Capítulo 2

Junior

Me doy cuenta de que somos muchísimos cuando, a la hora de comer, prácticamente desalojamos la playa. Por un momento me imagino la imagen que debemos dar al dirigirnos al jardín de casa todos en grupo. Somos, a ojo, veinte personas, si no más, con hambre y hablando a gritos. Es que es normal que ya nos conozcan en el pueblo. En mi caso, no solo por ser sobrino de los dueños, ni por el estudio de tatuaje de mi padre, que también, sino por las que hemos armado durante años en los veranos.

—Me pienso comer una dorada como yo de grande —dice Valentina a mi lado—. Estoy famélica.

—Tampoco hay que correr tanto para comerse algo como tú de grande. —Se ríe mi hermano Ethan a su lado, tocando su cabeza con golpecitos, como si fuera un perro—. Eres tamaño llavero.

—En contraste con tu imbecilidad, que es infinita.

—Adorable.

—Idiota.

Se miran mal justo antes de echarse a reír a carcajadas. He aquí otro motivo por el que mucha gente a nuestro alrededor se desconcierta y tensa. Lo mismo parece que nos odiamos, que al segundo siguiente parece que no podemos vivir los unos sin los otros. Intenso. En esta familia todo es intenso y las comidas familiares se llevan la palma, motivo por el que Fran decidió hace unos años que lo mejor es, cuando nos juntemos en verano, hacerlo en el césped privado, donde mis tíos y mis padres tienen la casa. Está dentro del camping, pero rodeado de una muralla para dar privacidad, aunque dicha privacidad ha sido más para la gente del camping, porque podemos resultar un tanto molestos cuando nos juntamos.

Las mesas plegables se alargan en el centro cuando llegamos. Las sillas plegables de madera que usamos para el público del teatro hacen su cometido también en estas comidas. A menudo mi madre dice que cuando empecemos a tener hijos tendrán que sortear qué casa tiran para que haya más césped para todos. Lo dice de broma, pero en cierto modo es verdad que somos muchos. Lo sé, me repito, pero de verdad, tendrías que vernos.

—¡Eh, Val! Mira lo que me enseñó papá hoy.

Diego, el pequeño de la familia, que tiene once años, se acerca con un patinete y le hace una demostración de lo aprendido en la mañana. Tiene talento, pero no me extraña. Muchos en la familia lo tienen. Valentina en particular es un hacha en todo lo que a deporte se refiere. Todavía no he visto que haya alguno que se le dé mal, ni a nadie que la iguale, es absolutamente increíble, por eso el pequeño busca su aprobación constantemente.

—¡Pero bueno! ¡Está genial, peque! Ya mismo me igualas.

—¿Qué hablamos antes de venir? —dice el niño resoplando—. Nada de llamarme peque en público. —Valentina pone cara de arrepentimiento y se acerca, pero él da un paso atrás—. ¡Y nada de besos!

Mira los lados, como si alguien pudiera verlo, cuando lo cierto es que este recinto es privado y solo estamos la familia.

—¡Pues pronto empieza el niño con la tontería preadolescente! —protesta ella.

Marco, su padre, se ríe y les pide que se sienten de una vez para que podamos comer.

—Yo quiero una cervecita —dice Álex, el padre de Valentina y Óscar, justo antes de que su mujer lo mire mal—. Una, rubia. Y luego, agüita de los cojones.

—Tuviste un infarto, Álex. Tienes que cuidarte.

Él pone mala cara, pero asiente. Según me ha contado Óscar, desde que tuvo el infarto, Eli, su mujer, está encima de él para que cuide lo que come y bebe, porque antes era muy dado al azúcar, los batidos y demás. Como médico, lo entiendo. Cómo persona, además, me provoca cierto dolor porque sé que Eli va a vivir toda la vida con miedo de que se repita. Álex también, claro, pero en estas cosas, a menudo la gente tiende a olvidar a quien acompaña al enfermo. Centran la lástima en ellos, es evidente, pero no hay que olvidar que quienes están al lado, cuidando e intentando permanecer fuertes, ocultan un sufrimiento tremendo solo para que el enfermo no sufra más. Óscar y Valentina son conscientes, por eso han pasado el verano pendiente de ellos. Valentina, de hecho, ha pasado de ser una juerguista máxima a dividir su tiempo entre la familia y las fiestas prácticamente por igual. Sé que lo está sufriendo, pero se niega a hablar de ese episodio, y eso que prácticamente todos lo hemos intentado. Suponemos que lo habla con Björn y Lars, porque estos más que primos parecen trillizos, pero ellos no sueltan prenda.

Me siento al lado de mi hermano Ethan. Al otro lado tengo a Vic, mi cuñada, y paso un brazo por sus hombros, sonriéndole y guiñándole un ojo cuando me mira. Tiene el pelo de colores, aunque lleva días amenazando con cambiar, porque lleva ya un año así y se está volviendo demasiado habitual, dice. Es preciosa, pero hoy sus ojos castaños están tan llenos de tristeza que se me encoge un poco el estómago.

—¿Cómo estás? —pregunto en tono bajo.

Ella se encoge de hombros y las lágrimas se le saltan antes de tragárselas y sonreír.

—Estaré bien.

Siempre contesta lo mismo, y lo valoro. No miente. No dice que está bien, pero sí dice que lo estará, porque confía en que así sea. Observo a mi hermano Adam, que la mira con cierta tristeza, también, aunque estoy seguro de que lo suyo tiene más que ver con el hecho de que le encantaría que jamás sufriera por nada y esto, por desgracia, no está en su poder, ni en el de nadie.

—¿Sabes una cosa? Antes de incorporarme al hospital deberíamos hacer una fiesta pijamas de esas que tanto te gustan en mi casa.

Se le ilumina la cara en el acto. Justo antes de venir aquí mis padres me ofrecieron una casa que tienen en Venice Beach. Al principio me negué, porque me sabe mal aprovecharme de que ellos están bien situados, pero insistieron tanto que acabé por aceptar. Eso sí, primero le pregunté a Vic y Adam si preferían mudarse ellos, dado que eran pareja, pero me aseguraron que están felices en la casa de invitados, que ya es bastante amplia, y me animaron a mudarme. Solo Ethan y Daniela pusieron como condición dormir en casa siempre que quieran o empezarían a montar espectáculos de celos. A veces dudo que se hayan convertido en adultos, pese a lo que diga sus documentos identificativos.

El caso es que la casa es perfecta. Tiene dos habitaciones, patio, un jacuzzi exterior y un salón acogedor. Y Vic se empeñó en hacer una fiesta de pijamas en cuanto se enteró. Me negué, porque lo último que necesito a la vuelta es que todos se metan en casa y se apoderen de cada rincón, pero lo cierto es que las cajas están a medio deshacer y si eso sirve para animarla… tampoco supone un drama.

—¿Entonces cuándo os vais? —pregunta Nate, uno de los tíos de Vic.

—El avión sale a las siete, así que tenemos solo un rato después de comer antes de ir al aeropuerto, y todavía tengo que terminar de hacer la maleta.

—¿No la hiciste anoche? —Su padre la mira con el ceño fruncido.

—Nos pusimos a ello, sí, pero… bueno —carraspea—. Nos distrajimos.

La sonrisa de mi hermano da una idea bastante aproximada del motivo por el que se distrajeron.

—Mereció la pena —dice.

El gruñido del otro lado de la mesa, proveniente de Diego, me hace reír. En el fondo, es un hombre racional al máximo, por eso sorprende tanto que en lo referente a sus hijas sea tan desmedido. Su mujer, en cambio, que está como una condenada cabra, lleva mucho mejor el tema de que sus hijas e hijo tengan relaciones amorosas.

—Lo que tienes que hacer es venir a vernos más seguido —dice mi hermano Adam, echándole huevos al asunto.

—Lo que tienes que hacer es dejar de robarme hijas.

—Papá, tienes que dejar de decirle eso, en serio. ¡Adam no ha robado nada! Por Dios, tienes que empezar a entender que me fui porque soy feliz con él. ¿Sabes lo mal que me hace sentir que siempre estés con lo mismo? —Se le quiebra la voz acabando la frase y Diego tarda un suspiro en levantarse, rodear la mesa y acercarse a ella.

—Cariño, perdóname. Soy un imbécil, pero es que te voy a echar mucho de menos.

—Yo también, pero que me lo dejes ver tan claramente no me ayuda con mi marcha. Y que culpes a mi novio de una decisión mía tampoco. Me haces sentir una niña pequeña, y no es así. —Acaricia la mejilla de su padre, que se ha acuclillado frente a ella—. Voy a casarme con él —susurra—. Tienes que aceptarlo.

—Hija, lo acepto. Y quiero a ese idiota.

—Estoy aquí, oyéndolo todo —murmura mi hermano.

—Como decía —sigue Diego—. Quiero a ese idiota, porque lo he visto crecer. Lo quise como a un sobrino más y ahora lo quiero como a un yerno, porque te hace muy feliz. —Vic sonríe, y Diego la imita—. Pero sigue siendo idiota.

Adam, lejos de ofenderse, pone los ojos en blanco. Sabe que solo lo dice para quitar hierro al asunto y hacer reír a su hija. Y como funciona, mi hermano no protesta. A veces pienso que, si a Victoria le hiciera feliz verlo saltar por un barranco, buscaría el más alto del mundo. Y aunque a una parte de mí le parece tremendo eso de querer a alguien hasta ese punto, otra parte siente cierta envidia, porque yo estoy tan ocupado con el hospital y mi vida, que ni siquiera entra en mi mente intentar tener una relación seria con nadie, cuanto menos alcanzar ese nivel de intensidad.

El resto de la comida transcurre con cierta normalidad. O lo que se traduce como “normalidad” en esta familia. Es decir: gritos, intensidad desatada, abrazos, peleas, más abrazos, más gritos, más intensidad y vuelta a lo mismo. Para cuando me estoy comiendo el trozo de tarta de manzana casera, estoy agotado.

—Oye, Fran —dice mi padre—. ¿Al final quién nos lleva al aeropuerto?

—Nosotros y Diego —dice mi tío.

Mi padre asiente sin decir más, pero yo frunzo el ceño.

—¿No cabemos todos en la furgoneta tuya? —pregunto a mí tío.

—Quiero acompañar a mi niña hasta el último minuto. —Diego se come el resto de la tarta de un solo bocado—. Y si no fuera porque yo no pinto nada en Los Ángeles, me iría con ella solo para asegurarme de que la tratáis como la princesa que es.

—Hombre, tanto como princesa… —dice Valentina—. Considero que yo doy más el perfil.

Media mesa se ríe, la otra media está de acuerdo, y pronto arrancan una pelea sobre quién da más perfil de princesa. Cuando veo a Lars meterse, pongo los ojos en blanco y los doy por imposible.

—Me voy a nadar un rato. Quiero cansarme antes de coger el avión.

—Voy contigo —dice Vic.

Y si Vic viene, Adam viene con ella, y si Adam viene, Ethan lo sigue, y donde va Ethan, va Daniela. Podría seguir con la cadena, pero el caso es que prácticamente todos vamos a nadar. Es que yo creo que no me ahogo ni queriendo.

El resultado es nefasto, como era de esperar. Algunos empiezan una competición que se traduce en empujones, ahogadillas, tirones de pies y brazos, insultos y ataques de risa que, en el caso de Ariadna, casi acaban en desgracia. Para cuando salgo del mar estoy tan estresado que apenas consigo relajar los hombros.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Valentina a mi lado.

—Ahora os vais un poquito a donde queráis, pero me dejáis tranquilo.

—Pero no puede ser, tenemos que aprovechar las últimas horas todos juntos.

—Valentina, no te ofendas, pero creo que tengo el cupo llenísimo de familia y amigos ahora mismo. Lo tengo tan lleno que reboso, créeme.

—Uno nunca está lo suficientemente lleno de familia y amigos, JR.

—¿JR? —pregunto.

—De Junior.

Cuento a diez mentalmente. Lo consigo, santa paciencia la mía.

—Me llamo Oliver Junior, tengo treinta años y ya es bastante malo que sigáis llamándome Junior, como para que ahora os pongáis a usar JR. ¿No te parece? —Su silencio, como si no me entendiera, me enerva—. ¡No me llames JR, Valentina!

—¡Eh, doctorcito! Relajadito el tono, ¿eh? —Björn está al lado de su prima en un pestañeo. A su otro lado, el otro mastodonte, Lars, me mira con mala cara.

—Qué mal, tío. Tendrías que dar ejemplo, para algo eres mayor y médico.

—¿Qué tiene que ver que sea médico para dar ejemplo?

—No sé, pero como te gusta tanto vacilar de eso… —Björn lo dice con cierto veneno.

—¿Cuándo he vacilado yo de ser médico?

—Hace dos noches, con Lars.

Hago memoria y cuando caigo resoplo.

—Decirle a tu hermano que dejara de beber si no quería caer en coma etílico no es vacilar de ser médico.

—A mí me diste la brasa cuando quise surfear en Semana Santa —murmura Valentina.

—¿Te refieres a ese día que había bandera roja, tenías un puto esguince y querías surfear mientras llovía?

—Ya está haciéndolo otra vez —murmura mi hermano Ethan—. Es el tonito ese de sabelotodo lo que no ayuda, tío…

Cuento hasta diez. No basta. Cuento otra vez.

—Vamos a ver, Ethan, no tengo la culpa de que en esta familia muchos seáis tan ineptos que no sepáis diferenciar entre las acciones normales y las que entrañan peligro para la salud. Pero vaya, tranquilos, que no pienso abrir la boca más.

—Yo valoré mucho que me miraras los oídos cuando tuve otitis —dice Mérida, otra hermana de Vic.

—No tenías otitis, Mérida, te metiste plastilina en las orejas porque apostaste con tu hermano Edu que podías hacerlo y echarla por la nariz.

—Era pequeña.

—¡Tenías doce años! ¡Yo ahí ni siquiera era médico!

—¡Oye! Estoy intentando defenderte. ¿Así me lo pagas?

—Bueno, eh, eh, airecito, a ver si ahora vais a rodear a mi hermano como hienas —dice Daniela poniéndose delante de mí—. Que, si tenéis envidia porque está bueno, es médico y folla con quien quiere, no es problema suyo, faltaría más.

Podría decirle que nadie está hablando de follar, ni de ser médico, ya que estamos, porque yo no vacilo de eso, pero paso. A esto exactamente me refiero cuando digo que la intensidad me desborda.

Los dejo discutiendo lo que follo y las vidas que salvo y me voy hacia unas rocas a tomar el sol.

No llevo ni dos minutos tumbados cuando siento que alguien me da sombra. Abro los ojos y veo a Emily, la hermana gemela de Vic, mirándome desde arriba. Tengo hermanos gemelos, así que debería estar acostumbrado a la sensación de ver dos caras iguales, pero no es eso lo que siempre me hace fijarme más en Emily. Es el contraste entre tener la cara prácticamente igual que Vic y, aun así, ser tan distinta. Lleva un bikini rosa, nada atrevido comparado con los que se pone su hermana, pero, en realidad, es tan guapa que cualquier cosa le quedaría bien.

—Siguen discutiendo y estoy tan nerviosa que creo que solo puedo relajarme a tu lado.

—¿Y por qué crees eso?

—Porque piensan que estás cabreado y, en el fondo, te tienen miedo.

Elevo una ceja.

—¿Y tú no?

Emily bufa, se tumba a mi lado y cierra los ojos mientras toma el sol.

—He crecido rodeada de hombres con un carácter de mil demonios que luego no son capaces de matar una mosca. Hace falta algo más para asustarme.

No me mira, está tomando el sol tranquilamente, así que no puede ver mi sonrisa, porque tiene razón. Lo raro es que el resto no haya llegado a ese pensamiento. Desde luego, no seré yo quien les ayude a llegar a la conclusión. Valoro demasiado mis poquísimos momentos de tranquilidad. Cierro los ojos, inspiro y me quedo medio dormido hasta que Emily me despierta.

—Es hora de salir hacia el aeropuerto, Oliver —murmura.

Miro mi reloj de pulsera. Tiene razón. Me levanto rápidamente, caminamos hacia el camping y me doy una ducha rápida oyendo las protestas de mi madre de fondo, pero no pienso hacer un vuelo tan largo con arena en los huevos, sinceramente. Subimos a los coches, nosotros con mi tío Fran y Vic con toda su familia. En serio, sus padres, sus tres hermanos y ella van en un coche. Adam viene con nosotros porque no cabe, dice Diego. Sí que cabe, pero se ha reído entre dientes y se ha limitado a subir en la furgoneta de nuestro tío.

—¿Cómo lo aguantas? Tío, con un suegro así, yo rompería con la chica en un santiamén —dice Ethan.

—Tiene sus motivos —contesta Adam sonriendo—. Y algo me dice que cuando tenga hijos seré igual, así que…

Mis padres se ríen y le dan la razón. Lo cierto es que sí, sabiendo de su carácter intenso, es lo más probable.

Llegamos al aeropuerto, bajamos rápidamente y cuando estamos a punto de despedirnos, Emily se deshace en llanto.

—No, no, no hagas eso, porque entonces no voy a poder subirme a ese avión —le dice Vic intentando no llorar.

No lo consigue, las lágrimas caen por sus mejillas mientras abraza a su hermana, que se zafa de ella como puede.

Me fijo entonces en que pasa algo raro. Julieta está llorando, y últimamente no lloraba. Diego parece más tenso que nunca y hasta Mérida y Edu están haciendo esfuerzos por aguantar el tipo, cuando normalmente ellos no se ponen serios en las despedidas. Y Adam… Adam sonríe. Pasa algo. Aquí pasa algo.

—¿Recuerdas que te dije que en mi grupo de estudio varios estaban valorando qué máster hacer y cuáles eran las mejores opciones?

Vic asiente, y el resto lo hacemos con ella. Emily es psicóloga, y sabíamos que empezaría su máster después de las vacaciones. Pensé que la decisión ya estaría tomada, de hecho.

—Papá vio que lo estaba pasando mal sin ti. —Su voz se quiebra un poco antes de seguir—. Buscó en internet y resulta que uno de los mejores másteres en Atención Temprana se estudia en Los Ángeles.

—No… —Las lágrimas de Vic se paralizan y mira a su hermana con los ojos de par en par.

Todos lo hacemos.

—La universidad La Verne tiene uno especialmente bueno. Papá me sugirió solicitar plaza. Pensamos que no me aceptarían, los requisitos son muchos, pero lo hicieron, Vic. Me aceptaron.

—No…

—Papá y mamá van a darme parte de sus ahorros —cuenta Emily entre lágrimas.

—No… —Vic tiembla tanto que Adam la abraza desde atrás, besando su coronilla y dándole soporte.

Emily, en cambio, parece tan aterrada como entusiasmada.

—Hablamos con Oli y Daniela para que me ayudaran a buscar residencia, pero me ofrecieron vivir en su casa.

—No…

—Sí, Vic, me voy con vosotros. Me voy contigo.

Vic grita y se agarra a su hermana, que ahoga una risa nerviosa mientras se abrazan. Julieta hace lo imposible por disimular sus lágrimas y Diego… Diego es la viva imagen de un corazón dividido entre la alegría de ver felices a sus hijas y el destrozo emocional que le provoca que su otra hija también se vaya lejos.

—¿Tú sabías esto? —pregunto a Ethan.

—Sí. Lo han organizado Diego y Adam para darle la sorpresa a Vic.

Los miro atentamente y veo a mi hermano abrazar a su chica, que besa su cuello y entierra la cabeza en él, intentando calmarse. Veo eso, y veo a Diego sonreír, guiñarle un ojo a Adam y a este devolverle el gesto.

Puede parecer solo un guiño, pero no lo es. Es mucho más. Es una promesa mutua, como todas las que se han hecho a lo largo de los años, porque, aunque pueda parecer que no se llevan bien, ellos saben perfectamente que, de hecho, son iguales en muchas más cosas de las que están dispuestos a admitir.

—Oh, por cierto, cielo —dice mi madre abrazándome—. Teniendo en cuenta que te acabas de mudar, en vez del cuarto de invitados, que es más pequeño, vamos a darle a Emily tu habitación, que tiene baño propio. No te importa, ¿no?

Pienso en la que ha sido mi habitación hasta ahora y encojo los hombros.

—Todo bien, siempre que me deis tiempo de quitar mis cosas antes de que llene las paredes de pósteres y las pinte de rosa.

Varios sueltan una risita y Emily se separa de sus padres para darme un manotazo que me pica más de lo que quiero reconocer en voz alta.

—Para tu información, no pienso pintar las paredes de ningún color. Me basta con que saques tus cositas de ahí. Al menos esas que puedan comprometerte…

La miro sonriendo de lado.

—¿Qué te hace pensar que tengo cosas que me comprometen?

—Todos las tenemos.

—Ah ¿sí? ¿Quiere decir eso que en tu maleta va algo comprometedor?

Sus mejillas se encienden y mis cejas se elevan, divertidas. Estoy a punto de pinchar un poco más, pero entonces Diego la aparta de mí para abrazarla una vez más antes de marcharnos y me concentro en su espalda mientras pienso en el giro que acaba de dar nuestra vida.

—¿Cómo te hace sentir que la pequeña Emily vaya a dormir entre tus sábanas en un futuro inmediato? —pregunta mi hermana Daniela a mi lado.

La pregunta no tiene nada de raro, por eso me asombra tanto que el pensamiento que llega a mi mente sí sea de lo más… extraño.

Definitivamente, necesito dormir y alejarme de tanta intensidad.

🍒

¿Y bien? 🙂