blog Noticias

Prólogo Hasta que el mundo vuelva a creer en la magia #SinMar4

Google+ Pinterest LinkedIn Tumblr

Buenos días, Cerecitxs!

Bueno, una vez leído el título, la sorpresa queda clara, pero aún así os cuento que, como es costumbre en mí, os dejo por aquí el prólogo de mi próxima novela «Hasta que el mundo vuelva a creer en la magia». Amelia ya está poniéndose guapa y preparándose para llegar a vuestras manos en solo siete días y a mí los nervios me tienen un poco loca, pero sabiendo cómo sois, estoy segura de que vais a darle todo el cariño que ella, él y su historia merecen.

No me entretengo más, que sé que estaréis deseando dar comienzo a la lectura del prólogo.

¡Ahí va!

 

Prólogo

El día hoy está resultando agotador. Es la tercera vez que tengo que correr detrás de mi hermano Álex y estoy tan cansada que, después de unos minutos, me paro y me siento en la acera, aburrida de este juego.

—¡Venga, Amelia! —exclama cuando se da cuenta de que no voy a seguirlo más—. ¡Tienes que pillarme!

Le ignoro y me fijo en el bultito marrón que he visto esconderse detrás de un arbusto de casa de los Sanz. Me acerco despacito, para no asustarla, y sonrío cuando llego a donde está, aunque, cuando me doy cuenta de que tiene una patita mal, hago una mueca de tristeza, porque es un peligro que vaya así. Sus depredadores se aprovecharán de que no está al cien por cien y morirá de una forma cruel y sanguinaria. Empiezo a respirar más fuerte, mi pecho sube y baja por culpa de la penita que me da el futuro que le espera y me acuerdo de que papá siempre me dice que, cuando me pase esto, tengo que parar y respirar con mucha fuerza y muy lentito, para poder calmarme. Lo hago y funciona, como siempre, porque mi padre es un genio, aunque a veces se enfade con nosotros.

Álex se acerca a mí y se acuclilla a mi lado, olvidando que yo debería pillarlo. Si fuese una mala persona, aprovecharía este momento para bloquearlo y hacer que me devuelva los pendientes que me ha robado para hacerme jugar al pilla-pilla, pero es que este tema es mucho más importante.

—¡Mola mucho, Amelia! ¿Quieres que la coja? —Asiento de inmediato y él me sonríe y la acaricia antes de cogerla en brazos—. Vamos a enseñársela a Esme y Julieta, corre.

Hago una mueca porque odio correr, sobre todo ahora que soy mujer y me duele tanto la barriga. Álex odia que diga que ahora soy mujer y me grita que siempre lo he sido, pero no comprende que ahora lo soy más, porque me ha bajado el periodo y papá dice que eso significa que ya soy una mujer completa. Yo la verdad es que no pensaba que antes estuviera incompleta, pero si papá lo dice, pues será verdad. Julieta y Esme aún no son mujeres completas y están muy enfadadas por este tema, porque Julieta dice que ella también quiere desangrarse cada mes, porque la sangre mola. Yo no lo creo, pero ella es así de rara. Esme no está enfadada porque quiera desangrarse, sino porque odia no ser la primera en algo; se cree supermayor solo porque ella nació primero y le molesta mucho que yo me haya convertido en mujer antes. En realidad, todos tenemos once años y ella solo es unos minutos mayor que nosotros, porque somos cuatrillizos. La gente se sorprende cuando se entera de esto y no me extraña, porque es algo superespecial. Todo el mundo conoce a gemelos, o mellizos, pero no mucha gente puede decir que conoce a cuatrillizos. Además, yo estoy segura de que mis hermanos y yo tenemos algo que nos conecta, porque cuando están mal siempre puedo detectarlo y sé que al revés pasa lo mismo, aunque Julieta se ría y Esme diga que eso es imposible. Solo Álex me da la razón, a veces, pero creo que es porque le doy pena.

El caso es que ahora ya soy mujer y papá me ha comprado unas compresas que tengo que ponerme y que Álex usa para pegar en la espalda de sus muñecos, como si fueran capas de superhéroes, por mucho que yo le grite, pero lo más importante es que, si antes no me gustaba correr, ahora, cuando me pongo así y me duele la tripa, todavía menos.

Llegamos a nuestra casa y la atravesamos para llegar al jardín trasero, donde pasamos las tardes. Esme y Julieta están sentadas discutiendo sobre algo, como siempre, pero cuando ven a Álex abren los ojos de par en par y se levantan superrápido.

—¿Qué haces con una rata, Álex? —pregunta Esme enfadada—. ¿Es que no sabes que tienen un montón de enfermedades que pueden transmitirte?

—¡Cómo mola! —exclama Julieta entusiasmada, ignorando a Esme.

—Tiene una patita mal —digo con cara de pena—. Tenemos que curarla antes de soltarla otra vez, porque tal y como está, sus presas la matarán de una forma cruel para comérsela y no podrá defenderse.

—Es una rata sucia y asquerosa —vuelve a decir Esme—. ¿Quién iba a querer matarla?

—A lo mejor Chinlú. —Álex abre mucho los ojos antes de seguir—. Conchi dice que los chinos comen ratas y gatos, aunque Chinlú se enfade cada vez que la oye.

—Igual podemos llevársela para que la cocine y nos haga un plato rico rico. —Cuando miro a Julieta con los ojos de par en par, horrorizada, ella se encoge de hombros—. ¡Le falla una pata! Lisiada como está, lo mejor que puede pasarle es que nos la comamos.

—No vamos a comérnosla, Julieta, es un ser vivo. ¿Te gustaría que viniera alguien, te capturara, te alejara de tu familia y te matara para comerte? ¿Eh?

Ella frunce el ceño y me mira mal, porque no entiende lo grave que es lo que acaba de decir. En mi familia eso pasa mucho, que hablan y hablan sin pensar, yo también lo hago, la verdad, así que no voy a ponerme de santa, pero esta vez me ha molestado que ella diga algo tan feo.

—Nos comemos los filetes de pollo y de cerdo que trae papá del súper y no pasa nada. ¿Por qué esto es distinto? —pregunta Esme—. O sea, yo no voy a comer, porque me da asco, pero entiendo que es lo mismo.

En eso tiene razón. Cada vez que papá nos hace de comer carne o pescado yo tengo que aguantarme las ganas de vomitar. Si no pienso en lo que estoy comiendo, todo va bien, pero cuando me doy cuenta de lo que he hecho me siento muy mal. Esme me explicó que eso es porque soy vegetariana, pero yo no estoy segura, porque el jamón me encanta. Aun así, no voy a permitir que maten a la rata para cocinarla.

—Nadie va a ponerle una mano encima, ¿me oís? Si matáis a la rata, no os perdonaré en la vida.

—¡Pues tú me dirás para qué queremos una rata coja!  —exclama Julieta.

—Vamos a darle de comer, vendarle la patita y ponerla en forma para que pueda irse a correr y jugar con sus amigas.

—Amelia, tú sabes que los bichos estos viven en alcantarillas, ¿no? —dice Álex antes de que yo lo mire mal—. Es que hablas como si viniera de un prado y no es así, solo quería que lo supieras.

—Sé dónde viven las ratas, Álex, no soy tonta.

—Si tú lo dices…

Entrecierro los ojos, pero no le hago caso, porque discutir con él es imposible. ¡Discutir con cualquiera de mis hermanos es imposible! Son unos cabezotas que se creen que siempre tienen razón, aunque sea mentira.

Cojo la rata de sus brazos, entro en casa y subo a mi dormitorio. Le pongo un poquito de mi colonia de frambuesa por encima, porque la verdad es que sí huele un pelín a alcantarilla, pero no importa, nadie es perfecto.

—Te voy a llamar Chocolate, porque eres marrón y, según mis hermanos, comestible, pero no te preocupes, que no voy a dejar que Chinlú te haga filetes.

Ella me mira y mueve el hocico, como dándome las gracias, y yo sonrío, feliz de la vida. Ahora solo necesito una caja de cartón y que papá no sepa nunca que en mi cuarto vive una rata, porque se pone muy nervioso cuando traigo animalitos a vivir aquí. Dice que el día menos pensado vamos a pillar todos la rabia o vete tú a saber y que él tiene una casa, no un zoo. Yo antes le discutía, pero un día Julieta me explicó que, con papá, lo mejor es escucharle en silencio y luego hacer lo que nos dé la gana, porque si él no sabe lo que pasa, no puede enfadarse, y si no se enfada, no sufre, y si no sufre, todos felices.

Julieta está un poco loca, pero tengo que reconocer que, a veces, dice cosas muy geniales.

Pongo a Chocolate en una cajita de zapatos después de vendarle la patita con papel higiénico, pero me doy cuenta de que no se está quieta dentro, así que pienso que lo mejor es que la meta en el armario y así, ni papá podrá verla, ni ella podrá escaparse.

Una semana después mi ropa está roída, papá ha tenido que contratar a un señor para que limpie mi cuarto, porque resulta que Chocolate estaba a punto de ser mamá y ha tenido nueve ratitas dentro de mi armario, y yo estoy castigada durante un mes sin tele y sin salir del jardín de nuestra casa, más que para ir al cole.

—No llores más, tonta, piensa que has librado a Chocolate y a sus bebés de acabar hechos filetes en el almacén de Chinlú —dice Álex mientras me abraza.

—Además, nosotros vamos a quedarnos contigo cada día dentro del jardín para que no te sientas sola —sigue Julieta.

—Eso, pero tienes que prometer que no vas a traer más ratas a casa, ¿vale?

—No puedo, Esme. ¿Y si el día de mañana me encuentro con una que me necesite? No quiero romper una promesa y no quiero dejar de ayudar animales en peligro.

—Ay, Amelia… —Julieta hace una mueca y niega con la cabeza—. Eres demasiado buena para tu propio bien.

Álex y Esme asienten, pero yo solo me encojo de hombros y suspiro pensando que, en días como hoy, me vendría genial descubrir que el césped de casa está lleno de hadas, duendes, elfos, unicornios y miles de criaturas más, como he creído siempre, porque así, al menos, tendría algo para animarme.

No lo digo en voz alta, claro, porque mis hermanos se reirían de mí, pero algún día encontraré un mundo lleno de fantasía en el jardín trasero y entonces tendrán que callarse la boca y reconocer que soy la mejor de los cuatro. Después de todo, soy la única mujer completa de la familia, aunque odien pensar en ello.

Sonrío y me tumbo en el césped para mirar al cielo y buscar nubes con forma de chuches mientras pienso en lo bonita que será mi vida cuando, por fin, encuentre un unicornio y pueda pasear con él mientras mis hermanos me miran muertos de envidia.

—Ya se ha ido a su mundo otra vez —murmura Julieta desde algún lugar del césped.

—Dejadla en paz, ella es feliz así —me defiende Esme.

—Por lo menos su cuarto dejará de oler a mierda —acaba diciendo Álex.

Mi padre vuelve a gritar desde dentro de casa, pero yo ni siquiera me muevo del sitio, porque sé que mis hermanos me defenderán si sale a ampliar mi castigo.

Y es que, en realidad, tener tres hermanos de mi edad que me protejan cuando lo necesito es la cosa más guay del mundo.

***

 

Espero que lo hayáis disfrutado, familia.

¡Nos vemos en una semana por Sin Mar!

 

 

 

Me llamo Lorena, aunque en los mundos de internet ya todos me conocen como Cherry Chic. Apasionada de los libros. Trabajo creando vidas y tejiendo historias.

8 Comments

  1. Marisa Muñoz Reply

    Que buen empiece de libro, me he reido ya un montón. Me encantan las diferentes formas de pensar de los cuatrillizos. Deseando leer el libro entero

    • Cherry Chic Reply

      Me alegra que te haya gustado! Muchas gracias por pasarte, Marisa.

  2. Ufff me ha encantado!!! Ansiosa por saber mas amo la forma de ser de los hermanos , Julieta siempre me saca una sonrisa y Alex uff toda su vida siempre despreocupado y a la vez pendiente de sus hermanas , son un amor estos 4!!! No puedo esperar a que al fin llegue Amelia

  3. Si ya se me hacia demaciado tiempo para poder leerlo despues de esto sufrire. Se me aran eternos estos dias esperando la magia de todos pero en especial de Amelia
    Amo a estos cuatrillizos y seran libros que releere un monton de veces estoy segura. Tambien espero poder seguir leyendo sus platicas en el whatapp porque me encantan.
    Felicidades!!!

  4. Enhorabuena por el libro. Lo he disfrutado como una enana. Como con todos los demás has conseguido emocionarme.

Write A Comment