Capítulo 7

Infernal. Esa sería una buena definición de lo que está suponiendo mi experiencia en el campus. Llevo solo dos días, lo sé, no debería juzgar tan a la ligera, pero algo me dice que las chicas que se dedican a cuchichear sobre mí no van a volverse almas caritativas de pronto. Se ha acercado algún chico y he visto sus intenciones tan descaradamente que incluso me ha dado cierta vergüenza tener que dejarles claro que no estoy interesada en pasar mi tiempo universitario de fiesta en fiesta. Y mucho menos de cama en cama. Quizá sea por lo mal que me ha ido estos dos días, pero empiezo a intuir que pronto voy a ganarme la fama de estrecha y todo va a tornarse mucho más divertido. Nótese la ironía.

En realidad, aunque haga ver que no, o intente convencerme de lo contrario, me ha sorprendido bastante el nivel de odio que puedo generar simplemente con mi presencia. Sí, es cierto que mi hermana se hizo bastante famosa entre un público joven como influencer, pero que un año después del último escándalo y de que renunciara siga levantando este tipo de odios… No sé, me parece un poco enfermizo. Me reafirma en mi idea de lo curioso y digno de estudio que es que chicas que se pasan el día aparentando ser felices, tanto en la vida real como en las redes sociales, estén en realidad tan llenas de odio y miseria. A veces, en mis ratos buenos, incluso las compadezco. Solo he necesitado dos días para ver que viven obsesionadas por su físico y sus móviles. Imagino que no es agradable para ellas saber que mi hermana llegó a lo más alto del mundillo y luego se largó sin mirar atrás. Ellas no tienen por qué saber que Vic sufría ataques de pánico y a día de hoy todavía acude a un psicólogo que la ayuda a gestionar todas las emociones que se desbordaron cuando perdió el norte. Lleva un año en tratamiento y, aunque sus ataques de pánico casi son inexistentes, todavía hay alguno. Ella ha admitido en alguna ocasión que piensa que no se irán del todo nunca, pero ahora lo acepta y vive con ello. Ha tenido días infernales. Ha estado tan inestable emocionalmente que he sufrido pensando que recurriría a alguna alternativa insana, y para estas chicas, sin embargo, lo único que cuenta es que se largó de Instagram y ahora vive con uno de los fotógrafos más prestigiosos del país, parte de una familia, además, que es famosa. Desde su perspectiva, mi hermana ha dado el pelotazo de su vida. ¿Cómo van a saber ellas todo lo que luchan Adam y Vic? No lo saben, y no se enterarán por mí. Que piensen lo que quieran, porque al final a quien más afecta esa toxicidad es a ellas, que apenas pueden respirar cerca de mí por los sentimientos negativos que provoco solo con mi presencia. Yo estoy jodida, sí, pero sus vidas son probablemente mucho más tristes que la mía.

En todo esto voy pensando mientras salgo del campus y Brittany y su séquito cuchichean a mi espalda. En esto, y en las ganas máximas que tengo de llegar a casa, soltar la bandolera e ir a visitar la oficina de Daniela y Vic. La he visto un millón de veces en video y fotos, pero todavía no la conozco en persona y tengo curiosidad por visitar el entorno diario de mi hermana de primera mano. Sobre todo, desde que la veo tan sumamente feliz organizando viajes de lujo para otros. ¿Quién iba a decirlo?

La canción Heat of the moment, de Asia truena en el ambiente. De pronto. Alzo la cabeza, porque es una de mis canciones favoritas y me parece un milagro que algo salga bien en este campus. Si alguien tiene tan buen gusto musical, quiero conocerlo. La sorpresa me llega cuando el que me encuentro de frente es Oliver Junior Lendbeck-Acosta. Vestido con vaqueros, deportivas casuales y una camiseta celeste a juego con sus ojos, que ahora están tapados por unas gafas de sol que se quita mientras sonríe en mi dirección.

Dios, qué guapo está.

Ay, joder. ¿De dónde ha venido ese pensamiento?

—Ahora lo entiendo todo… —murmura Brittany sobresaltándome.

Miro a mi lado y la encuentro a escasos centímetros de mí.

—¿Ahora entiendes qué? —pregunto de mal humor.

—Todo.

Su sonrisa es tan maliciosa que decido pasar de todo. De ella, de su aquelarre y de todo el maldito campus. Ni siquiera me despido. Bajo los escalones que me faltan para llegar a donde está Oliver y le sonrío con cierta ironía.

—Creo que tú y yo vamos a tener una charla muy seria, amigo.

—¿Sobre? —pregunta haciéndose el inocente.

—Sobre tu necesidad de venir hoy aquí con un caballo blanco a salvarme como si fuera una princesita indefensa.

Su sonrisa, lejos de desvanecerse, se tuerce más, ensanchándose y provocando cosas que, desde luego, no debería provocar en mi estómago.

—¿Caballo blanco? Vamos, pequeña. Es un Mustang del 69. Ten un poco más de respeto.

Miro el deportivo negro, con líneas clásicas americanas. En España es rarísimo ver un coche así, pero levantaría muchas envidias. Las mismas que está levantando aquí, donde varios chicos no hacen más que mirar en nuestra dirección con evidente admiración.

—Es un trasto que hace un ruido infernal —Su ceño se frunce tan rápido que a duras penas aguanto la risa—, pero reconozco que tiene unos altavoces potentes.

Su risa se desata alta y ronca. Reverbera en cada maldito rincón de este campus y me hace pensar una serie de cosas que, una vez más, no debería pensar.

—Sube, anda.

—¿A dónde vamos? —pregunto mientras abre mi puerta y espera que entre.

Él cierra cuando me siento, da la vuelta por delante del vehículo, se sube tras el volante y arranca, elevando las cejas y bajando luego sus gafas de sol.

—A darte una vuelta en mi trasto infernal.

—No he dicho “trasto infernal” —matizo—. He dicho que hace un ruido infernal.

—Ahora verás —masculla justo antes de hacer rugir el motor de tal forma que todas las miradas a nuestro alrededor se clavan en nosotros.

Entre la música y el ruido, mañana voy a ser más famosa que la mismísima Brittany.

Me tapo la cara con las manos, muerta de vergüenza, pero Oliver parece pasarlo tan bien que no puede dejar de reír, lo que hace que lo mire de soslayo mientras salimos del campus. En realidad, que haya venido hasta aquí en su día libre, sabiendo lo mucho que valora su tiempo, es un detalle increíble, pero no me extraña. Oli es así. Puede que no sea el que más habla en las reuniones familiares y, desde luego, no es el que más grita, pero a la hora de la verdad, es de los primeros en aparecer y estar. Sí, exactamente eso: Oliver Jr. es experto en, simplemente, estar.

—¿Has comido en el campus? —pregunta en un momento dado, bajando el volumen de la música.

—No, ¿por?

—Voy a llevarte a comer la mejor hamburguesa del mundo.

Lo miro de medio lado, entre nerviosa y expectante. Y, justo cuando va a subir de nuevo el volumen, pongo mi mano sobre la suya y se lo impido.

—Oye… Te agradezco esto mucho, Oliver, pero no hace falta. De verdad.

—¿El qué no hace falta? —Carraspeo, incómoda, y miro por la ventanilla. Él coloca una mano sobre mi rodilla, sobresaltándome—. ¿Qué no hace falta, Emily?

—Que vengas a recogerme al campus con la idea de que dejen de meterse conmigo. Que me lleves a comer. Que estés conmigo por lástima y…

—Para un momento. —Alza una mano y su rostro se tensa tanto que, inevitablemente, mi propio cuerpo adquiere cierta tensión—. Yo no estoy contigo por lástima, Corleone.

—Oliver…

—He venido porque quería que esas idiotas vieran que no estás sola. Y si mañana vuelven a meterse contigo, la próxima vez vendré con el ejército completo. Aunque entre Daniela, Ethan, Adam, tu hermana y yo tengamos que colapsar el jodido aparcamiento. Tú eres nuestra familia, Emily. Y la familia no se abandona. Nunca.

Contengo las lágrimas a duras penas. Intento hablar con calma, pero mi voz sale un tanto rota.

—Pensé que sería más fácil. Más bonito. Más… No sé. Más de película, supongo.

Oliver suspira, vuelve a colocar la mano sobre mi rodilla y la aprieta con cariño.

—Mejorará. Solo necesitas un poco de tiempo y una buena hamburguesa. —Sonrío y él vuelve a apretar mi rodilla—. No busques la aprobación de gente que no merece la pena, pequeña. No la necesitas.

—No lo hago.

—Entonces no sufras si una tía que no conoces de nada se porta como una imbécil. Enfréntala. No tienes nada que perder. No puedes consentir que te haga sentir insegura o inferior.

—Si estuviera en España, sería distinto. Tendría la seguridad del idioma, a mi familia y…

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Dices que somos familia, pero no lo sientes como tal.

—No es eso…

—Claro que sí. Te has empeñado en que, de algún modo, abusas de nosotros, cuando no es cierto. Puedes contar con nosotros del mismo modo que con tu familia. Del mismo modo que lo has hecho siempre. Que vivas bajo el techo de mis padres no hace que automáticamente tengas que dejar de pedir lo que necesitas para no molestar. Es más, si ese es el problema, a lo mejor deberías dejar de vivir con mis padres.

—Perdona ¿qué?

—Ya lo has oído. ¿No quieres abusar de la hospitalidad de mis padres porque sientes que estás continuamente en deuda? Vale. Vente conmigo. Tengo dos habitaciones, puedes quedarte una y así empezarás a contar con ellos como lo has hecho siempre, sin sentir que ya te han dado demasiado.

Lo miro con los ojos de par en par. Él, por el contrario, parece mucho más relajado de lo que estaba minutos atrás.

—Se te ha ido la olla, Oliver.

—A mí no se me ha ido nada. Estoy ofreciéndote ayuda para mejorar tu estancia aquí. Te queda un año y medio por delante, Emily. Si vas a empezar esto con la actitud inadecuada, es mejor que vayamos poniéndole remedio ya.

—¡Será posible! ¿Tú quién eres para decirme que tengo la actitud inadecuada?

—Dejas que te avasallen.

—No es verdad. Las ignoro, porque no merece la pena. A ellas y a los chicos que intentan abrirme de piernas solo porque soy una novedad en el campus.

—¿Qué chicos han intentado abrirte las piernas? —Esta vez, sorprendentemente, la tensión vuelve a sus hombros—.  Te habrás negado a salir con ninguno de esos payasos, ¿no?

—No los conoces, no sabes si son unos payasos.

¿Qué estoy haciendo? ¡Por supuesto que son unos payasos! Yo misma lo pensaba hasta hace solo un segundo. Sus intenciones son tan claras que me ha dado repelús incluso negarme a salir a tomar un café con Jay, ir a los bolos con Charles y patinar con Bob, entre otros planes que he rechazado en solo dos días porque todos, absolutamente todos, tienen como finalidad que yo acabe en su cama. Eso, con suerte. Conociendo mi racha es posible que ni siquiera tengan cama y tenga que conformarme con el coche. No, desde luego que no considero salir con ninguno de ellos, pero una cosa es lo que yo piense y otra lo que Oliver considere que debo pensar.

—Oh, vale. ¿Estás encantada con tu nueva vida, entonces? —Guardo silencio, porque está visiblemente alterado y eso en Oliver es muy raro. Tan raro que me tensa—. Di, Emily. ¿Eres feliz siendo el nuevo objetivo del aquelarre de brujas y el nuevo juguetito de los imbéciles del campus? Porque ayer no parecías muy feliz.

—Sinceramente, ni siquiera entiendo a qué viene esto. No tienes derecho a enfadarte. No es propio de ti y no me gusta nada esa actitud de mierda, doctorcito.

—No me llames doctorcito, Corleone.

—No me llames Corleone, Junior.

—No me llames Junior, …

—¡Bueno, se acabó! No pienso entrar en bucle contigo. ¡Faltaría más! —Me cruzo de brazos y lo miro mal—. Tú no puedes imponerme dónde vivir ni qué hacer.

—¿Quién está imponiendo nada? Joder, tienes el gen enrevesado de tu madre y a veces se me olvida.

—¡Mi madre no es enrevesada!

—Cariño, la foto de tu madre sale al lado de la definición de “enrevesada”.

—Vale, pues para el coche, que quiero bajarme.

—Tienes que estar de broma.

—¡Yo no bromeo cuando amenazo, Oliver! Para el jodido coche.

Él coge aire con tanta fuerza que, como no lo expulse medio rápido, se le va a hacer bola en el pecho. Es un pensamiento absurdo y, aunque no quiero, no puedo evitar pensar que esto tiene que ser herencia de mi madre, porque mi padre no es de pensar así. Yo, de normal, soy más parecida a mi padre, pero tengo… ramalazos. Y vale, mi madre puede ser una mujer un tanto excéntrica y desmedida, pero una cosa es que lo diga yo, y otra que lo diga él, por muy familia que sea.

Oliver pone el intermitente y para en el arcén de una carretera que va hacia… ninguna parte.

“Vale, Emily, respira. Respira hondo, porque si te bajas aquí, vas a tener que llamar a tu hermana, y si llamas a tu hermana, va a pedirte explicaciones, y a ver cómo explicas este berrinche”.

—¿Y bien? —pregunta él en tono serio—. ¿Bajas o seguimos?

Mierda. Se me olvidaba que discutir con Oliver y ponerme intensa no quiere decir que vaya a ganar la batalla. Lo haría con Ethan, Adam o Daniela sin ninguna duda. Quizá con Adam me costaría más, pero lo haría. Pero Oliver… es demasiado pragmático y no pierde los nervios con facilidad. Además, por mucho que me joda, estoy actuando del mismo modo que él ha dicho. Si me bajo, solo voy a darle la razón. Tengo que pensar rápido, pero me está mirando tan serio que…

—No me apetece comer hamburguesa.

Oliver entrecierra los ojos, como si intentara leer mi mente. ¡Buena suerte con eso! Al cabo de un segundo, se relame los labios de una forma que hace que me fije en su boca, a saber por qué, y habla.

—Está bien. ¿Qué te apetece?

Hamburguesa. Pero he dicho que no, así que…

—Pizza.

—Pizza.

—Eso he dicho. Quiero pizza.

—Ya.

—¿Qué pasa?

—No eres muy pizzera tú.

—¿Desde cuándo?

—Veamos. ¿Desde nunca? Das el coñazo todas las jodidas vacaciones cuando pedimos pizza porque consideras que para comer “pan con cosas” siempre hay tiempo.

Mierda. Es verdad. La parte mala de conocer a Oliver desde que yo era un bebé es que hay pocas cosas que no sepa de mí.

—Ensalada. —la esquina superior de su boca se eleva y entrecierro los ojos— ¿Te estás riendo?

—No.

—¡Y una mierda que no!

—Emily, cálmate. Eres psicóloga, no puedes perder los papeles así.

—¡Los pierdo por tu culpa! ¡No te rías de mí!

—No me río de ti —contesta con calma—. Me sorprende un poco la Julietada que estás teniendo porque te he aconsejado que no salgas con imbéciles.

—No me lo has aconsejado. Me lo has ordenado. ¿Y sabes una cosa? Ahora mismo, tú estás en el grupo de imbéciles. ¡Y quedamos hace mucho en que la palabra “Julietada” no se usa!

—Quedasteis tus hermanos y tú, pero eso no quita que nosotros la sigamos usando por detrás.

—¿La usáis por detrás?

—La mayoría. Yo no, pero es que a mí no me dais miedo, Corleone.

Sonríe. El muy cerdo sonríe como si de verdad aquí no pasara nada. Tengo que reunir toda mi paciencia, que no es mucha a estas alturas, para no saltarle a la yugular.

No es el hecho de que usen esa palabra para decir que nos parecemos a mi madre. Me siento orgullosa de mi progenitora y me flipa su forma de ser. Lo que me molesta es que la usen cuando consideran que estoy haciendo algo “fuera de lo normal”. No es así.

—¿Sabes lo que sería una Julietada de verdad? Irme a vivir contigo. Eso sería la mayor Julietada del mundo. Una locura. Una completa y absurda locura.

—¿Por qué?

—¡Porque ya vivo con tus padres!

—Y sientes que les debes tanto que estás reprimida.

—No estoy reprimida.

—Estás más reprimida que una monja de clausura.

—Que te digo que no.

—No apuntas en la lista de la compra lo que quieres o necesitas, que me lo ha dicho mi madre. No sales casi de tu habitación, como si molestaras por pasearte por una casa por la que te has paseado cientos de veces. No protestas por nada. No eres tú misma en esa casa.

—Lo soy. Solo me estoy adaptando.

—No te estás adaptando una mierda. Estás canalizando tus emociones negativas de un modo completamente insano, tragando y convenciéndote a ti misma de que debes estar agradecida por las migajas que tú misma te das, puesto que ellos están dispuestos a darte mucho más.

Sus palabras son como una flecha directa a la poca seguridad que me queda. Noto cómo me desestabilizo del todo y a mis ojos asoman unas lágrimas imprevistas que me hacen girar la cara a toda velocidad hacia la ventanilla, lo que hace que Oliver maldiga y vuelva a poner una mano en mi rodilla.

—Pequeña…

—¿Qué te hace pensar que contigo sería mejor? —pregunto sin mirarlo—. ¿Qué te hace pensar que vivir contigo solucionaría el modo en que me siento?

La respuesta no llega de inmediato, pero cuando lo hace, no puedo evitar que el vello de mi nuca se erice de una forma desmedida y sorprendente.

—Principalmente el hecho de que no tengas ningún problema a la hora de mandarme al infierno, lo merezca o no. A lo mejor me equivoco, Emily. Quizá esta es la peor idea del mundo, pero algo me dice que el modo de recuperar la seguridad y confianza en ti misma es dejar de sentir que mi familia te tiene en casa por caridad.

—¿Y por qué vas a tenerme tú, si no es por lo mismo?

—Porque te quiero, porque quiero que estés bien y porque si quisiera tener un acto caritativo contigo te daría dinero para alquilar tu propio apartamento, en vez de meterte en mi casa donde, con toda probabilidad, vas a volverme jodidamente loco.

Lo miro de repente, con los ojos entrecerrados y todo lo amenazadoramente que puedo.

—Si te vuelvo loco es porque algunas veces te comportas como un imbécil.

—Puede ser —admite sonriendo con chulería—. Pero dado que no tienes ningún problema para ponerme en mi sitio… ¿Qué me dices? ¿Te vienes a vivir conmigo, Corleone?

🍒

Listo. Estaré en Instagram esperando vuestras amenazas 😂

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¡Feliz viernes!