Capítulo 1

Junior

 

Abro los ojos de golpe cuando siento la falta de aire en mis pulmones. Intento sentarme, pero un cuerpo me lo impide.

—¡Venga, Oli! —grita mi hermana Daniela a todo pulmón—. ¡Último día de vacaciones! Tenemos tantas cosas que hacer que no entiendo qué haces todavía en la cama.

Está encima de mí, golpeando mi pecho y saltando con tanta euforia que me pregunto si se habrá metido algún tipo de droga, aunque lo cierto es que Daniela es así: un jodido torbellino a cualquier hora del día.

—Tío, menuda resaca —dice mi hermano Ethan a mi lado.

Me sobresalto al encontrarlo en mi colchón. ¿Cuándo se ha metido dentro? Tiene el pelo aplastado en la frente y disparado en todas las direcciones por detrás y no deja de bostezar y pedir café.

—Te hago uno doble si te levantas ahora mismo, Eth —le dice nuestra hermana.

—¿Con nata?

—Con nata. ¡Venga! ¡Va, va, va! —Salta de nuevo sobre mi estómago y se deja caer sobre nuestro hermano—. ¡Tenemos muchísimas cosas que hacer!

Me pregunto, por un instante, si mi hermano también está intentando controlar el impulso de estrangularla, pero cuando oigo su carcajada ahogada llego a la conclusión de que no. Adoro a mi hermana. A todos mis hermanos. De verdad que sí, pero Ethan y Daniela son tan intensos que hacen que me levante ya agotado.

Salen del dormitorio y los oigo alborotar la cocina mientras mi madre pide que mantengan la calma.

—¿No hay nata? ¿En qué mundo cruel me he despertado? —pregunta Ethan con voz lastimera provocando que me brote la risa.

Mi hermano es bailarín profesional y coreógrafo. Últimamente también da alguna que otra clase en una prestigiosa academia de baile de Los Ángeles, donde vivimos, así que cuida muchísimo todo lo que come y bebe… menos en vacaciones. En vacaciones convierte su estómago en un agujero negro y mete en él todas las calorías vacías del mundo y más. Le he explicado un millón de veces que no es bueno, pero ¿acaso alguien de esta familia me hace caso? No, y menos él, así que no me extraña nada oír la puerta de casa después de que grite, en modo dramático, que se va al super del camping a por nata.

Salgo de la habitación y me encuentro a mi hermana Daniela sentada en el taburete que rodea la isleta de la cocina, con la cabeza echada hacia atrás y echándose nata de un bote directamente en la boca.

—Eres una víbora —dice mi padre riéndose entre dientes.

—Solo queda un resto. Adoro a Eth, pero la nata va antes.

Me río, porque ni siquiera ha esperado a tragársela toda para hablar, y pienso en la presión que deben sentir en Los Ángeles, porque ella también cuida bastante su cuerpo allí, pero es llegar aquí y empezar a comer guarrerías. Yo no suelo caer en esos impulsos, aunque es cierto que aquí me privo mucho menos de ciertos caprichos. Después de todo, las vacaciones están para disfrutarlas y no hay nada que no baje luego un poco de deporte.

—Buenos días, cielo —dice mi madre mirándome con dulzura.

Sonrío en respuesta y beso su mejilla. Mi madre, Daniela, es una de las mujeres que más admiro. No solo porque como madre sea insustituible, sino porque pocas veces la he visto rendirse ante las adversidades. Y las hemos tenido. Mucha gente puede pensar que todo ha sido color de rosa para nosotros porque la familia de mi padre tiene dinero, mi propio padre es un aclamado tatuador y compositor y… bueno, supongo que tenemos el estilo de vida que muchas personas quieren, pero eso no significa que todo haya sido bueno.

De hecho, si hago recuento de lo vivido en los últimos tiempos… puedo asegurar que no ha sido fácil. Mi hermano Adam, que es el único que falta aquí, porque duerme en un bungaló con su prometida, Victoria, lo pasó bastante mal hace un año, cuando vivieron los meses más intensos de su relación y se establecieron. Además, ella es amiga de nuestra familia desde siempre y descubrió que atravesaba graves problemas de ansiedad y ataques de pánico. Eso, sumado a algunos escándalos que salieron en la prensa, dado que ella es ex influencer, ocasionaron que nuestra familia sufriera mucho.

Antes de eso tampoco fue todo un camino de rosas. Hemos lidiado con cosas buenas y malas, como todo el mundo, pero, aun así, no me quejo, porque soy consciente de que soy un privilegiado y mis problemas en comparación con otros pueden quedarse en nada.

Crecí rodeado de amor y talento, estudié lo que quise, es decir; medicina, y entré relativamente pronto a trabajar en la clínica de la que mi abuelo, que también era médico antes de jubilarse, es socio. No me he enfrentado a muchas puertas cerradas, lo admito, pero mis padres se encargaron de dejarnos claro que, por muy fáciles que tuviéramos las cosas, debíamos tener los pies en la tierra. Ese fue el motivo porque el que todos, incluida Daniela, que es la niña mimada de la casa, trabajamos complementando nuestros estudios desde que fuimos lo bastante mayores como para firmar un contrato laboral.

—¿Qué haréis hoy? —pregunta mi padre.

—¡Estamos llenos de planes! —Mi hermana Daniela se llena la boca de tortitas y mira a mi madre—. Más chocolate.

—Ni lo sueñes. Va a darte una subida de azúcar como sigas así.

—Papi ¿me das más chocolate?

Doy un sorbo a la taza de café que me ha dado mi madre para ocultar mi sonrisa. Daniela sabe bien cómo manejar a nuestro padre, pero en esta ocasión se encuentra con una negativa rotunda.

—Tu madre tiene razón.

—La tengo —sigue mi madre—. Y deja de usar a tu padre solo porque es débil.

—¡No soy débil!

—Cuando se trata de tus hijos, cielo, eres tan débil como yo intentando resistirme a comer churros si los hace mi hermano Fran.

Fran es el socio mayoritario del camping en el que estamos veraneando. Al principio mi madre, mi tío y el resto de sus hermanos tenían el camping a medias, pero conforme fueron pasando los años, mi tío Fran fue comprando partes de todos, porque a fin de cuentas es quien se ocupa de que el negocio funcione. Realmente mi madre lo único que hace es venir y quedarse aquí cuando mi padre viene a tatuar por temporadas al estudio que tiene en el pueblo, o para pasar las vacaciones, así que es lógico que se haya quedado una parte inferior. El caso es que pasamos aquí todos los veranos, pero no consigo acostumbrarme al sabor agridulce que me produce saber que hoy volvemos a Los Ángeles.

Por una parte, tengo ganas. Me costó la vida conseguir vacaciones, porque sigo trabajando en el hospital en el que comencé mi carrera, ahora como residente, y las exigencias de mi abuelo siguen siendo las mismas, si no más, porque lejos de mimarme, me exige un nivel de concentración y compromiso tal que a menudo he soportado discusiones entre mi padre y él. En realidad, no me importa, quiero ser un buen cirujano y para eso necesito trabajar y aprender todo lo posible, aunque ya me quede poco como residente. Y mi abuelo ya está jubilado, pero aun sigue siendo uno de los mejores médicos que he conocido.

El caso es que tengo ganas de volver a recorrer los pasillos del hospital, aunque las guardias me destrocen, pero por otro lado… voy a echar mucho de menos esto. En Los Ángeles tenemos playa, pero no es lo mismo.

Allí, cuando me levanto, no me siento tan confortado como aquí, porque sé que mis amigos de la infancia, a los que considero familia, están a unos bungalós de distancia. Echaré de menos jugar al baloncesto con Óscar, mi mejor amigo. El surf con su hermana pequeña, Valentina, o salir de fiesta con todos los hijos de los León y agregados, que así es como llamamos a la familia que forma parte de la nuestra desde hace años.

Cuando los que consideras parte de ti viven tan lejos, aprendes a exprimir al máximo cada segundo con ellos, pero eso no hace que las despedidas sean menos amargas.

Además, son mucho más tristes desde que Vic, mi cuñada, regresa con nosotros y se deja aquí a su familia. Por lo general, el vuelo de vuelta es un infierno para ella, que se lo pasa llorando disimuladamente y dejándose mimar por Adam, o intentando dormir y relajarse, porque, desde que empezó a tener ataques de pánico, volar no es lo que más le gusta. Y eso que ya está mejor, porque lleva un año haciendo terapia, pero bueno… entiendo que sea difícil.

Yo no puedo siquiera imaginar cómo sería abandonar mi casa, a mis padres y a mis hermanos para ir a un país distinto, por muy enamorado que estuviese. Pese a ser el más serio de los cuatro, estoy muy apegado a ellos y no puedo… simplemente no concibo separarme mucho tiempo de su lado.

Justo cuando estoy a punto de acabarme mi café, se oye la puerta de entrada. Poco después Ethan entra en la cocina acompañado de nuestro hermano Adam, que además es su gemelo.

—En el súper no hay nata. Me parece una mierda todo. El día apunta fat… —Se queda mirando el plato vacío de Daniela y entrecierra los ojos—. Tú has comido nata.

—¿De qué hablas?

—A mí no me mientas. El caldito que se está mezclando en el plato con chocolate es caldito de nata. ¡Tú has comido nata!

—¿Qué…? —Mi hermana pone los ojos en blanco, pero sabe perfectamente que la han pillado—. Tú estás fatal, Eth, en serio. Venga, vístete, tenemos muchas cosas que hacer hoy.

—Y tanto que tenemos muchas cosas que hacer. Tenemos que ir al pueblo a por nata y tú vas a pagarla.

—Tío, se te va la olla.

—A mí no se me va nada, Daniela. Si fueras una hermana decente, saldría de ti todo esto. Dirías: oye, Eth, me he comido tu nata, pero tranquilo, que ahora te llevo al pueblo y vas a comer hasta reventar. Hasta que te salga por las orejas.

—Estás nervioso por el vuelo, ¿a que sí?

—Yo no estoy nervioso ni mierdas, lo que pasa es que como hermana hoy dejas mucho que desear.

Daniela se ríe entre dientes, lo abraza por el costado y lo saca de la cocina prometiéndole tanta nata como sea capaz de comer.

Nosotros nos quedamos aquí, medio resoplando, medio riendo por sus ocurrencias.

—¿Cómo estás, cariño?

Adam se despeina con aire pensativo. De todos mis hermanos, este es con el que más cómodo me siento, porque es mucho más sosegado y tranquilo que los otros dos. Tiene sus cosas, como todos tenemos, pero por lo general es de trato afable y relajado, aunque sea muy intenso con sus sentimientos.

—Hemos pasado una noche regular —admite—. Pero bueno, mañana, cuando estemos en casa, todo volverá a la normalidad, supongo.

Todos guardamos silencio, entendiendo lo que quiere decir. Para ellos este día es muy amargo, así que mi madre, que entiende su estado de ánimo, como siempre, le sonríe y le estira una taza de café.

—¿Has desayunado?

—La verdad es que no. Victoria está con su familia, pero el poli dice que no hay comida para mí porque le he robado a su niña. Mi chica iba a enfrentarlo, pero entiendo que también es un día difícil para él, así que he quedado con ella en un rato y me he venido buscando algo rico. —Tal como lo cuenta se echa a reír.

En realidad, el poli, o sea, su suegro, es un tipo bastante amable que lo quiere como si fuera un hijo, pero lleva fatal eso de que su hija viva tan lejos. Suele tener reacciones desmedidas, pero todos en esa familia las tienen y… diablos, todos en nuestra familia las tienen también, así que encajamos como piezas de puzle.

—Estás en tu día de suerte —dice mi madre sacándole algunas tortitas en un plato y abriendo la puertecita que hay bajo la isleta de la cocina. Saca un bote y se ríe al enseñárselo—. ¡Tenemos tortitas con nata!

La carcajada que soltamos mi padre y yo resuena en toda la casa. Adam, en cambio, nos mira como si nos hubiésemos vuelto locos.

 

 

Después de desayunar Adam y yo nos vamos hacia la playa, donde nos encontramos a nuestros hermanos, su novia y el resto de familia y amigos. Dios, cada vez que intento recontarlos me parece que hay uno más. ¿Cómo es posible que seamos tantos?

Me centro en Óscar y su prometida, Emma, que se acercan a mí con sendas sonrisas y una sombrilla de playa. Es ella la que habla primero.

—Los planes van desde concursos de baile, paseo en kayak y algo llamado “Tírala y revienta” que no he preguntado en qué consiste, pero se ha inventado Valentina, así que tranquilo no es. Nuestro plan es tumbarnos en la arena, tomar el sol y beber mojitos hasta que llegue la hora de comer.

—Vas a tener que pensarlo muy bien —dice Óscar en tono irónico, porque conoce mi respuesta de sobra.

—Es una dura elección, pero creo que me quedo con vosotros.

Se ríen, buscamos un hueco en la playa y coloco la sombrilla mientras ellos estiran en el suelo una toalla de unos dos kilómetros de ancha, aproximadamente.

—Aquí cabemos los tres de sobra —dice Emma orgullosa.

Chérie, aquí cabría medio camping sin mucho problema.

Me río, me quito la camiseta y me tumbo al lado de mi amigo, dejándolo en el centro. Ni cinco minutos llevo tomando el sol cuando aparece la primera mosca cojonera, llamada también Ariadna Morgan León.

—No te has puesto crema, que te he visto.

Entreabro un ojo. Es hija de Nate Morgan y Esme León, que es hermana de Julieta, Amelia y Álex. Los famosos cuatrillizos León.

—No —admito.

—Muy mal. Eres médico, deberías saberlo. ¡Noah! —grita en dirección a su hermano—. ¿Te puedes creer que Junior no se ha puesto crema?

—¡Qué mal, tío! ¡Eres médico!

—¿Ves? —señala Ariadna—. Te lo dice él, que también será médico algún día.

—Estoy tan moreno que no pensé que…

Ari eleva una ceja y yo me calló. Esta chica, para ser tan jovencita, tiene un genio de mil pares de…

—¿Qué tal si me ayudas a ponérmela?

Ella sonríe de inmediato y yo me río entre dientes y le pido la crema a Emma, que me saca una de protección total infantil. La miro elevando una ceja y encoge los hombros.

—Tengo la piel muy sensible. Que te diga Óscar. A veces, cuando me mordisquea por aquí…

—Suficiente información —digo mientras mi amigo se parte de risa.

Este es otro de los problemas de nuestro grupo de amigos/familia. Somos tan íntimos, que muchos no saben dónde está el límite.

—¡Entiendo que vayas a ponerle crema a este chico tan guapo! —grita de pronto Björn, hijo de Amelia León, uniéndose a nosotros. Mira en todas las direcciones y sonríe—. ¡Lo entiendo porque eres muy buena persona, no porque te guste, porque todo sabemos que tú eres lesbiana! ¡¡Muy lesbiana!!

Ariadna, que es de piel negra, como su padre, que es afroamericano, lo mira tan avergonzada que casi la veo ruborizarse, y yo miro a este chico pensando que es imbécil. ¿A qué viene eso?

—¿Qué haces?

—¿Qué haces tú? —pregunta él visiblemente alterado, pero sin alzar la voz—. Esta playa está petada de tías buenas y posibles ligues para ti, ¡y te pones a echarle crema al doctorcito buenorro!

—¡Eh! —exclamo un tanto ofendido.

—Es que no se ha puesto crema…

—Ñi ñi ñi ñi. Pues que se la ponga Óscar, o Emma, que ya tiene novio. Pero tú tienes una misión, Ari. Tú me juraste que este verano ibas a ligarte a alguien y nos vamos en unos días.

Ariadna me mira muy seria y frunce los labios.

—Es que como lesbiana no ligo mucho.

—Cuando estabas en el armario tampoco es que fueras por ahí rompiendo corazones, la verdad sea dicha —dice Björn.

—Tío, cómo te pasas —se une Óscar—. Deja que nuestra prima decida cuándo quiere entrarle a otra chica o no. Es que metéis una presión que…

—¿Qué presión? Aquí nadie mete presión. ¡Ella nos pidió ayuda!

—¡Es verdad que nos la pidió! —grita Lars, su hermano, desde la orilla—. Si te comprometes con los vikingos, es porque piensas cumplir con tu parte.

—Es verdad, me lo advirtieron —murmura Ari—. En fin, no voy a poder ponerte la crema. Que te la ponga Óscar.

—Ni de coña —dice mi amigo—. Me da grima.

—Es verdad que le da grima —añade Emma—. A mí me la pone porque está enamorado, pero por nada más. Junior, si quieres te la pongo yo, pero sería un poco raro para mí tocar tantos músculos, porque Óscar tiene menos y estaría feísimo ponerme a comparar. Que no es que no me guste tu cuerpo, mon amour, pero ¿tú has visto ese cuerpo?

—Nah, si te entiendo.

Los miro entre la vergüenza y el enfado. Es verdad que tengo el cuerpo bastante esculpido, pero no es porque me guste lucirlo, o no solo por eso. En su mayoría es porque me encanta el deporte y lo practico siempre que puedo. Me ayuda a limpiar mi mente de pensamientos tóxicos, cuando los tengo. Me relaja y me hace feliz, y que esta panda de idiotas se ponga así me hace pasar una vergüenza tremenda.

—¡Eh, Vic! ¡Ponle crema a tu cuñado! —grita Björn a Vic, que está con Emily, su gemela, en la orilla del mar.

—¡No necesito que mi cuñada me ponga crema! —contesto haciendo amago de levantarme.

El problema es que mi cuñada ya ha llegado a nuestro lado. Ella, con su pelo de colores, sus varios tatuajes y su determinación, coge el bote de crema de protección total, agacha mi cuello y me echa tal cantidad en la nuca que me quejo de inmediato.

Mon Dieu, eso va a tardar un ratito en absorber —dice Emma.

—Ay, Dios, lo siento, Oli —susurra Ari, que solo me llama por mi nombre porque sabe que esto lo ha provocado ella.

—Pero ¿qué crema es esa? —se ríe Björn.

—¡Protección total para pieles sensibles! —exclama Emma.

—Pues parece yeso.

—¡O que te han hecho un bukkake en la espalda!  —grita Lars.

Alzo la cabeza de inmediato para amenazar al niñato, pero no es tonto y se ha ido corriendo al agua. A mi lado, Vic restriega la sustancia pegajosa y espesa mientras canta. Y mi cuñada canta mal. En serio, canta tan mal que no entiendo cómo Adam sonríe tanto cuando la oye.

—Jo, ¿no estás triste por tener que irnos? —suelta en un momento dado.

La miro y me guardo para mí que, ahora mismo, la idea de volver a Los Ángeles y dejar atrás esta locura de familia y amigos me suena a música celestial.

Como si los pájaros de Blancanieves hicieran mi maleta. Así de bien me suena.

Pero como ella sí está triste, decido cerrar la boca y afrontar el resto del día con calma, porque es eso, o subir en el avión de vuelta a punto de infarto.

🍒

 Nota: ¡Bienvenidas, Cerecitas! Después de pensarlo mucho, he decidido colgar aquí de manera GRATUITA la historia de Junior, el secundario que enamoró a tantas en la Serie Valientes.

Si queréis conocer más de esta familia, podéis hacerlo en la serie (las que no lo hayáis hecho ya). Os he dejado el enlace de compra aquí.

Para terminar, solo me queda dejar algunas fotos del muso que inspiró este personaje.

¡Espero que os suméis a esta aventura y viváis conmigo la historia de Junior y… ella! 🙂