia.

Aprieto los labios hasta formar una fina línea e intento mirarla sin mostrar el odio y asco que siento. Está despeinada, lleva un camisón que huele mal y va hasta el culo de algo. Coca, seguramente. No está limpia, ni por fuera, ni por dentro, pero ya he dicho que no soy estúpido y no quiero despertar su ira, así que me encojo de hombros y miro a Ángel, que acaba de entrar en el cuarto.

—Yo no la he visto meterse nada.

Intento que mi voz no salga en un susurro, sino que sea firme y clara. Creo que lo consigo, porque Ángel no se ríe de mí por parecer un niño asustado.

Ángel es el novio de mi madre. También es el que trae a otros tíos a casa para que ella se acueste con ellos. Él dice que no es un chulo, sino un empresario. Mi madre dice que no es prostituta, solo una mujer con necesidades. Supongo que todo es cuestión de perspectivas. Para mí son un par de imbéciles, pero él, al menos, no se gasta todo lo que tiene en drogas.

—Oye, colega, ¿estás bien? Te veo muy blanco.

Asiento de inmediato con la cabeza y pienso, como siempre, que odio al Ángel amable. Lo odio incluso más que al Ángel que grita y se pone violento. Del último puedo defenderme. Huir. Del amable, no.

—Estoy bien —digo mirando a mi madre, que se ha sentado en mi colchón y me mira con una risa entrecortada, fruto de todo lo que se ha metido. A saber qué está pensando—. Voy a salir a dar una vuelta.

—Es la hora de cenar, rey —contesta ella.

Estoy tentado de bufar y gritarle que no hay nada que cenar porque alguien que no soy yo prefiere chutarse que llenar la despensa. Compró algunas cosas para que los trabajadores sociales lo vieran, pero de eso hace casi tres días y ya no queda nada. Que Ángel coma como un cerdo no ayuda. Aun así, sonrío. No sé cómo lo hago, pero lo consigo. Sonrío y me encojo de hombros.

—Puedo cenar por ahí, no importa.

—Te haré una tortilla —contesta con soltura.

Se levanta del colchón, da un traspié y se clava de rodillas en el suelo. Suelta una estúpida risa y, antes de poder levantarse, Ángel la coge del pelo y la pone en pie de un tirón. Ella se queja y yo me tenso aún más.

Tengo que salir de aquí, joder. Tengo que salir de aquí de una vez.

—¿Con qué vas a hacerle una tortilla, si no hay huevos y no tienes ni un euro?

—Iré al supermercado. Págame lo que me debes.

Ángel suelta una risa seca y la mira con desprecio.

—¿Me robas la coca que tenía para otro cliente, te la chutas y todavía quieres que te pague? Agradece que no te doy tu merecido.

La enorme cicatriz de su mejilla brilla, o a mí me parece que brilla siempre que se enfada. Los dedos de sus manos se abren y cierran y el movimiento de sus enormes anillos me resulta hipnótico.

—Te he dicho que yo no he cogido la coca, Ángel. ¡No lo he hecho!

Veo con total claridad cómo su cara gira a una velocidad de vértigo cuando Ángel le estampa la mano en la mejilla. Aprieto los dientes y salgo corriendo, esquivándolos antes de que la pelea derive en mí y sea yo quien se lleve los golpes. No sería la primera vez. Ella al principio no me tocaba, pero cuando empecé a hacerme mayor decidió que era un buen escudo y, desde entonces, cuando Ángel se descontrola, hace que enfoque su atención en mí. Ella se lleva un par de guantazos y a mí me dejan hecho una mierda durante días. Siempre es igual, así que, aunque una parte de mí piensa que debería quedarme y defenderla, gritarle a él para que no le pegue, no lo hago. Aprendí hace mucho que, en ocasiones, es ella, o yo.

Corro hasta el callejón de siempre. Los chicos suelen pasar las tardes apostados ahí, hablando de chicas, coches y, sobre todo, de cómo vamos a largarnos de este barrio en cuanto podamos, pero ahora mismo no hay nadie. Y mejor, porque no quiero que vean lo nervioso que estoy. Ella también suele venir, pero no a esta hora.

Me acuclillo al lado de un contenedor y me concentro en respirar de nuevo. Pienso, no por primera vez, qué hubiese sido de mi vida si mi padre, sea quien sea, me hubiese querido en ella. A lo mejor no viviría aquí. Quizá tendría una familia con una casa limpia en la que comería tres veces al día. Puede que ni siquiera tuviera miedo de la oscuridad, como me ocurre ahora. Es algo que nunca he confesado a nadie. En mi habitación tengo suerte, porque hay una farola junto a mi ventana que llena mi cuarto de mosquitos, pero también de luz. Me da mucha vergüenza sentirme tan mal cuando me quedo a oscuras, pero no puedo evitarlo. A lo mejor a mi padre tampoco le gustaba la oscuridad. Puede que sea heredado. A Victoria, mi madre, no le importa estar a oscuras, así que igual… igual me parezco a él. No sé quién es, ni si está vivo o muerto, porque ella no me cuenta casi nada, pero a veces me grita que soy igual que él y yo me alegro, porque lo último que quiero es parecerme a ella.

Entonces recuerdo que quizá él sea igual de malo.

Es posible que solo sea un cabronazo que se deshizo de mí como si no valiera más que una cajetilla de tabaco vacía. Me dejó con ella, joder, ¿qué tipo de persona deja a un bebé con una madre así? Alguien con buen corazón, no, eso seguro.

Siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas. Me las limpio a toda prisa y miro a los lados. No viene nadie, no me han visto, pero, de todas formas, no pienso ponerme a llorar.

No aquí.

No por él.

No por ella.

Nunca más por ellos.

***

¡Y hasta aquí!  ¿Qué os ha parecido? Os dejo por aquí un montaje del muso en el que yo me inspiré para Marco. Después de publicar haré un post con fotos de todos pero, como siempre digo, la imaginación es lo más libre que existe, así que vosotrxs podéis imaginar a quién queráis en su papel.

 

Nota: Os recuerdo que ya podéis reservar el libro en Amazon y así se os descargará automáticamente en vuestro dispositivo a las 00:00h. Podéis acceder desde aquí.

 

Me llamo Lorena, aunque en los mundos de internet ya todos me conocen como Cherry Chic. Apasionada de los libros. Trabajo creando vidas y tejiendo historias.

5 Comments

  1. Con ganas de leerlo Cherry!!. Que vida ha tenido Marcos!!. Los pelos de puntas !!.

  2. Me ha gustado mucho, siempre que te leo me quedo con ganas de más. Gran pluma que denota un gran corazón. Gracias por alegrar mis ratos….

    • Cherry Chic Reply

      Muchísimas gracias a ti por permitir a mis historias colarse en tu vida. Un besito!

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