Capítulo 5

En cuanto Oliver sale de mi habitación suelto el aire que he estado conteniendo a duras penas todo este tiempo. ¿Qué demonios ha ocurrido aquí? ¿Por qué no he podido concentrarme en la película ni siquiera mínimamente? Mis ojos no dejaban de desviarse hacia sus brazos, su espalda y su culo enfundado en ese pantalón de traje, de esos que tanto le gusta ponerse a veces: a medida, elegante, caro y que, joder, se adapta tan tan bien a su cuerpo.

Tiene que ser un efecto colateral de la mudanza. Soy inestable emocionalmente, tengo una brecha del tamaño de Estados Unidos en mi cabeza y algunos pensamientos ilógicos han logrado implantarse en mi cabeza de alguna forma.

—Emily, cielo, vamos a cenar. —Daniela entra en mi dormitorio y me sonríe—. ¿Estás bien?

—¿Eh? Sí, sí, claro.

Miro a la madre de Oliver, tan distinta a él físicamente, y me siento aún más incómoda por haber tenido ese tipo de pensamientos en referencia a su primogénito. Daniela es como una tía para mí. Ha estado toda la vida pendiente de nosotros y, aunque nos veíamos solo dos o tres veces al año, ha dado igual, porque la he sentido mucho más cerca que a otras personas de mi día a día. Es algo que mucha gente no comprende. Cuando creas lazos importantes con alguien, no importa la distancia. Echas de menos, sí, pero sabes que, cuando lo necesites de verdad, esas personas vendrán a ti, o tú irás a ella. Es el motivo por el que Daniela y su familia viajaron a España sin dudar cuando mi tío Álex tuvo el infarto. Ayuda mucho que económicamente estén bien situados, desde luego, pero aun así… No es solo eso. Son las llamadas a cualquier hora, los mensajes, las tarjetas que han llegado a casa durante toda nuestra vida, ya fuera con fotos, postales o incluso alguna carta manuscrita. Es el hecho de que una familia entera sepa cómo hacerse notar casi a diario sin estar presentes físicamente.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta acercándose.

Sus ojos marrones son tan cálidos ahora como cuando yo era pequeña y me sentaba en su regazo. Su pelo sigue siendo largo y moreno, y cualquiera que no la conozca se quedaría con la boca abierta al saber que esta mujer tiene cuatro hijos adultos. Es preciosa, no solo por fuera, sino también por dentro.

—Estaba pensando… Venir aquí ha sido más duro de lo que esperaba. —Ella se sienta a mi lado y coloca una mano en mi pelo para acariciarlo—. Aun así, no sé qué sería de mí si no os tuviera a vosotros. Gracias por ser mi familia, Dani.

—Cariño… —Daniela se emociona y carraspea, pero no puede evitar que una lágrima se escape de su ojo derecho. Me abraza con fuerza y besa mi hombro mientras masajea mi espalda—. Nosotros siempre estaremos aquí para ti. Siempre. Y ahora, ven conmigo, he hecho cena para un ejército y Oli dice que piensa comérselo todo como no nos sentemos con él.

Me río, me levanto y me dejo llevar de la mano.

—Estoy hambrienta, en realidad.

—Así me gusta. Luego podrás estrenar la tele de Junior. ¿La instaló bien? ¿Hay algo que necesites en tu habitación?

—No, todo es absolutamente perfecto.

Ella sonríe y entramos en la enorme cocina, donde Oli nos espera ya sentado y dando un sorbo de agua.

—Hola, preciosa. Ven, siéntate y haz compañía a este par de viejos. ¿Te puedes creer que tenemos cuatro hijos y ninguno se digna a cenar aquí?

—No seas duro —le digo riéndome—. Me consta que cenáis juntos a menudo. Es raro que hoy no haya nadie aquí.

—Cierto —admite Oli—. Daniela y Ethan suelen estar por aquí, pero la primera ha salido con una amiga y Eth ha comido algunas verduras salteadas antes de encerrarse en su habitación para, según él, no tentarse de más con mierdas que su cuerpo no necesita. Está en ese punto, ya sabes.

Me río. Sí, lo sé. Mi hermana tenía razón cuando me advirtió que Ethan y Daniela no estarían del mejor humor en los días siguientes a nuestra vuelta. Son tan intensos y desmedidos, que hasta volver a coger rutina hace que todo se vuelva caótico.

—Bueno, ahora estoy yo para amenizaros. Sobre todo teniendo en cuenta que, desde que llegué, soy un saco de chistes andante.

Ellos se ríen y, mientras Daniela se sirve un poco de ensalada, Oli aprovecha para hablar.

—Cuando Dani se vino a vivir aquí, la pillé llorando a escondidas un montón de veces durante meses.

—Años, más bien —contesta ella riendo.

Oli también se ríe, y yo no lo comprendo, hasta que sigue hablando.

—No significa que no fuera feliz. Cuando le preguntaba qué necesitaba para serlo, me aseguraba que tenía todo lo que quería, pero, aun así, tenía días malos.

—Exacto —dice la propia Daniela—. Ahora, cuando veo a Vic aquí, recuerdo con nitidez aquella época. No fue fácil para mí, pero aquella sensación de pérdida constante me enseñó algo.

—¿El qué? —pregunto intrigada.

—Bueno… Aprendí que la felicidad que venden los libros o las películas no es real. No eres feliz todo el tiempo, siempre. Cuando un libro acaba, lo hace en una parte bonita, pero eso no significa que la vida real no siga. Yo tenía al chico más increíble del mundo a mi lado, estudiaba para convertir mi pasión por la fotografía en mi trabajo, vivía en un sitio idílico, pero sentir a mi familia lejos me pesaba cada día. He aprendido con los años que la vida está hecha de momentos. Algunos son felices y otros no. Ahora, cuando en una barbacoa me río a carcajadas, soy consciente de que tengo que aprovecharlo: exprimir esas sensaciones, porque se acaban. Y eso no significa que la vuelta a la normalidad me haga infeliz. Simplemente he aceptado que puedes estar bien, aun cuando una parte de tu corazón sangra.  Aprendes a vivir con ello. —Sus palabras me emocionan hasta las lágrimas, pero ella estira un brazo sobre la mesa para sujetar mi mano y me sonríe con tanta dulzura que de inmediato me siento mejor—. No tienes que dejar de echar de menos a tu familia. Eso sería antinatural. Solo tienes que aprender a disfrutar, pese a ese puntito de dolor dentro de ti.

—¿Solo eso? —pregunto de un modo sarcástico.

—Solo eso —responde riéndose.

—Yo voy a añadir algo más —dice Oli—. Reduce la distancia tanto como puedas, aunque los kilómetros que te separen de Sin Mar sigan siendo los mismos. Llama a casa tanto como lo necesites. Escríbeles tanto como te pida tu interior y envíales tantas fotos como consideres, aunque sean de cosas que pienses que no puede interesarles. Créeme, alcanzarás una rutina con la que llegarás a sentirte cómoda.

Sonrío. Creo que tiene razón. Entre las palabras de Junior y las de ellos he alcanzado una especie de paz. Aún echo de menos a mi familia, pero mi hermana está aquí, mi vida ahora está aquí y los veré pronto. Lo demás… irá día a día. Empiezo a comer, más animada después de haber tenido esta charla, y disfruto de mi primera comida en Los Ángeles desde que llegué. De verdad lo disfruto y saboreo tanto que repito postre.

—Así me gusta, que te llenes el estómago —dice Daniela.

—Algo me dice que esta noche voy a dormir mucho mejor —contesto riéndome.

Justo entonces la puerta de la cocina, que da al jardín, se abre dando paso a un Adam que camina apresurado y a mi hermana, que viene detrás con el pelo recogido en una coleta medio deshecha y una camiseta del propio Adam.

—Te lo digo en serio, no puedes conducir así.

—Puedo y lo haré, nena. ¡Eth! —Adam camina por el pasillo, Vic camina tras él y nosotros tres miramos la escena con los ojos de par en par.

—¿Se puede saber qué pasa?

Vic se gira, nos mira y se muerde el labio. Le pasa algo. Va a mentir. Siempre miente cuando hace ese gesto.

—Tu hijo quiere irse de copas con Ethan ahora. ¿Lo podéis creer?

—Victoria… —murmura Adam.

—¡No es buena hora para ir a tomar nada! ¡Vais a buscar problemas!

—¡No vamos a buscar nada! ¡Ethan! —Aporrea la puerta de su hermano con tanta fuerza que nos levantamos y vamos hacia el pasillo—. ¡Ethan!

—Cariño, cálmate. No creo que a Ethan le haga mucha gracia que irrumpas así en su cuarto y…

Las palabras de Daniela mueren en su boca cuando la puerta se abre y aparece Ethan completamente vestido con un vaquero lleno de rotos, una camiseta negra y una gorra del mismo color que casi le tapa los ojos.

—Vamos —murmura pasando por nuestro lado.

—Cariño ¿qué ha sido de eso de no salir porque ibas a empezar a regenerar tu cuerpo y…?

—Lo sé, mamá, pero es que Adam tiene problemas y quiere hablarlos mientras toma una copa.

—¡Adam no tiene problemas! —exclama Vic—. ¿Tienes problemas? —le pregunta a él en un tono tan irritado que hasta yo me tenso.

—¡No, joder! Contigo, no. —Sujeta sus mejillas con ambas manos, besa sus labios y la mira a los ojos con una intensidad que me incomoda—. Una copa, una charlita con el camarero y vuelvo. Solo eso.

—Vais a ir a darle la charla a un camarero que no se queda mudo tan facilmente, Lendbeck.

—Somos más, Corleone —contesta él en tono chulesco.

Yo no entiendo absolutamente nada, pero los gemelos salen de casa tan rápido que nos quedamos aquí como si hubiese pasado un tornado silencioso y por sorpresa.

—¿Qué ha…? —Oliver señala la puerta y luego mira a su mujer—. ¿Sabes qué? Prefiero no saberlo.

—Creo que es lo mejor —masculla esta—. Recogemos la cocina y nos vamos a la cama.

—Sí, lo mejor será dormir —responde su marido.

—Yo no he dicho nada de dormir.

La mirada de lascivia de Oliver es tan descarada que Vic hace el gesto de vomitar, coge mi mano y me saca de la casa para llevarme a la suya mientras yo me parto de risa. En realidad, estamos más que acostumbradas a que nuestros padres, tíos y, en definitiva, adultos que nos rodean, demuestren su amor sin mayor impedimento a la mínima de cambio.

—¿Quieres hacer el favor de no tirar con tanta fuerza? ¡Vas a arrancarme el brazo!

—Tienes que vestirte en mi casa, con algo mío. Vamos a salir a escondidas.

—¿Cómo?

—Que vamos a salir a escondidas.

—Pero…

—¡Em! Adam y Ethan no han ido a tomar nada. Han ido con Junior a cantarle las cuarenta a Shane por engañar a Daniela e ir hoy a la oficina.

—¿Shane ha estado en la oficina? —Mi hermana suspira y asiente con cierto pesar—. ¿Y por qué van a ir ellos allí? ¿Y por qué vamos a ir nosotras?

—No quiero que Oli y Daniela sospechen nada.

—¿Y no es mejor decir que vamos a salir nosotras también a tomar algo?

—¡No tenemos tiempo de vestirnos en condiciones!

—Bueno, pues voy así y punto —digo señalando mi camiseta y el short vaquero que me puse para salir a cenar.

—Esa camiseta no es tuya.

—Esa que tú llevas, tampoco.

—Pero es de mi novio. Tú no tienes novio.

Pongo los ojos en blanco y resoplo.

—Es de Oliver, la encontré y me resulta cómoda.

—Te queda enorme. ¿Junior sabe que le quitas ropa?

—¡¡Vic!! —exclamo exasperada—. ¿Esto es lo más importante ahora?

—No, tienes razón —contesta de inmediato—. Vamos, voy a ponerme un pantalón, mientras tanto dile a Dani que vamos a salir a tomar algo. Dilo rápido, así podemos ir en el coche de Adam.

—¿No se han ido los chicos en el coche de Adam?

—No, le quité las llaves y entonces me dijo, todo chulo, que no importaba porque irían en el de Ethan. —Mete la mano por dentro del cuello de su camiseta y se saca las llaves del escote—. Menos mal que me puse sujetador después de…

—Demasiada información —digo masajeándome las sienes—. Está bien, vamos.

—¡Avisa a Dani! Necesito ponerme un short y bragas limpias.

—¡Joder, Vic!

Su carcajada me hace resoplar mientras atravieso el jardín. Le informo a Daniela que vamos a salir, pero está tan absorta en disimular que no la he pillado con Oliver metiéndole mano que simplemente me desea que lo pase bien y vuelve a lo suyo con su marido. Me encuentro con Vic en los aparcamientos de la entrada y entro en el coche a toda prisa. Ella arranca y salimos disparadas hacia la carretera.

—A ver, que me aclare. ¿Los chicos han ido a casa de Shane a… pegarle?

—Espero que no, porque Shane no es ningún tonto y dudo que vaya a quedarse quieto.

—Ya, pero son tres.

—Eso es verdad —masculla preocupada.

—Bueno —Intento restar importancia al asunto—.  Seguro que Oliver no permite que llegue la sangre al río.

—¿Qué parte de que ha sido Junior el que ha avisado a Adam y a Ethan es la que no has entendido?

Es cierto. Frunzo el ceño de inmediato. Oliver no es violento. En realidad, ninguno de los tres lo es, así que no entiendo bien qué ha propiciado este comportamiento. Saco el móvil de mi bolsillo y le escribo un mensaje a Oli, deseando que lo lea. Cuando lo veo en línea, contengo la respiración.

Emily:

¿Qué ha pasado?

¿Dónde estáis? Adam

y Ethan han salido

muy nerviosos.

 

Oliver:

Todo está bien.

No te preocupes.

 

Emily:

Vic dice que vais a

dar una paliza a Shane.

¿Es cierto?

 

Espero unos instantes, pero al no recibir respuesta, pese a haberlo leído, me pongo tan frenética que le escribo de nuevo.

 

Emily:

¡Oliver!

 

Oliver:

Todo está bien.

 

Emily:

Eso ya lo has dicho.

 

Oliver:

Créelo. Es la verdad.

 

Emily:

No te pongas condescendiente

conmigo, Oliver Jr. Lendbeck-

Acosta. No lo soporto.

 

Oliver:

Vete a dormir, nena.

Descansa y no te

preocupes por nada.

En serio.

 

Aprieto los dientes de inmediato. ¿Qué parte de no ponerse condescendiente es la que no ha pillado?

Intento pensar con claridad, no dejarme llevar por los nervios, pero es que no dejo de dar vueltas al hecho de que, probablemente esté tan tenso, que no deje de repetir esas cosas porque no consigue concentrarse en otras.

—¿Qué ha pasado? ¿Tú sabes algo? —pregunto a Vic, que conduce rápido, pero sin saltarse las señales, lo que en ella es un logro.

—Shane estuvo en la oficina —murmura con voz pesarosa—. No lo sé, Em, te juro que quiero odiarlo por hacerle eso a Dani, pero es que… —Guarda silencio y miro su perfil mientras conduce. Está seria, así que imagino que lo que sea la preocupa de verdad—. Shane parecía tan… atormentado. No arrepentido. Eso no. Solo atormentado y dolido. Jura y perjura que él no hizo nada. Ha despedido a su secretaria y le ha dicho a Daniela que hará que confiese frente a ella si es lo que necesita, pero Dani está cerrada en banda. No quiere ni oír hablar del tema, y la entiendo, porque reconozcamos que tiene poca defensa.

—Y, sin embargo, tú le crees… —aventuro.

Ella guarda silencio un instante antes de suspirar y asentir levemente.

—No te imaginas lo mal que me siento, porque apoyo a Daniela al cien por cien, haga lo que haga, pero Em… hay algo dentro de mí que reconoce el dolor de Shane. No sé explicarlo. Es solo que… Yo no digo que sea un santo, ¿vale? Pero no lo considero tan estúpido como para hacerse una foto en pelotas, mandársela a su secretaria y que justamente su secretaria sea quien lo cuente todo. ¿Cómo sabe ella que esa foto le llegó a Daniela? Podría haber sido una foto para Daniela y punto. Dudo muchísimo que Shane le contara algo así a su secretaria, aun siendo amantes. ¿Qué sentido tendría? No sé. Se me escapan muchos hilos. Daniela está superjodida, ya sabes su trayectoria. Es como una brecha más en su autoestima y esto la ha destrozado.

Asiento con cierto pesar. Daniela es una chica preciosa, inteligente, lanzada, carismática y decidida que ha tenido la mala suerte de caer en malas manos más de una vez. Han intentado manipularla agentes conocidos de su propio padre para llevarla a la fama como cantante, porque tiene una voz prodigiosa, y al negarse le han hecho la vida imposible. Ha salido con chicos que solo la querían para acercarse a su familia. Ha sido vapuleada alguna que otra vez por los medios sin hacer nada… No es que la defienda porque la considere amiga y familia. También meto en ese rango a Ethan y sé que mucho de lo que dice la prensa de él es cierto. Daniela ha tenido mala suerte en general con las personas fuera de nuestro círculo. Se enamoró de Shane, parecía feliz y sentirse traicionada por él debe ser de lo más duro del mundo. Pero, por otro lado, esto que dice Victoria… No sé, todo es demasiado confuso y este camino se está haciendo eterno.

Para cuando llegamos a la casa de Shane, después de aparcar el coche a un par de calles, nos encontramos con los chicos Lendbeck-Acosta armando jaleo en la puerta y con un Shane que intenta mantener la calma sin mucho éxito.

—¡Eh! —grita Vic—. ¿Qué creéis que estáis haciendo?

Los chicos nos miran sorprendidos y yo me concentro en Shane, que parece tenso, pero no ha perdido ni un ápice de entereza.

—Genial, más gente para la quema en la hoguera —masculla cuando llegamos a su altura.

—¡Que cierres la boca! —Exclama Adam—. Y nos digas de una puta vez por qué coño has ido a la oficina a molestar a nuestra hermana después de comportarte como un cerdo.

—¿En qué quedamos? ¿Cierro la boca o explico algo que no es de vuestra incumbencia?

—Joder, me pone frenético el tío este. —Ethan se rasca la nuca y se recoloca la gorra antes de mirarlo con mala hostia—. Mira, guapito de cara, o nos dices ahora mismo qué pretendes con Daniela, o mañana en el trabajo no te va a reconocer ni tu secretaria.

—¿Secretaria? ¿Qué secretaria? —pregunta Adam—. ¿La que se follaba mientras salía con nuestra hermana?

—¡Esa boca! —Vic lanza el grito y los cuatro chicos nos miran sorprendidos. Sobre todo Adam, que de inmediato achica los ojos y la señala.

—¿Qué haces aquí, Corleone?

—Vigilar que no hagas el imbécil, mi vida.

—Tío, muy mal —masculla Ethan—. En los ajustes de cuenta las novias y las cuñadas se quedan fuera.

—Te estamos oyendo, Eth —le aclaro—. Y no venimos en calidad de novia y cuñada

—Ah ¿no? —pregunta Vic a mi lado.

Evito poner los ojos en blanco. Me cruzo de brazos y los miro mal.

—Venimos en calidad de personas con un mínimo de cerebro, teniendo en cuenta que en el género masculino de los Lendbeck-Acosta se está agotando a pasos agigantados. —Clavo los ojos en Oliver, que permanece con la mandíbula rígida y los ojos clavados en mí—. De estos dos, todavía podía esperarlo, pero ¿tú? ¿No estás mayorcito para estas cosas?

Él ni siquiera parece avergonzado. Se limita a encoger los hombros, girarse y acercarse a Shane con tanta confianza que al otro le cuesta un mundo no dar un paso atrás. Puede que no se amilane con los gemelos, pero el hermano mayor es otra cosa. Sus músculos, su altura, su complexión general impresionan mucho más.

—Tienes dos minutos para explicarme por qué has decidido hacer sufrir a nuestra hermana más de lo que ya lo hiciste en su día.

—No estoy haciendo sufrir a vuestra hermana —dice Shane con una voz sorprendentemente firme.

—Ella no quiere verte —responde Oliver.

—Ella está equivocada.

—Puede tomar la decisión de dejarte y tienes que respetarla.

—Por supuesto que puede dejarme. Ya lo ha hecho, en realidad, pero al menos voy a intentar que lo haga por razones de peso.

—¡Que te has follado a tu secretaria, tío! ¡Que le has mandado a mi hermana una foto que era para ella! —exclama Ethan—. ¿Qué más razones quieres?

Shane desvía los ojos de Oliver para clavarlos en Ethan. Cuando habla, su voz suena calmada, casi fría, pero Vic tiene razón en una cosa: sus ojos. Hay un agotamiento en ellos impropio de alguien que ha cometido una traición como esa. Está cansado, diría incluso que parece devastado y, o Shane es un gran actor, o aquí pasa algo más.

—No me he follado a nadie, más que a tu hermana. Y si por mí fuera, habría seguido así toda mi puta vida, pero tengo la mala suerte de rodearme de gente mala y novias con la confianza de un oso de peluche.

—¿Estás comparando a mi hermana con un oso de peluche? —pregunta Adam cabreado—. ¡Te juro que te voy a reventar!

—Tu hermana tiene la confianza tan minada por los cabrones con los que ha tenido que lidiar que, en asuntos del corazón, tiene la misma confianza que un peluche, no que sea un oso. Y si tanto la conoces, y tanto la quieres, deberías estar consolándola e intentando que se tenga en más estima. Quizá así se crea que hay hombres que se cortarían un puto brazo antes de hacerle daño.

—¿Y ese hombre eres tú? —pregunta Oliver.

Shane no contesta, pero lo mira de tal forma que Oli da un paso atrás. Lo cree. Puede que no lo diga, pero lo cree y está lidiando una guerra interna tan fuerte que me acerco a él y pongo una mano en su espalda.

—Vamos a casa —murmuro—. Oliver, vamos a casa.

Los músculos de su espalda están tensos, y percibo a Vic acercándose a los gemelos, pero no presto atención a lo que dicen. En este instante, lo único que me importa es que Oliver comprenda que este no es el modo de hacer las cosas.

—Tú no eres así —le digo en un tono tan bajo que solo él me oye—. Esto no es lo que tú haces para solucionar las cosas. Vamos, Oli, déjalo estar.

La tensión de su espalda, lejos de calmarse, se duplica, y un suspiro contenido sale de su garganta, haciendo que me muerda el labio con incertidumbre. Lo piensa unos segundos más que se me hacen eternos y, al final, se pellizca el labio inferior, como siempre que está tomando una decisión importante, y asiente una sola vez.

—Está bien… por ahora. Solo por ahora.

Sonrío sin despegar los labios, intentando tranquilizarme ahora que la situación parece haberse vuelto más estable.

—Pero… —La voz de Ethan llega a mis oídos—. ¿Entonces no vamos a pegarle una paliza?

—Yo no pensaba pegarle a nadie —dice Adam a su lado. Un carraspeo de Vic le hace saltar—. ¡No lo pensaba! A no ser que me provocara.

—Como si vosotros necesitarais provocación… —Shane lo susurra, pero todos lo oímos.

—Oye, tío, que si quieres te caliento un poco y así duermes a gustito esta noche.

Shane mira a Ethan elevando una ceja, sonríe de medio lado y niega con la cabeza.

—La verdad es que solo me gustaría que me calentara una persona apellidada Lendbeck-Acosta y, por descontado, no eres tú.

Se me escapa una risita, porque Shane tiene un par de… valores bien puestos, las cosas como son. Vic también se ríe disimuladamente y los chicos sueltan distintas maldiciones porque, bueno, no están muy contentos con el resultado de esta noche. Al final, Shane entra en casa, nosotros nos alejamos y cuando llegamos al coche de Ethan, miro a Oliver y sonrío un poco.

—¿Y ahora? ¿Vas a portarte bien e ir a dormir como un niño bueno para levantarte siendo el médico respetable y nada violento de siempre? —pregunto elevando una ceja.

Él se ríe entre dientes y hay algo… El modo en que vibra su garganta me hace tragar saliva, pero no sé bien por qué.

—Lo intentaré, pero no prometo nada. —Sonrío, doy un paso para alejarme, porque volveré a casa con Vic y Adam, ya que Ethan lo llevará a casa a él, y entonces siento su mano agarrando la mía y devolviéndome junto a su cuerpo, solo que más cerca. Sus brazos me rodean rápidamente y su cabeza baja hasta ponerse a la altura de mi oído—. Gracias por devolverme la cordura, pequeña.

Trago saliva, sonrío a duras penas y me separo de él. Oliver sube al coche de Ethan y yo camino hacia el de Adam con paso torpe. Subo en la parte trasera y me centro en mi hermana Vic, que me mira con el ceño fruncido.

—¿Por qué tiemblas?

Tiene razón. Tiemblo. Abro la boca para soltar una respuesta y entonces me doy cuenta de que no tengo una convincente, así que me encojo de hombros y digo lo único que se me ocurre sin faltar a la verdad.

—No tengo ni idea…

🍒

¡Hasta aquí el capi de hoy! ¿Qué os ha parecido? ¡No olvidéis comentar vuestras impresiones en Instagram! Me encanta leeros 🙂

Os recuerdo también a las que no habéis leído nada antes, que Vic y Adam tienen su libro, igual que Óscar y Emma. Podéis haceros con la serie pinchando aquí.

¡Feliz finde! ❤️