Epílogo extra

by Cherry Chic

Julieta

 

Epílogo extra

Julieta

Salgo de la cama, cojo la sudadera de Diego y me la pongo a toda prisa mientras él me mira con los ojos entrecerrados.

—Vuelve aquí —me pide con voz ronca.

Sonrío. Apenas es capaz de mantenerse despierto después de una noche tan intensa y lo poco que hemos dormido, pero el modo en que reclama que esté con él en la cama cada día sigue siendo adorable. Me fijo en su pelo, salpicado de hebras plateadas que dejan ver que ya no es un niño, y niego con la cabeza.

—He quedado con mis hermanos en la playa para tomar café.

—Estamos en diciembre, pequeña. —Estira el cuello para mirar el reloj de su móvil—. Dios, son las ocho de la mañana y llegamos aquí a las cinco, sin contar con nuestra propia celebración. No hemos dormido ni dos horas.

—Por eso deberías descansar más.

—Pero tú…

—Yo he quedado con ellos. No puedo faltar.  Es una cuestión muy seria, poli. Cosas de cuatrillizos.

—Jodidos cuatrillizos. Estáis mal de la cabeza. —Me río y él me imita, riendo entre dientes—. Vuelve pronto. Quiero sexo matutino.

—Oh, no deberías ser tan ambicioso. Anoche ya tuviste tu parte y no somos unos niñ…

No puedo acabar la frase, porque sus movimientos han sido tan rápidos que, antes de hacerlo, me he visto en la cama, boca arriba y con él sobre mi cuerpo.

—No te atrevas a decir que no podemos mantener un buen ritmo, pequeña loca. Todavía puedo hacerte disfrutar como nunca.

—¡Por desgracia y para alegría de los terapeutas que tendremos que pagar, somos conscientes! —El grito de Mérida nos deja cortados un instante antes de que ambos estallemos en carcajadas.

Bien, de acuerdo, igual el sexo silencioso nunca ha sido lo nuestro, pero qué buena suerte ha sido que nuestros hijos lo tomen con humor… casi siempre.

—Ya solo quedan dos —le digo al poli—. Con suerte, se enamorarán e irán pronto.

—No me arruines la mañana, por favor.

Me río, me lo quito de encima, me pongo mi pantalón de pijama, las zapatillas y le tiro un beso al hombre de mi vida.

—Luego te veo.

Él gruñe por respuesta y yo salgo del bungaló después de coger el chaquetón. En cuanto pongo un pie en el porche inspiro con fuerza, llenándome los pulmones de aire fresco. No hay nada como amanecer en la playa, incluso en invierno. Si no estuviera irremediablemente enamorada de Sin Mar, viviría aquí. Diablos, también viviría en Los Ángeles, aunque supongo que, a la larga, podríamos plantearnos pasar temporadas donde más nos guste. Valentina está resultando ser la mejor trabajadora que he tenido nunca. Tiene ideas creativas, incluso más que yo, y lleva el negocio igual de bien que yo. Sé que algún día decidirá qué quiere hacer con su vida y, quizás, la tienda no entre en sus planes, pero de momento parece feliz, así que bien puedo aprovecharme. Debería convencer al poli de que vaya pensando en la prejubilación.

Llego a la playa a tiempo de ver a Amelia sentarse sobre una manta en la arena, al lado de Álex, que está junto a Esme. Todos sostienen un vaso térmico entre las manos y, cuando llego a su altura, me extienden uno a mí también. Lo miro y me río al leer “Cuatrilliza de honor”.

—Esto es porque soy la mejor de todos, ¿verdad?

—En realidad, en todos pone lo mismo. —Amelia me enseña el suyo—. Es lo más justo, así no rivalizamos.

—Lo más justo es un aburrimiento —dice Álex—. Tendríamos que haber hecho termos de mayor a menor calidad y organizar algún tipo de juego para demostrar quién de los cuatro es el mejor.

—Podemos basar eso en la salud. A ver, gana quien no haya tenido nunca un infarto —digo riéndome.

Mi hermano me mira fatal, Amelia ahoga un gemido y Esme pone los ojos en blanco.

—¿Y por qué no basamos la escala en los hijos que se van a vivir fuera de España?

—A ti se te ha ido Óscar también, y no te pases de listo que, como me dé la gana, le como la cabeza a la niña y mañana mismo está cogiendo un avión.

—Y serías capaz, arpía.

—Parece que no me conoces.

Mi hermano chasquea la lengua, se ríe y tira de mi brazo, acercándome a su cuerpo y pellizcando mi costado. Me quejo, pero al final acabo riéndome con él y sentándome al lado de Esme.

—Eh, ¿os dais cuenta? —pregunta Amelia—. Nos hemos sentado en el mismo orden en que le contamos nuestra historia a la jefa.

Observo nuestra situación en la arena y me doy cuenta de que tiene razón. Estoy yo, a mi derecha Esme, a la suya Álex y, por último, Amelia.

—Supongo que faltaría Chucky.

—Ese es tu hijo, no tu hermano. Este día es para los hermanos —dice Esme con un suspiro antes de mirar al mar—. Ha sido una boda preciosa.

Coincidimos todos, en especial Álex y yo, que hemos casado a nuestros hijos al mismo tiempo.

—¿Imaginasteis de pequeños que nuestra vida sería así? —pregunta Álex—. ¿Que tendríamos hijos? ¿Que los veríamos casarse en un camping del sur de España?

—Creo que eso era imposible de imaginar —dice Esme—. Pero aquí estamos, y aquí estaremos para todo lo que tenga que venir. Juntos y expectantes.

—Sobre todo juntos —dice Amelia.

—Sobre todo expectantes —murmuro yo.

Nos reímos todos a la par. Creo que, por muchos años que pasen, mis hermanos y yo no conseguiremos ponernos de acuerdo en muchas cosas nunca, pero eso no impide que sean los mejores hermanos del mundo.

—Ha sido un camino muy movido desde que empezamos —susurra Amelia.

Eso sí. Ahí estamos de acuerdo todos.

—Es bonito disfrutar de cierta calma —dice Esme.

Miro el mar al fondo, pienso en nuestra familia y en todo lo vivido y reconozco que, en efecto, es bonito disfrutar de un poco de calma. Y estoy a punto de decirles que sí, que es hora de tener un poco de tranquilidad, cuando un barullo nos saca de nuestros pensamientos. Los gritos llegan lejanos, pero enseguida se acercan a nosotros por los jardines que llevan a la playa.

—¡Tonto el último! —grita uno al pasar junto a nosotros.

Por un momento pienso que es uno de mis hijos o sobrinos, pero pronto corroboro que no es así. Me quedo embobada viendo como un chico de no más de treinta años corre por la arena con un bañador rojizo y sin nada más. Tiene la piel blanca, el pelo del mismo tono que el bañador y una velocidad que me deja pasmada. Tras él, uno con el pelo negro, la misma complexión atlética y un bañador celeste lo sigue, riendo a carcajadas.

—¡El niñato va a arrepentirse de habernos echado huevos! —grita.

En último lugar, un chico más joven, con bañador morado e igual de alto y atractivo corre y maldice sin miramientos.

—¡Sois unos tramposos de mierda!

Salpican arena en nuestra dirección a su paso, pero no los maldigo. Es imposible hacerlo porque la certeza de que van a meterse en el mar en pleno diciembre me tiene fascinada.

—¿Qué cojones…? —pregunta Álex—. ¿Se van a meter?

Apenas pronuncia la pregunta, los tres se zambullen en el agua entre carcajadas, maldiciones y ahogadillas entre ellos.

Ahogamos una exclamación cuando se quejan del frío, pero reconozco que me río mucho cuando uno de ellos intenta salir y los otros dos tiran de él, arrastrándolo de vuelta al mar.

—Dios santo, no los convertiré en hombres decentes nunca.

Nos giramos de inmediato y vemos a una mujer mayor aparecer por los jardines. Puede que use un bastón, pero hay tal determinación en su caminar y en su mirada que nadie se atrevería a tacharla de abuelita invalida.

—¿Son sus hijos? —pregunta Esme mientras ella se adentra en la arena.

—Son hijos de mis hijas. Una piensa que tiene hijos, los cría y ahí acaba la lucha, pero descubre con el paso de los años que los nietos son los hijos tardíos. —Niega con la cabeza mientras mira al mar y suelta un suspiro tembloroso—. Necesitan disciplina, debería haberlos metido en cintura hace mucho, pero se parecen tanto a su abuelo, cada uno a su manera, que…

Hay tal emoción y amor en su voz que me quedo prendada de sus palabras.

—Son jóvenes, ¿verdad? —pregunta Amelia con suavidad.

—Lo son. El mayor ni siquiera tiene treinta años, pero ya es hora de que empiecen a encauzar sus vidas.

—Creo que eso no se elige —dice Álex—. Lo harán cuando estén listos.

—Ya están listos, pero no lo saben.

Nos reímos y miramos entre nosotros. Al final, es Esme la que habla.

—¿Entonces? ¿Va a obligarlos a sentar cabeza?

—¿Tienes hijos? —pregunta ella. Cuando Esme asiente suspira—. Entonces sabrás que no puedes obligar a un hijo a hacer algo, porque hará justo lo contrario.

—En efecto —contesta mi hermana riéndose.

—Ah, pero puedo mover algunos hilos. Y a lo mejor, con lo que yo mueva y si Dios quiere, encuentran el camino correcto.

Observo a los tres chicos salir del mar y revolcarse por la orilla. Si no cogen una pulmonía será de milagro.

—¿Son hermanos? —pregunto en un impulso.

—Son primos. Cada uno de una de mis hijas. Hemos venido a pasar las Navidades, pero me parece absurdo. Vivimos en la playa, por el amor de Dios, no necesitaba venir a otra playa a celebrar la Navidad. Y estos no necesitan vacaciones gratis, necesitan mujeres que los pongan en su sitio.

—¿Sabe que ayer se casó mi hijo? —pregunta mi hermano.

—¿Eres el suegro de una de las novias de ayer? Las vi salir de los bungalós. Qué cosa más bonitas de niñas.

—Sí, soy el padre de uno de los novios. Ella es la madre de una de las novias —dice señalándome.

—La de rosa —admito orgullosa al pensar en Vic.

—Preciosa, sí señor. Una muchacha preciosa, igual que la otra; la de las flores. —Suspira hondamente—. Cualquiera de las dos me hubiera servido para mis chicos.

Me río, sorprendida por su empeño en emparejar a sus nietos.

—¿Cómo se llama, señora? —pregunta Amelia con una sonrisa.

Ella quita los ojos de sus nietos el tiempo justo para mirar a Amelia.

—Rosario. La abu Rosario para aquellos mequetrefes de allí.

—¿Cómo se llaman ellos? —pregunta Álex.

—Dunas —murmura—. Son los Dunas.

Estoy a punto de preguntar si ese es el apellido de todos cuando uno de ellos, el del bañador morado, grita en nuestra dirección.

—¡Abu, mira lo que hago! —Intenta dar una voltereta en el aire, pero da tal espaldarazo en la orilla que hasta a mí me duele.

—¿Estás orgullosa de él, abu? —pregunta entre carcajadas el pelirrojo.

—¡Mira lo que hago, abu! —grita el que falta, tirándose encima del más joven.

—Uy, eso ha tenido que doler —murmura Álex.

Miramos a nuestro lado, a la abu Rosario, que se limita a suspirar y golpear su bastón contra la arena.

—Mujeres. Necesitan mujeres que sean capaces de ver lo especial que hay en ellos, aunque no lo parezca, y los hagan entrar en vereda —murmura.

Me río, pero justo cuando estoy a punto de responder veo a lo lejos algo que me resulta de lo más familiar. Está sentada en la arena mojada, tiene un termo de café al lado de unas zapatillas desgastadas y el pelo rizado le baila al son del viento, aunque no le hace ni caso. Está demasiado concentrada mirando a los chicos… y tecleando en su portátil. Doy un codazo a Esme que, al darse cuenta, se ríe entre dientes y llama la atención de Álex y Amelia.

Me levanto, incapaz de contenerme, y me acerco a la abu Rosario, posando una mano cariñosamente en su hombro.

—¿Sabe, abu? Yo no me preocuparía por eso. Creo que alguien ha oído sus plegarias.

—Dios te oiga, hija.

—No, no es Dios, pero por estos lares tiene casi el mismo poder —murmura Álex.

La señora mira a mi hermano sin entender, pero a mí solo me sale reírme. Ellos se levantan y Esme coge mi mano.

—Es hora de volver.

Asiento, miro a la abu, luego a los chicos Dunas y, por último, a ella, que desvía su atención de ellos para devolverme la mirada.  Me acerco, atraída por su presencia inevitablemente. Demasiado tiempo unidas tiene ese efecto.

—¿Es la hora? —pregunto a poca distancia de ella.

Tiene los ojos brillantes y se pinza el labio con fuerza, intentando mantener el tipo. Esto no es fácil para ella, lo sé, pero cuando me mira sonríe y asiente.

—Eso creo.

—Ha sido un viaje movido, ¿verdad, jefa?

—El más movido de todos.

Me muerdo la emoción y sonrío. Justo en ese instante Álex me avisa para que nos marchemos. Es hora de desayunar en familia.

—Estoy deseando ver qué les tienes preparado. Será bonito ver cómo pones las vidas de otros patas arriba, para variar.

Me alejo de ella, pero no me libro de su risa a mi espalda y eso, de algún modo, me hace sonreír. Cuando paso por el lado de la abu Rosario para volver con mis hermanos, sujeto su mano en un ataque de confianza y la aprieto con cariño.

—Prepárese, abu. Está a punto de empezar un camino largo, pero le aseguro que valdrá la pena.

Ella me mira sin entender, pero justo en ese instante uno de sus nietos grita que tiene arena en los ojos, así que bufa y se acerca a ellos maldiciendo mientras yo vuelvo con mis hermanos, que me acogen con un abrazo de esos que llenan el alma.

—Será bonito hacer de público —susurra Amelia.

Miro atrás, a los chicos Dunas alborotando, a la abu intentando que se comporten como los adultos que son y a ella, que no deja de teclear.

Sí, va a ser muy, muy bonito hacer de público.

 

 

***

¿Y bien? Os espero en insta con el corazón en un puño… 🙂