blog Mundo Cherry

Nuestro mejor lienzo

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Miro a Carmen fijamente, no porque me haya dicho algo tan bonito que no puedo ni pestañear, sino porque yo creo que esta muchacha está empezando a tener problemas serios. Yo la quiero mucho, pero lo que es, es.

Está sentada en el sofá de nuestra casa, con las rodillas encogidas y mordiéndose el labio con fuerza. Guapísima, es que no la hay más guapa. Hasta cuando juega a ser la más cobarde del mundo está guapa.

—Es que a lo mejor son gases —me dice otra vez.

Y yo me digo a mí mismo: No eleves las cejas, Gabriel de la Torre, que como eleves las cejas, se cabrea.

—Carmencita de mi vida y de mis amores, que llevas tres meses sin regla.

—Pero yo siempre la he tenido muy descontrolada. A lo mejor es porque me bañé aquel día en la piscina con la regla y al golpe de agua fría…

Mira, yo es que la negación la comprendo, pero esto no es negación, esto es que está ciega y sorda. Es una canción de Shakira andante ahora mismo.

—Pero qué golpe de agua fría, ni qué ocho cuernos, buñuelito. Un preñado como una catedral es lo que tienes.

—Gabriel, por favor, no te pongas ahora intenso. Esto es serio. ¡Y no digas eso! Yo te dije que no quería hijos todavía. A lo mejor no me viene porque tengo un problema psicológico. Voy a hablarlo con la psicóloga. Ya hace tiempo que no voy y tú dijiste que no hay mejor dinero invertido que ese.

—Yo dije eso cuando te hacía falta, pero ahora el dinero mejor invertido es el que nos gastemos en un libro de nombres.

—¡Gabriel, por favor!

—Aunque en realidad no hay nada que pensar. Es el primero, así que, si es niño Gabriel, y si es niña Gabriela.

—Ay, Dios.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta?

—No estoy embarazada. Y si lo estuviera, ten por seguro que no se llamaría ni Gabriel, ni Gabriela.

—¿Y eso por qué? ¿Te gusta más “Gabi”?

—¡No!

—Lo bueno de Gabi es que vale para niño y para niña. Así no hay líos.

—Gabriel…

—Y si el día de mañana siente que es de otro género, fíjate la de papeleo que se ahorran, porque no hay que tocar el DNI.

—Ay, por Dios.

—Piénsalo, Carmen. Estas cosas hay que pensarlas, yo voto por un nombre unisex. Y a mi abuela le haría una ilusión tremenda.

—¡Que me da igual tu abuela!

—Uy, qué feo eso, con lo que te quiere.

Carmen se levanta del sofá y la veo ir hacia su habitación. La suya, que no la nuestra. La sigo y la veo sentarse en el suelo con las piernas cruzadas. Mira al suelo, donde tiene pinceles varios y algún que otro lienzo inacabado. Todavía trabaja en la tienda con Juani, pero creo que solo porque le aporta seguridad, porque sus obras han empezado a venderse medianamente bien. Estoy convencido de que será famosa. Podría decir que será una artista famosa, pero es que artista ya es, y el valor de su trabajo no lo cuantifica el dinero, sino el esfuerzo y el amor que pone en ellos. Se mira las manos atentamente y, como siempre que la observo aquí, en su rinconcito privado, sonrío, porque esta mujer es increíble, maravillosa, aunque todavía luche con algunos demonios. Es jodidamente increíble y quiere estar conmigo, lo que a ratos me resulta un tanto inexplicable.

Cuando me mira, sus ojos dejan ver una emoción que está a punto de desbordarse.

—¿Cómo voy a ser madre, si ni siquiera tengo un recuerdo bonito de mi niñez?

Me acerco a ella pensando en que esto, que nadie más ve, salvo yo, son las heridas de guerra que permanecen después de años de acoso.

Cuando un niño en el colegio sufre burlas de sus compañeros, no son solo “cosas de niños”. No lo son, porque uno de esos niños se va a su casa tan tranquilo, pero el otro se va con el alma cada día un poquito más rota. Y reconstruir un alma quebrantada lleva una vida entera de esfuerzos y miedos. Nadie merece algo así. Y sé de lo que hablo, porque yo también lo sufrí, aunque asuma mis miedos de otra manera.

—Lo haremos bien, pastelito —murmuro arrodillándome frente a ella.

Cojo sus manos llenas de pintura y me las llevo a los labios, donde beso sus nudillos.

—Gabi…

—Será feliz. Conseguiremos que sea feliz y nos tendrá siempre a nosotros.

—¿Y cuando vaya al cole?

—Estará bien. No tiene por qué ser una réplica de lo que te pasó. ¿O acaso piensas que yo seré un mal padre porque el mío nos maltrataba?

—No, no, por supuesto que no. —Cambia de postura, arrodillándose frente a mí, y suelta sus manos para poder colocarlas en mis mejillas—. Tú, Gabriel de la Torre… —Las lágrimas que ha contenido a duras penas caen por sus mejillas, pero esta vez sonríe—. Tú vas a ser un padre maravilloso cuando llegue el momento.

Trago saliva, sobrepasado por los sentimientos que ella me provoca, y apoyo mi frente en la suya.

—¿En siete meses, dices?

—Gabi…

—Estás embarazada, joder. Hazte la puta prueba y verás.

Ella me besa, se sienta sobre sus talones y resopla con fuerza antes de asentir.

—Está bien, vamos a comprar uno.

—Comprar dice…

Me levanto, voy al baño y vuelvo en menos de un minuto con una caja en la mano.

—¿Has comprado una prueba de embarazo sin mí?

—El primer mes que se te fue la regla por ahí, de erasmus —admito sin el más mínimo pudor—. Tienes que hacer pis aquí, pero como tú eres de reflejo lentito, he comprado también vasos de plástico. Haces ahí y luego metemos el palito, no sea que te mees la mano y a mí eso luego se me queda grabado en la cabeza. Ya me conoces.

Carmen se echa a reír, se levanta y me sigue hasta el baño. Yo entro, le doy un tironcito a su pantalón y ella pierde la poca paciencia que, al parecer, le quedaba.

—Se acabó. Fuera de aquí.

—A mí no me eches, ¿eh? ¡Que soy el padre!

—Gabriel, fuera. No voy a hacer pis delante de ti.

—Cosas peores has hecho. —Me mira mal—. O sea, peores, pero que de las que nos hacen disfrutar, ya sabes… —Me mira peor.

Pues no tiene pinta de que vaya a arreglar esto, así que doy un paso atrás y cuando me cierra la puerta en las narices frunzo el ceño y toco con los nudillos.

—Pues que sepas que pienso acordarme de esto el día del parto y cuando me digas cosas como: Gabi, quiero un masaje. Te diré: dátelo tú, que para eso te hiciste la prueba sola.

—¡Gabriel, para!

—Y cuando la matrona me diga que corte el cordón diré: que lo corte ella, que es una independiente de la vida.

Escucho su risotada tras la puerta y apoyo la frente en la madera con una sonrisa.

Joder, cómo la quiero.

Voy a tener un bebé. Parece una gran noticia, y posiblemente lo sea, pero la verdad es que una parte de mí no puede dejar de recordar a la niña que fui. Viví asustada, presa del miedo que me provocaba ir a clase cada día. No tanto de niña como cuando alcancé la adolescencia. La sola idea de pensar que un hijo mío, o una hija, tenga que atravesar eso, es insoportable. Hace que se me acelere el pulso y la garganta se me cierre.

Y, aun así, aun con el terror que recorre mi riego sanguíneo ahora mismo… sé que lo correcto es tenerlo.

Voy a tener un bebé. Y todavía no me he hecho el test, pero da igual, porque lo sé. Lo llevo sabiendo tres meses. Los mismos tres que llevo eludiendo a Gabriel.

Y él… él es la razón por la que sé que seguir adelante es lo correcto. Yo no sé si puedo ser una buena madre. Algunos días, incluso dudo de mí misma como ser humano. Es probable que meta la pata en un millón de cosas que mi tendencia a bloquearme acabe por joder un millón de situaciones, pero tendré al lado a Gabriel, y eso es la mayor garantía que puedo tener. Sé que, aunque intente echarlo, se quedará a mi lado. Como ahora, tras la puerta, donde no lo veo, pero lo oigo, y lo siento.

A lo mejor me siento juzgada como madre en el parque, pero sé que al llegar a casa y contárselo él me hará ver las cosas de ese modo tan especial que tiene de entender la vida y acabaré alzando la barbilla, orgullosa por formar equipo con alguien como él.

He dicho muchos años que no quería tener hijos, pero no es cierto: lo que no quería era tenerlos sabiendo que un ser humano depende totalmente de mí. He visto a cientos de madres ocuparse de sus hijos como si ellas fueran las responsables absolutas de sus vidas, mientras los padres invierten un rato de juego o simplemente los cuidan a ratos y se sienten en paz consigo mismos. No podía soportar pensar en tener un hijo porque reconozco que, a veces, necesitaré estar en mi mundo, y entonces, ¿quién va a estar con él o ella? ¿Quién va a explicarle que mamá a veces necesita perderse entre pinceles para entender la vida de un modo único y distinto?

—Estoy pensando, cucuruchito, que no necesitamos el nombre de momento. Vamos a llamarlo Arándano y que sea lo que Dios quiera.

Mis propias risas llenan el baño. Miro mi vientre, todavía plano, y acaricio la zona baja mientras siento mi pecho retumbar de nervios, pero también de ilusión.

—No te preocupes, Arándano —susurro—. Puede que tu madre sea un poco excéntrica, a veces, pero lo compensaremos con un pare absolutamente genial.

Me hago la prueba, abro la puerta del baño y se la doy a Gabi.

—¿Qué? —pregunta.

—No lo sé, no he mirado. Aunque no lo necesitamos.

—Claro que no, estás preñadísima, pero vaya, vamos a dejarlo aquí quietecito, por si acaso.

Lo deja sobre el lavabo, me coge de la mano, me gira para enfrentarme al espejo y me abraza desde atrás, enlazando los dedos sobre mi vientre y apoyando la barbilla en mi hombro.

—¿Estás lista?

Sé que no está preguntando por la prueba, sino por algo mucho más importante. Vamos a ser padre. Vamos a tarea vida al mundo y, con suerte, vamos a criar a un ser humano decente, lleno de dignidad y amor. Lo miro a través del espejo y sonrío, emocionándome.

—Contigo, siempre.

La sonrisa que me dedica es todo lo que necesito para recordar los motivos por los que esto va a salir bien.

—Sigues iluminando mi mundo, Gabriel de la Torre.

Él me aprieta más contra su pecho y besa mi mejilla antes de susurrar junto a mi oído.

—Y tú sigues pintando el mío, Tartita. Ahora solo tenemos que añadir colores nuevos.

Me pinzo el labio con una sonrisa y observo el positivo que acaba de mostrarse en la pantalla de la prueba de embarazo. Siento cómo se hincha su pecho y cojo aire con fuerza, intentando llenarme de todo lo bueno que se respira en el ambiente. Contagiarme de lo bonito. Apreciar nuestra suerte.

Y es que creo que estamos a punto de pintar nuestro mejor lienzo.

 

Me llamo Lorena, aunque en los mundos de internet ya todos me conocen como Cherry Chic. Apasionada de los libros. Trabajo creando vidas y tejiendo historias.

4 Comments

  1. Me encanta saber de todos, pero este mini relato de Ganriel y Carmen es muy especial….. Muchas gracias por dejarnos seguir viviendo sus historias

  2. Que maravilla. me ha encantado pero es que Gabriel ainss me tiene enamorada.

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