Capítulo 6

Días después del altercado con Shane, salgo del hospital agotado después de doce horas trabajando, pero con ganas de llegar a casa de mis padres. Emily ha empezado hoy el máster y quiero que me cuente cómo le ha ido. Es lo mínimo que puedo hacer después de que impidiera que nos portáramos como auténticos cafres con Shane.

Shane… Este tema me tiene de los nervios. Aquí pasa algo. Cuando un hombre engaña a una mujer, o se arrepiente, o intenta mentir, ¿no? Es lo lógico. Pero Shane permaneció firme frente a nosotros tres. No se dejó intimidar en ningún momento y mantuvo con tranquilidad que le han jugado una mala pasada. Y, aunque al principio el dolor por mi hermana me cegó, tengo que reconocer que no sería tan descabellado. Es un gran empresario y mi hermana no es famosa, pero es conocida por nuestra familia. Probablemente haya mucha gente deseando que no estén juntos, o que levanten habladurías. Las parejas tan explosivas y conocidas a menudo levantan más odio que admiración. Además, nada tiene sentido en esta historia. Según la secretaria de Shane, ya exsecretaria, él envió la foto a Daniela por error y luego se la envió a ella. Es una acción demasiado estúpida. Habría bastado con que Shane dijera que era para Daniela y no se la enviara a su secretaria. No me creo que en pleno calentón se portara como un cretino. Ese hombre será muchas cosas, pero no parece estúpido.

Acciono el mando para que se abra el portón de la casa y aparco detrás de Daniela, como siempre. A esta hora, probablemente ya estén descansando mientras llega la hora de cenar. Se me ha hecho tardísimo en el hospital hoy porque unos compañeros me pidieron mi opinión sobre el caso de un paciente. Estoy rendido, pero espero que un rato en familia me levante el ánimo, al menos.

La música llega a mis oídos en cuanto bajo del coche. Rodeo la casa, entro por el jardín trasero y veo a mi hermano Ethan ensayando una coreografía nueva. Me paro un instante para admirarlo. Este chico es un idiota para muchas cosas, pero hay algo que nadie puede discutir: tiene alas en los pies. El modo en que se mueve, como si el mundo le perteneciera, es increíble. Podría parecer lógico, porque mi padre es músico, pero yo, por ejemplo, no tengo talento para cantar ni tocar ningún instrumento. Eso se lo dejo a Daniela, que canta como los ángeles, y Eth, que baila como nadie. Adam heredó el amor por la fotografía de nuestra madre, y yo… Yo crecí pensando a menudo que era el raro de la familia, hasta que me di cuenta de que no era así. Simplemente, mis aspiraciones y lo que de verdad me enamoró lo heredé de mi abuelo. La medicina, salvar vidas, el olor a hospital, son las cosas que me hacen levantarme cada día, y eso también está bien.

Ethan da una pirueta alucinante y no puedo evitar una exclamación, lo que hace que se gire y me mire.

—¡Eh, Junior! Mira esto.

Lejos de cortarse, intensifica los movimientos para hacer una demostración de lo nuevo en lo que está trabajando. No puedo evitar alucinar un poco.

—Reconócelo —le digo cuando para la música y me mira con una sonrisa socarrona, sabiendo que me ha impresionado—. Has comprado zapatos que hacen todo el trabajo por ti.

Él alza un pie para enseñarme sus Vans más desgastadas y me guiña un ojo.

—Es magia, hermanito. —Me río entre dientes y él se acerca—. ¿Te quedas a cenar?

—Depende. ¿Qué hay?

—Pollo a la plancha y verduras especiadas. Un manjar.

—Lo es, si tenemos en cuenta que al llegar a casa tendría que cocinar y me apetece tanto como arrancarme los ojos.

Nos reímos, entramos en casa y señalo el salón vacío—. ¿Dónde anda la gente?

—Mamá, trabajando todavía. Papá en el estudio de tatuajes, hoy llegará tarde, y Dani con Vic y Emily en su cuarto. Ha sido un día duro.

Me paro en seco y lo miro con seriedad.

—¿No le fue bien?

—Dice que sí, pero…

—¿Pero? —pregunto con impaciencia.

—No sé, tío. Parecía triste al volver. No se suponía que tenía que ser así, ¿no? Tú, cuando empezaste a estudiar medicina, eras el tío más feliz del mundo, aunque yo no lo entendiera. Yo cuando iba a la academia de baile era tan feliz que prácticamente volaba. Tenía días malos, sí, pero el primero, por lo general, lo pasaba en una jodida pompa.

—¿Y ella no…?

—Ha llegado con los ojos rojos. Dice que es de cansancio, pero sé bien cuando una mujer ha estado llorando.

—¿Lo dices por todas las que han llorado por ti?

—Uf, no —reconoce—. Lo digo porque tenemos una hermana, cuatro primas y a las chicas León y agregadas. Las conocemos, sabemos cuándo están disgustadas. Y sé que Em está disgustada del mismo modo que sabía que Vic no estaba bien cuando nos encontramos el verano pasado y ella estaba jodida por lo suyo.

En una cosa tiene razón. Ethan es muy intuitivo, por lo general sabe lo que le ocurre a la gente solo con observarla. No sé cómo lo hace, pero lo hace. De cualquier modo, decido dejar de preguntar y adentrarme más en la casa para comprobar por mí mismo el estado de Emily. El problema es que cuando llego al pasillo me encuentro a Vic y Dani saliendo del dormitorio y ambas me miran con decisión.

—No puedes entrar. Emily va a darse una ducha con su música favorita a todo volumen y hemos prometido que nadie la molestará mientras lo hace.

Justo en ese instante empieza a sonar Don´t cry, de Asia. Sonrío. Joder, siempre me sorprende darme cuenta de que Emily, pese a parecer más dulce y sosegada que su hermana, adora el rock. Solo es una muestra más de lo distintas que son. Mientras Vic disfrutaba de las canciones Disney de pequeña, era fácil ver a Emily oyendo a todo volumen a Asia, Bruce Springsteen o Queen. Sus faldas de tul, zapatillas de bailarina o diademas de flores en contraposición siempre me parecieron fascinantes en ella cuando era niña. Observo la puerta de madera tras la que se refugia. La canción acaba, pero comienza a sonar Here I go again, de Whitesnake y pienso, más que nunca, que todavía en el presente Emily Corleone León sigue siendo fascinante.

—Esa chica tiene un gusto musical tan jodidamente bueno que podría casarme con ella solo por eso —dice Ethan a mi lado.

—Mucha carne para tan pocos dientes, cariño —contesta Vic haciéndolo reír.

—¿Dónde anda mi gemelo y por qué estás tú aquí pudiendo estar con él? —pregunta para picarla.

—Está duchándose, y yo estoy aquí porque soy alguien independiente, aunque me encante arrancarle la ropa y…

—Basta, por Dios —sugiero.

—Yo no pensaba frenarte. Me gustan las historias guarras —admite Ethan.

Vic se ríe y yo pongo los ojos en blanco.

—¿Incluso si incluyen a tu familia?

—Cariño, mientras tú hablas de cómo se lo comes todo, no pienso en él, sino en el modo en que tú…

—Oh, venga ya. —Se ríe Daniela—. Es demasiado pervertido hasta para ti. Y como Adam se entere de que estás coqueteando así, te arranca la cabeza.

—Primero tiene que enterarse.

—Sorpresa —dice en tono monótono Adam desde justo detrás de nuestro hermano.

Este da tal respingo que no puedo evitar reírme. Adam pone los ojos en blanco, tira de la mano de Vic y la pega a su cuerpo.

—¿Qué hablamos de no contarle a mi hermano intimidades?

—Pensaba que te referías a no contárselas tú. A mí me encanta fardar de lo bien que lo hace todo mi hombre. Y lo increíblemente buena que soy en la cama.

Mi hermano vuelve a poner los ojos en blanco, pero casi puedo ver la satisfacción brillar a través de su piel. Da bastante grima, teniendo en cuenta que hay cosas que yo preferiría no saber.

—En fin, ¿vamos a la cocina? ¿O nos quedamos aquí de por vida? —pregunto.

Nos movemos mientras suena de fondo Alone, de Heart. Sí, definitivamente no ha sido un buen día.

Me doy cuenta de que cuando Ethan decía que había pollo y verduras especiadas para cenar, lo que en realidad quería decir es que hay pollo crudo en la nevera y verdura fresca. Después de un momento de discusión que acaba con Ethan, Adam y Daniela echando a piedra, papel y tijeras quién me ayuda, es mi hermana la que se queda cocinando conmigo mientras los chicos y Vic se arremolinan en los bancos que hay junto a la isleta para darnos conversación.

Hablamos de mis turnos eternos del hospital, la idea de Ethan de colaborar con una academia de niños pequeños solo por placer y los planes de Vic y Adam para la boda. La única que no cuenta demasiado de sí misma es Daniela, ensimismada como está en sus pensamientos, y me hago una nota mental para hablar con ella antes de irme a casa, si es que le apetece, porque mi hermana puede hablar mucho, pero eso no significa que siempre sea comunicativa. Es fácil saber qué piensa sobre algo, pero difícil saber qué siente ella al respecto.

Emily aparece en la cocina justo cuando he echado el pollo a la plancha. Tiene el pelo húmedo, está descalza y lleva mi camiseta con un pantalón corto debajo, pero da igual, porque le queda tan grande que lo tapa por completo, lo que hace que, aunque no quiera, la imagine sin ese pantalón y solo con…

Oh, mierda, definitivamente estoy muy cansado. No es buena idea venir en este estado, ya lo comprobé las últimas veces, pero no debo olvidar mi objetivo.

—Eh, ven aquí, ayúdame con esto, ¿quieres?

Ethan hace que Daniela suelte la verdura sobre la tabla en la que estaba cortándola, encantado de librarse de la tarea. Después, como si supiera que necesito hablar con Emily a solas, reta al resto de la familia a una partida de uno de esos juegos de baile de la consola. Ella se pone a cortar verduras, pero no dice ni una palabra mientras voy haciendo la carne y la miro de soslayo. Que no me pregunte por el hospital es una señal más de que está ensimismada en sus pensamientos.

—¿Qué tal ha sido el primer día?

—Bien —contesta encogiéndose de hombros.

Frunzo el ceño. Escueta. Demasiado escueta.

—¿Te gusta el campus?

—Es bonita —admite.

—Ya… ¿Y qué tal las clases?

—Interesantes.

Vale. Bien. Esto no va a ser fácil.  Ni siquiera estoy seguro de que esté prestando atención a mis preguntas, así que decido ponerla a prueba.

—El turno en el hospital ha sido infernal.

—Ajá.

—Menos mal que mañana descanso.

—Sí, menos mal.

—Nunca pensé que operar a corazón abierto a un oso de peluche de tres metros podía ser tan complicado.

—Ya me imagino.

Guardo silencio un instante y la miro con las cejas elevadas y una pequeña sonrisa.

—¿Sí? ¿Lo imaginas? —Ella me mira, como si no entendiera—. ¿Imaginas a un oso de peluche de tres metros sobre la camilla de un quirófano mientras lo opero? ¿Así de fácil?

Entrecierra los ojos, como si ni siquiera entendiera de qué hablo. Prueba suficiente de que no estaba oyéndome. Suspira, se pasa el dorso de la mano por la frente y sigue cortando verduras diligentemente.

—Lo siento, ha sido un día intenso y tengo la mente hecha papilla.

—¿Qué ha pasado?

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que ha pasado algo que ha jodido tu primer día en el master y quiero saber qué ha sido. —Ella guarda silencio y yo me cruzo de brazos—. Emily…

—No empieces.

—Qué no empiece, ¿qué?

—A ser condescendiente conmigo. Lo odio.

—Vale, de acuerdo, no seré condescendiente. Seré directamente sincero: ¿Qué pasa y por qué estás mal?

—No estoy mal.

—A mí no me mientas.

—¡No miento!

Su voz se eleva y hasta ella se da cuenta, porque mira atrás de inmediato, por si alguno de los chicos viene.

—¿Te has perdido?

—No.

—¿Te has presentado en clase con un trozo de verdura entre los dientes sin darte cuenta?

—No —contesta riendo un poco.

—¿Te has caído nada más entrar en clase?

—No.

—¿Te ha tratado mal alguien?

Duda. Sonríe y niega con la cabeza.

—No —susurra mucho más bajo que las otras veces.

Ocurre de pronto. No entiendo bien cómo lo hace, pero una especie de rabia me brota en las entrañas y me sube tan rápido por la columna vertebral que solo puedo sorprenderme. Estas reacciones son totalmente impropias en mí. No es lo normal, pero es que hay algo que no… Es que el simple pensamiento de que alguien pueda tratarla mal me mata. Es porque somos familia, estoy seguro. La he visto crecer y nunca he tolerado bien las injusticias. Tiene que ser eso.

—¿Quién te ha tratado mal, Emily?

—Nadie, en serio. Déjalo estar.

—Ni hablar. Dime qué ha pasado.

—Ha sido una tontería.

—Emily…

Ella suspira, se gira hacia mí y se cruza de brazos, en actitud retadora.

—¿Sabes una cosa, Oliver? No eres mi padre. No eres ninguno de mis tíos y no eres mi Babu, así que no tienes ningún derecho a interrogarme como si yo fuera una niña pequeña a la que tienes que solucionarle la vida. No es así. Soy una mujer adulta, responsable y muy capaz de arreglar mis problemas yo solita.

Su discurso no me ofende lo más mínimo. Tiene razón en todo lo que ha dicho, pero, aun así…

—Solo me preocupo por ti.

—No tienes por qué.

—Cuidar de ti es responsabilidad de mi familia. Mía.

—Bien, no necesito que me cuides. ¡Soy hija de Diego Corleone y Julieta León, por el amor de Dios!

—Créeme, se nota.

Emily bufa, saca el teléfono móvil de su bolsillo y lo enlaza con el altavoz que tenemos en la cocina.

—No hagas eso, Emily.

—¿Hacer qué?

—Poner música a todo trapo para evitar tener esta conversación.

—¿Qué conversación? En lo que a mí respecta, ya no hay nada más que hablar.

Le quito el móvil de las manos. No es una acción muy adulta, lo reconozco, pero me saca de mis casillas que intente evitar a toda costa el tema.

—¡Eh!

Elevo las cejas cuando intenta quitármelo de un tirón. Lo tengo tan fácil como elevar el brazo para que no llegue. No contaba con que Emily iba a apoyarse en mi pecho para alzarse de puntillas y alcanzarlo. No contaba con eso, ni con la tensión que se aposenta en mi estómago sin venir a cuento. Frunzo el ceño completamente desconcertado mientras ella tira de mi manga y, aprovechando mi confusión, se hace con el teléfono. Apago la plancha, porque el pollo está listo, lo aparto y luego, cuando Emily está a punto de salir de la cocina, la pego a la encimera y coloco un brazo a cada lado de su cuerpo, acorralándola y mirándola fijamente a los ojos.

—Muy bien, pequeña: hora de confesar.

Los ojos de Emily se agrandan tanto como pueden y me pierdo en el tono miel de sus iris. Tan miel que parece caramelo derretido.

—Oliver…

—¿Qué ha pasado?

Acerco mi cara a la suya y noto cómo se tensa. Imagino que no es plato de buen gusto para ella sentirse acorralada, pero si el primer día ha ido mal y no ponemos solución, el resto no hará más que empeorar.

—Unas chicas me reconocieron —murmura entonces, mirando un punto fijo por encima de mi hombro—. No a mí, sino la cara de mi hermana. Ya sabes…

Me muerdo el labio inferior. Sí, empiezo a entender.

—¿Te confundieron con ella? —Se encoge de hombros—. ¿Dijeron algo feo?

—Nada que merezca la pena.

—Emily…

—Dijeron que recuperar el tono de mi pelo e intentar estudiar no haría que dejara de ser una yonqui venida a menos. —La sangre me hierve tan rápido que Emily coloca las manos en mis costados—. Da igual, Oli. Son unas imbéciles. No conocen a Vic, no me conocen a mí y no importa nada de lo que digan.

—¿Las pusiste en su sitio?

—Les dije que yo era la hermana de Vic y que ella no es ninguna yonqui.

—¿Y? —pregunto contenido.

Ella se encoge de hombros, intentando restar importancia, pero no puede disimular el dolor que emana de sus palabras.

—Dijeron que eso es peor. Que solo soy una lapa más de los Lendbeck-Acosta. —Aprieto los dientes, esta vez, y ella sonríe—. No tiene importancia, de verdad.

—La tiene —musito intentando contener mi ira.

—No, no la tiene. Son chicas aburridas con sus vidas que han encontrado un blanco fácil. Cuando vean que no les hago caso…

—No eres ninguna lapa en esta familia. Y tu hermana tampoco. Sois nuestra familia, Emily. Lo sabes, ¿verdad?

Ella asiente, pero puedo ver perfectamente la duda en sus ojos. No con respecto a nosotros, sino a sus propios sentimientos. Posiblemente esto no ayude en nada a la seguridad que está intentando ganar a pasos agigantados. Intenta adaptarse a nuestra casa, a un país nuevo, a una universidad y compañeros nuevos, y lo último que necesita es que alguien intente hundir su autoestima el primer día.

Hablamos un poco más, me asegura que está bien y que no supone un mayor problema, pero no consigo calmarme en lo que resta de noche. Ni siquiera cuando llegan mis padres y me preguntan sobre el hospital. Al acabar la cena, me marcho a casa. No estoy de humor para socializar más. Me ducho y respondo al mensaje de Óscar, que me da los buenos días desde París. Le prometo llamarlo mañana, porque llevamos días sin hablar, y me acuesto pensando en Emily y todo lo ocurrido.

No descanso bien, pese a tener un día libre, por fin. Por la mañana mi humor no es el mejor. Voy al gimnasio, hago ejercicio hasta que todos los músculos de mi cuerpo protestan y me meto en la ducha aún tenso. No lo entiendo. Sé que tendría que analizar mi comportamiento y mi forma de reaccionar a todo esto, pero no es algo que pueda hacer ahora sin sumar más estrés, así que decido actuar en base a lo que siento hoy, y meditarlo toda esta noche. Salgo de la ducha, me pongo un vaquero, una camiseta básica celeste y me subo en el coche rumbo la universidad en la que Emily tiene que estar a punto de acabar las clases. Aparco, salgo, me apoyo en el coche y espero mirando hacia la entrada. No tarda mucho en salir y lo hace sola, con una mochila bandolera cargada de cosas, la mirada gacha y un grupo de chicas mirándola tan descaradamente que a duras penas aguanto las ganas de ir hacia donde están y ponerlas en su sitio. En cambio, lo que hago es meter medio cuerpo dentro del coche por la ventanilla, elegir la canción Heat of the moment, de Asia, en el equipo musical, y darle todo el volumen del que dispone. La música truena dentro del deportivo, varias miradas se centran en mí, incluidas las de las chicas, y es la que más me interesa la última en alzar sus ojos, seguir el sonido de la música y descubrirme.

Cuando lo hace, su sorpresa es casi tan grande como mi sonrisa.

🍒

 

 

¡Feliz viernes, Cerecitas!

Ojalá os haya gustado un montón. ¡Os espero en insta para comentarlo! ❤