Capítulo 9

En cuanto entramos en la que ha sido mi habitación hasta ahora, Vic y Daniela me abordan de una forma que no me gusta nada.

—¿Y bien? —pregunta mi hermana.

—¿Y bien? —repito mientras saco mi maleta de debajo de la cama y la abro para empezar a colocar cosas dentro.

—¿No tienes nada que contarnos? —sigue Daniela.

—Mmmm ¿no?

—Es increíble lo bien que se hace la tonta —murmura mi hermana mirando a Daniela antes de fijar la vista en mí—. ¿Tengo que recordarte que tenemos un pacto de saliva?

Hago una mueca de asco de inmediato. No, no tiene que recordármelo. De niñas, Vic me obligó a hacer un pacto de saliva. Cada una escupió en su palma de la mano y las juntamos para prometer que nunca nos guardaríamos un secreto. Esa es la razón por la que nunca fue un misterio para mí el amor que Vic sentía por Adam. En cambio, sí que me ocultó, no solo a mí, sino a toda la familia el problema que tuvo con su ansiedad hasta que explotó y no le quedó más remedio que soltarlo, así que no va a poder tirar de chantaje emocional.

—¿Y qué se supone que estoy guardando en secreto? —Mi tono es chulesco, pero es que me toca mucho la moral que se pongan en plan sabelotodo conmigo.

—Primero me dejas plantada cuando habíamos quedado en que vendrías a ver la oficina y luego, para rematar, apareces aquí con JR para…

—Se llama Oliver —la interrumpo.

Mi hermana me mira elevando una ceja.

—Nosotras le decimos JR.

—En realidad, solo vosotras. —Daniela se retrepa en la cama de su hermano—. Yo lo llamo Junior.

—Pues no deberíais llamarlo JR, ni Junior. Se llama Oliver.

—Se llama Oliver Junior y, teniendo en cuenta que es mi hermano, como si quiero llamarlo caraculo.

—Vamos a reconocer que ese hombre tiene cara de todo, menos de culo —dice Vic riéndose—. Y, en cualquier caso, si tuviera la cara como su culo, sería una cara preciosa.

—¡Victoria! —exclamo mientras Daniela se carcajea.

—Me da entre risa y grima que hables así de mi hermano.

—Sobre todo porque vas a casarte con el otro —le recuerdo a mi hermana.

—Voy a casarme, no a arrancarme los ojos. Siguen estando operativos, hermanita.

—¡Es tu cuñado! Es como si le miraras el culo a Ethan.

—No tengo que hacerlo, querida. Estoy con su gemelo, sé bien lo que hay bajo su ropa. Aunque a menudo me pregunto si entre las piernas la cosa es…

—Se acabó. —Daniela se sienta y alza las manos—. Os adoro, chicas, pero hay conversaciones que no pienso oír ni por todo el amor o dinero del mundo.

Vic y yo nos reímos. Probablemente mi hermana no lo haya dicho en serio, pero debo reconocer que, ahora que lo ha soltado, yo también lo pienso. Esto tiene que venir por el gen León, porque de mi padre no hemos heredado esta curiosidad insana.

—El caso es que es extraño —dice Daniela.

—¿El qué? —pregunto.

—Que te vayas a vivir con él sin avisar. Así, de pronto. Y parecéis muy seguros, como si lo hubierais hablado antes.

—No lo hemos hecho —aseguro—. De verdad. Tu hermano me ofreció hoy ese trato después de que pasara a recogerme a la universidad.

—¿Ha ido a recogerte a la universidad? —Se interesa mi hermana.

—Oh, sí. Apareció en plan salvador con su cochazo, mi música favorita a todo volumen y esa pose de superioridad que…

—Madre mía. —Daniela suelta una carcajada seca y me mira con los ojos de par en par.

—¿Qué?

Ella, en vez de contestarme, concentra su vista en mi hermana.

—No se da cuenta, ¿verdad?

—No tiene ni la menor idea —dice mi hermana haciendo que Daniela ría y yo frunza el ceño.

—¿De qué no tengo la menor idea?

—Ay, hermanita… Te lo diría, pero ¿sabes? Creo que así será mucho más divertido. —Daniela vuelve a reír y yo entrecierro los ojos.

—¿De qué demonios hablas?

—Nada, cosas mías. Mejor cuéntame cuántas bragas crees que carbonizó JR con su numerito.

—¡Que se llama Oliver!

Daniela y Vic estallan en carcajadas y siguen mirándose de una forma tan extraña que acabo cabreándome. Empiezo a doblar mi ropa y meterla en la maleta sin hacer ni caso a sus comentarios. Ni caso, en serio, porque estas dos, para tener la veintena pasada, tienen un pavo que no es ni medio normal. Cojo del cajón la camiseta de Oli, esa con la que llevo durmiendo desde que vine, y valoro dejarla aquí, teniendo en cuenta que no es mía, pero de algún modo le he cogido cariño a la prenda, así que al final la doblo y la meto en la maleta.

—Vaya… —murmura Daniela con una sonrisita.

—¿Qué? —pregunto sin disimular mi molestia.

—Menudo genio, hija. Solo he dicho “vaya…”.

—¿Y por qué mejor no nos cuentas cómo van las cosas con Shane? —En el momento en que pronuncio su nombre el semblante de Daniela pierde el color y me arrepiento tanto que me siento en la cama, junto a ella—. Lo siento muchísimo. He sido una insensible.

—No, tienes razón, no os cuento mucho de él, pero es que… no hay mucho que contar. Después de su última visita a la oficina no he sabido nada más.

Miro de soslayo a Vic. Es evidente que no sabe nada de la visita que hicieron sus hermanos a Shane, y no seré yo quien abra la boca, porque si algo me ha enseñado el tiempo y la vida es que Daniela Lendbeck-Acosta puede parecer tranquila y dicharachera, pero es capaz de convertirse en una máquina de despellejar si alguien le toca las narices más de la cuenta.

Acabo de hacer la maleta mientras hablamos de lo idiota que es Shane (Vic y yo insultamos por solidaridad, pero en realidad sigo pensando que Shane no la engañó), lo contento que está Ethan con su nueva clase y lo increíblemente malas que son Brittany y su séquito. Daniela me ha prometido buscarle un mote a la altura de las circunstancias, pero todavía no ha dado con uno. No la culpo, su cabeza es un hervidero.

Al cabo de una hora, salgo de la habitación con una maleta grande llena de lo más básico. Oliver la coge de inmediato.

—¿Lista para irnos?

Los nervios me atenazan el estómago así, de pronto. No entiendo bien qué ocurre. Quiero pensar que es por el cambio. Volver a cambiar de casa en apenas unos días es algo que estresaría a cualquiera, cuanto más a mí, que ya estoy tensa desde que salí de España. Nos despedimos de la familia y prometo ir a la oficina de Vic y Daniela mañana sin falta. Subimos al coche y de camino a la casa de Oliver apenas hablamos. Creo que intuye que estoy nerviosa, porque se limita a poner la música que más me gusta y no decir una sola palabra. Siempre ha sido un chico tremendamente listo.

Cuando entramos en casa, él delante con mi maleta y yo detrás con las manos en los bolsillos de mi chaqueta, intento no quedarme con la boca abierta. Ya suponía que sería bonita, porque es de la familia de Oliver y tienen dinero. Claro que, por otro lado, el dinero no da clase ni buen gusto, porque hay cada cosa por ahí que…

El caso es que la entrada ya me deja impactada. Tiene dos escalones para bajar al salón, que está de frente. Un sofá enorme sobre una alfombra beige hace contraste con el suelo de madera y la tabla de surf que hay colgada sobre la pared. Frente al sofá una mesita pequeña y redonda de cristal y enfrente la chimenea con el televisor justo arriba. Al lado una puerta de cristalera que da al patio privado.

—Ven, te enseño la cocina y ahora subimos a las habitaciones —me dice Oliver dejando la maleta a un lado.

Caminamos hacia la izquierda del salón, puedo divisar el inicio de la cocina porque no hay puertas. Me encantan los espacios así, abiertos. Hay una mesa de madera pintada de gris, más alta de lo normal y con cuatro taburetes de considerable tamaño. La cocina no es muy grande, pero sí funcional. Tiene forma de U, con una ventana dando al patio y los muebles son de madera clara. Está impoluta, pero eso no me extraña porque Oliver suele ser un hombre bastante ordenado.

—¿Cómo lo haces para cocinar cuando trabajas en el hospital? —pregunto, consciente de que Oliver valora la comida sana y de calidad. No se conforma con cualquier cosa.

—Cocino de noche para tener la nevera llena y cerca del hospital hay un restaurante bastante bueno. Los peores días me conformo con un sándwich insulso y como de verdad al llegar a casa.

Sonrío. Eso le pega mucho.

—Podemos turnarnos para cocinar —le digo—. Tendré tiempo y me ayudará a despejarme con el estudio.

—¿Ves? Ya me está mereciendo la pena que te hayas venido.

Me río y empujo su costado suavemente antes de abrir la puerta de la cocina, que da al patio. Alucinante. Es increíble solo por el hecho de saber que disfruta de esta intimidad en Venice Beach. Los muros de la vivienda son altos, así que nadie puede ver el interior. Bajo el porche una mesa de madera con dos sillas azules que cualquiera diría que no pintan nada, pero que precisamente por eso quedan de maravilla. Un par de taburetes más de madera y un suelo de linóleo con un estampado que me enamora. El suelo del exterior es de piedra, hay plantas por los laterales, una enredadera en la fachada y un jacuzzi enorme y precioso en una esquina.

—Voy a intuir que disfrutas a menudo de él —le digo señalándolo.

—No te creas. A veces llego tan cansado que me conformo con una ducha rápida, pero sí, cuando tengo tiempo lo uso y es genial.

El patio rodea la casa entera. No es muy ancho, pero suficiente para que dé sensación de poder respirar en paz y con espacio suficiente para moverte sin sentir que se te vienen las paredes encima. Tiene un par de árboles, uno junto al jacuzzi y otro en la esquina opuesta, junto a la barbacoa. Ya puedo imaginarme estudiando en la mesa del porche. Con un ambiente así, relajarse es mucho más sencillo. Parece raro que me impresione tanto esta casa, viniendo de la mansión de los Lendbeck-Acosta, pero es distinto. La mansión la conozco desde pequeña. Es cierto que a cualquiera le impresionaría mucho más, porque esta casa, aunque está muy bien, no alcanza ese punto, pero… no sé. Esta casa tiene algo. Tiene magia dentro. A Oliver no le digo nada, por supuesto, pero así lo siento.

Volvemos al interior, Oliver me enseña el baño de la planta baja, con un plato de ducha, el lavabo y el wc, y subimos para ver las habitaciones. La suya es impresionante. Con una estantería de madera, a juego con el robusto canapé y una cama inmensa de frente a otra chimenea, también con televisor arriba. Tiene balcón, que da a una pequeña terraza con mesita y dos sillones que dan al jardín. En una esquina, hay un sillón de mimbre con cojines que me encanta. En medio del pasillo otro baño, que solo se diferencia con el de abajo en que este tiene bañera y una ventana. Y al otro extremo, mi habitación. Más simple que la de Oliver, y aun así increíble. Hay un sillón de mimbre exactamente igual que el suyo, con el mismo espejo arriba y todo, lo que me alegra un montón. La cama es más sencilla, con somier de madera y un poco más pequeña, pero aun así muy grande para mí sola, un ventilador de techo y un armario empotrado blanco de cuatro puertas al que voy a sacar muchísimo partido.

—Lo único malo es que el baño aquí es compartido, no tendrás tanta intimidad como en casa de mis padres, pero teniendo en cuenta el tiempo que paso en el hospital… será como si vivieras sola.

Sonrío en respuesta, intento no sonar sorprendida, pero creo que no lo consigo del todo.

—Diría que no va a suponer un drama enorme. Recordemos que vengo de una casa en la que éramos seis con dos baños. Ocho, cuando vivían Babu y Buba.

—Cierto —contesta riéndose—. Bueno, te subo la maleta y te dejo acomodarte. Yo voy a darme una ducha y preparar la cena. ¿Te va bien una parrillada de verduras con huevos revueltos?

—Perfecto.

Oliver sonríe, me deja sola unos instantes y aparece poco después para dejarme la maleta. Cuando me quedo a solas, la abro y empiezo a colocarlo todo.

Media hora después lo oigo trastear en la cocina y decido dejar lo que me falta para más tarde, darme una ducha y bajar a ayudarlo.

Lo encuentro en el jardín, junto a la barbacoa encendida.

—Este trasto hace las mejores parrilladas del mundo, aunque solo sean verduras —me dice.

No hace comentario alguno al hecho de que me haya puesto su camiseta de nuevo y me alegro, porque me he acostumbrado a hacerlo en cuanto me ducho y me encanta la comodidad que me proporciona llevar una prenda que me está tan grande. Obviamente, debajo llevo un pantalón corto de deporte.

Intento no hacerlo, pero no puedo evitar fijarme en el modo en que el pantalón jogger que se ha puesto se ciñe a su… Mierda. La culpa la tiene mi hermana por hablar de su culo. La adoro, pero toda la vida ha sido una mala influencia. Yo no soy una santa, vale, pero ella es mucho peor. La camiseta de manga corta blanca que lleva no ayuda, porque… joder, es que le queda muy bien. Sus ojos increíblemente azules, tampoco es que me hagan un favor para dejar de mirarlos como idiotizada.

No sé qué me pasa. Tiene que ser un subidón hormonal provocado por la mudanza y las palabras de mi hermana. Conozco a este hombre desde que era un crío apasionado del surf. He corrido detrás de él, me ha cogido en cuestas en las excursiones, cuando no podía más, y hemos cazado ranas juntos solo para volver a dejarlas en libertad más tarde. Somos casi como hermanos, aunque no nos una la sangre. O eso he pensado siempre. Ignoro a la vocecita que me dice que mi hermana y Adam también se conocen desde siempre y, sin embargo, están organizando su boda.

—¿Me oyes, Emily? —me dice Oliver, sacándome de mis pensamientos.

—¿Mmm?

Él me mira con una ceja elevada, dejándome claro que es consciente de lo descentrada que estoy. Ay, si supiera el motivo…

—Te decía que a mí me gusta la verdura al dente, pero sé que la prefieres más hecha, así que lo haré todo por igual, ¿de acuerdo?

—No hace falta, aparta la tuya antes, pero que sea más cantidad, porque no tengo mucha hambre. ¿Voy haciendo los huevos?

—Mejor esperamos a que esté toda la verdura, o se quedarán fríos.

—De acuerdo.

—He estado pensando que necesitarás un escritorio.

—Oh, no te preocupes. No voy a invertir dinero en uno y ya he pensado que estudiaré en la mesa de la cocina o la de aquí cuando el tiempo lo permita.

—Esto es Los Ángeles, nena. El tiempo casi siempre lo permite.

Me río, tiene razón. Una de las cosas que más voy a disfrutar es la experiencia de vivir con un clima maravilloso casi siempre, algo que me daba mucha envidia cuando Vic me lo contaba.

—De cualquier modo, ¿no prefieres una mesa para tu habitación y ganar intimidad?

—Bueno, como bien has dicho: estarás tanto tiempo en el hospital que pasaré gran parte del día sola. Y si necesitas intimidad en algún momento… ya sabes. Puedo estudiar en mi dormitorio sobre la cama. No es ningún drama.

—¿Ya sé? ¿Qué sé?

Me muerdo el labio, indecisa. Es algo que me ha rondado la cabeza desde que llegamos, pero no sé cómo soltarlo sin parecer una entrometida.

—Tema chicas y… —carraspeo—. Bueno, eso.

—Oh. —Oliver se ríe y se rasca la barba—. Vale, yo no me preocuparía por eso. No tengo mucho tiempo para eso últimamente.

—¿No sales con nadie?

—No. Y, en cualquier caso, si… tengo suerte, no pretendo venir aquí con ellas.

—¿Por mí? Lo siento mucho, yo…

—No es por ti, Emily. Ya lo pensaba antes de que tú vinieras. Esta es mi casa. Mi espacio sagrado. No quiero mujeres aquí.

—Yo soy una mujer —le recuerdo riéndome.

—Es distinto, pequeña. Tú eres… tú. —Frunce el ceño, se ríe y encoge los hombros—. Tú eres tú —murmura de nuevo.

Sonrío. Sí, creo que lo entiendo perfectamente. Entro en casa para coger un par de vasos de agua y, aunque no quiera, me regodeo un poquito en la idea de que Oliver no vaya a traer mujeres aquí. Por qué esa decisión me alegra tanto es un misterio que no estoy dispuesta a resolver ahora.

Cenamos en el porche hablando de nuestros planes para mañana y, al acabar, subo a mi habitación, porque prometí llamar a mis padres hoy. En España debe ser temprano por la mañana, así que lo hago antes de que mi padre se marche a trabajar.

—¿Mami? —pregunto cuando descuelgan al otro lado de la línea y veo su cara por videollamada.

—¿Cómo está mi niña bonita?

Mis ojos se aguan al instante. Pestañeo rápidamente y me recuerdo que es una reacción completamente lógica. La echo de menos y verla a través de la pantalla me recuerda cuánto, pero todo está bien. Todo estará bien.

—Echándote de menos —admito.

—Escucha, pequeña, puedes venirte en cuanto quieras. —La voz de mi padre resuena por el altavoz con gravedad y rotundidad. Su semblante está serio, como es él—. No te sientas culpable por volver a casa si no eres feliz, ¿me oyes? En cuanto sientas que no puedes más, vuelve.

—Ha dicho que nos echa de menos, no que esté pensando en abandonar, poli —le recuerda mi madre.

—Yo solo digo que no quiero que esté allí obligada.

—No estoy aquí obligada —les digo riéndome—. Y, en cualquier caso, os recuerdo que este máster os ha costado gran parte de vuestros ahorros.

—A tomar por culo. El dinero solo es eso: dinero. Comeremos macarrones más tiempo del que nos gustaría, pero estaremos juntos y seremos felices. De hecho, si te traes a tu hermana, tanto mejor.

—No le hagas caso a tu padre —dice mi madre—. No te lo vas a creer, pero justo antes de hablar contigo hemos tenido una conversación en la que hemos acordado no atosigarte con tu vuelta. ¿verdad, poli? —Mi padre no contesta y yo me río entre dientes, lo que también provoca la risa de mi madre. Doy por hecho que mi padre no va a reírse—. En fin, ¿cómo estás?

—Bien, muy bien.

Me asalta de inmediato el pensamiento de que estoy mintiéndoles. No decirles que ahora viviré con Oliver me cuesta, pero creo que es mejor hacer caso de lo que me dijo Vic y no informarles, por ahora. Sobre todo a mi padre, que no acepta demasiado bien los cambios. Lo que pasa es que no estoy habituada a mentir a mis padres. Nos han educado con total confianza, siempre hemos podido hablar de cualquier tema con ellos y no decir esto… Bueno, es como si los traicionara. Quizá por eso, en cuanto mi padre se despide de mí, después de unos minutos, pues tiene que marcharse a trabajar, las palabras escapan entre mis labios.

—Estoy viviendo con Oliver.

Lo suelto todo. Lo de Brittany y el resto de las chicas, lo de Oliver plantándose en la universidad, la sensación de culpabilidad constante y… todo. Absolutamente todo. Y al acabar, Julieta León me demuestra, una vez más, por qué es la mejor madre del mundo.

—Tienes que hacer lo que te haga feliz, Emily. En eso consiste este viaje y la vida en general. Guíate por tus instintos y haz todo lo que te haga dormirte con una sonrisa.

—¿No te parece mal?

—No, cariño. Oliver es de la familia. Sabrá cuidarte y, qué demonios, eres una mujer adulta. Tú misma sabrás cuidarte. —Me río, agradecida de que mi madre piense así.

—No sabes la carga que me he quitado de encima. Vic me dijo que no se lo contara a papá y…

—Oh, no, papá no puede saberlo.

Frunzo el ceño, pero mi madre ríe al otro lado de la pantalla, así que no entiendo nada.

—Pero has dicho…

—Sé lo que he dicho, pero créeme, mi niña, es mejor que papá no lo sepa de momento. Ya habrá tiempo.

—No lo entiendo, mamá. Solo es Oliver. —La risa que me llega del otro lado tensa mis hombros—. ¿Qué?

—Nada, mi amor, no es nada. Tengo que irme a la tienda. Mantenme al día de novedades, ¿de acuerdo?

—Pero, mamá…

—Te quiero muchísimo, Emily. Sé feliz, ¿me oyes? Sé feliz, o me plantaré allí en el primer vuelo que haya solo para darte una colleja León, de esas que tu tío Álex inventó y pican tanto.

—¿Qué has querido decir cuando…?

La línea se corta y miro mi móvil con la boca abierta de par en par. ¡Me ha colgado! ¿Qué…? Frunzo el ceño, repaso nuestra conversación y llego a la conclusión de que no hay explicación posible. Julieta León es la mujer más importante de mi vida, pero siempre ha estado y sigue estando como una regadera. Me meto en la cama, cierro los ojos y concentro todas mis energías en rogar que mañana el día en el campus sea un poquito mejor.

Y, si no lo es, al menos podré cenar con Oliver al volver a casa. Extrañamente, ese pensamiento hace que me duerma con una sonrisa en los labios.

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