Capítulo 3

Nada más entrar en casa de los Lendbeck-Acosta dejo ir un suspiro tembloroso. Ha sido un vuelo largo, no solo en tiempo, sino emocionalmente. Estoy contenta, desde luego, porque estar al lado de Vic es lo que necesitaba, y quería aprovechar para salir de Sin Mar y explorar mundo antes de meterme de lleno en el mundo laboral, pero…

—Sé que los echas de menos, pero yo estoy aquí. Yo siempre voy a estar aquí —susurra Vic a mi lado.

La miro con las lágrimas saltadas y trago saliva. Es por esto por lo que la necesitaba tanto. Cuando ni yo misma soy capaz de poner palabras a mis sentimientos, mi hermana se ocupa de hacerlo. Siempre ha sido así entre nosotras. Hay quien dice que es por una supuesta conexión especial de gemelas, pero nosotras no creemos que sea cierto. Valentina no es trilliza de Björn y Lars y tienen ese tipo de conexión. Edu y Eyra, aunque vivan peleando, también. No es que el resto de las relaciones entre la familia no sean importantes, y menos en mi familia, donde todos nos necesitamos, pero este es un nivel un poco más… intenso. Y, de todos modos, pese a estar con ella, por fin, y saber que voy a estar a su lado un año y medio, como mínimo, siento la garganta un poco cerrada y no dejo de pensar en mis padres, en mis hermanos Mérida y Edu, en mis primos y en el resto de la familia.

—Pensé que sería más fácil —admito en voz baja.

Vic me aparta de la familia, que se dispersa por la casa, como si supieran que necesitamos un segundo de soledad.

—Es normal, acabas de entrar en esta casa siendo consciente de que no vienes de vacaciones. A mí también me pasó. Te prometo que el primer día no dejé de pensar en volver con vosotros.

—Pero te quedaste…

—Era lo correcto para mí. Aquí está Adam y yo… —Se emociona y sonríe—. Yo siento que, esté donde esté, me falta un trocito de corazón, pero a su lado puedo ver mi futuro.

Asiento y tomo un suspiro tembloroso. Lo sé. Lo entiendo. Además, mi hermana ha montado una empresa aquí con Daniela, su cuñada, y él trabaja como fotógrafo en la empresa de su madre. Sé que, si pudiera, Vic viviría en Sin Mar, pero no es una opción a corto plazo. Lo entiendo, nunca le reprocharía lo contrario, porque yo estoy aquí por ella, pero también por mi propio futuro. El máster en La Verne me abrirá muchísimas puertas en España cuando regrese. Echo de menos a mis padres, sí, pero se suavizará y, de todos modos, no es como si no fuera a volver a verlos. Seguramente ya estén organizando nuestras vacaciones de invierno, si es que no nos vemos antes, así que hago un esfuerzo por sonreír y pensar en las partes buenas. Estoy en Los Ángeles con mi hermana gemela, voy a estudiar en un sitio increíble, vivir en una casa increíble y va a ser una de las mejores experiencias de mi vida. No tengo dudas de eso.

Vic se empeña en hacerme un tour por la casa, pese a que le digo por activa y por pasiva que la conozco de sobra, porque he venido de vacaciones alguna vez.

—Pero no es lo mismo. Tienes que ver cómo hemos decorado la casa de la piscina.

—No habéis decorado nada —dice Daniela uniéndose a nosotras—. Habéis puesto un par de cuadros, mi hermano lo ha llenado todo de fotos tuyas y poco más. Si me hubieseis dejado…

—Quería desmantelar la casa entera para volver a amueblarla —murmura Vic a mi lado—. Por cierto, prepárate para verlos a Eth y a ella de mal humor en los próximos días.

—¿Sí? —pregunto mientras veo a su cuñada alejarse hacia Ethan, que la llama desde el enorme salón.

Nosotras salimos al jardín para cruzar la zona de la piscina y acceder a la casa en la que viven Vic y Adam. Es la que usaban antes para los invitados, pero ahora viven ellos, y no me extraña, porque es una casa preciosa. Al lado de la principal puede parecer pequeña, pero en cualquier barrio de España sería una casa de tamaño medio.

—Se han pasado las vacaciones comiendo mierdas y ahora van a dedicar unos días a limpiar sus cuerpos. O lo que es lo mismo: van a alimentarse de batidos en distintos tonos de verde y despotricar contra todo lo que les rodea. Es una tradición.

Me río y me concentro en las paredes de la casa. Daniela no mentía cuando decía que Adam se ha dedicado a llenarlo todo de fotos de Vic. Es… increíble. En el buen sentido. Que mi cuñado es un gran fotógrafo es algo que ya sabía, pero el modo en que capta a Vic a través de su objetivo me deja sin palabras.

—Está un poco obsesionado —murmura Vic, entre avergonzada y orgullosa.

—Es genial —le aseguro.

Me quedo mirando una en la que aparece Vic durmiendo de perfil sobre el pecho de Adam. No le veo la cara a él, pero se nota que es su torso, sobre todo por el tatuaje con el nombre de mi hermana en su pectoral. La foto es en blanco y negro e inspira tanta dulzura que abruma.

—Brutal, Vic —murmuro—. Te quiere tanto…

—Es mutuo —reconoce con la voz tomada antes de carraspear—. Y ahora, vamos a la casa grande para que puedas instalarte en tu habitación.

La sigo, pero justo cuando vamos a salir Adam entra y nos mira con una sonrisa.

—¿Sois conscientes de que es de madrugada y hemos volado un millón de horas hace nada? —Abraza a mi hermana por el costado y me sonríe—. ¿Qué tal si intentamos descansar?

—Tienes razón —le digo, siendo consciente del modo en que mi cuerpo protesta—. Lo mejor será esperar a por la mañana para acabar de ponernos al día.

—Te acompaño a tu habitación. —Mi hermana se suelta de su chico después de besar su mentón y engancha su brazo en mi cintura.

Caminamos hacia la casa, pero nada más entrar nos encontramos con Oliver hijo, que justo iba dirección del jardín.

—Oh, iba a buscarte. Te hago un tour por mi habitación y me largo a mi casa.

—¿A estas horas? —pregunto—. Puedes quedarte y dormir ahí, yo me apañaré con el sofá o…

—No te preocupes. Aguanto bien hasta llegar a casa y prefiero amanecer allí tranquilo. Y solo.

Me río, porque su saturación de familia es tan evidente que me hace gracia.

—De acuerdo, vamos entonces.

—Pues si te encargas tú, JR, yo me voy a la cama.

Mi hermana se despide con un abrazo y la veo atravesar el césped justo antes de volver a mirar a Oliver.

—¿Puedes decirle que no me llame más JR? A ti te hará más caso y lo último que necesito es que se acostumbren a hacerlo.

—No te preocupes, yo seguiré llamándote Oliver.

—Eres la única —murmura mientras avanzamos por el pasillo.

Tiene razón. Soy la única que lo llama por su primer nombre. Recuerdo que de pequeña sí lo llamaba Junior, pero en algún momento, cuando crecimos, sobre todo él, me sonaba ridículo. Junior suena infantil, aniñado, y Oliver es cualquier cosa, menos un niño. Su cuerpo esbelto, lleno de músculos y prácticamente sin un gramo de grasa da buena fe de ello.

—Te pega más.

Él solo sonríe sin despegar los labios y sigue caminando hacia la habitación con mi maleta en su mano. Pasamos frente al dormitorio de Daniela y la vemos dormida, con Ethan a su lado.

—¿Siguen durmiendo juntos? Pensé que lo hacían en el camping como algo especial —pregunto entre risas.

—Sí. Tuvieron una época, cuando ella se echó aquel novio que nadie soportaba, que Daniela dormía fuera, pero ahora que ese imbécil está fuera de su vida, todo ha vuelto a la normalidad.

—¿Cómo lleva Dani la ruptura? En el camping parecía estar bien.

—Bueno, teniendo en cuenta que lo dejó ella después de que le enviara una foto en pelotas que no iba dirigida a ella, sino a su secretaria… lo lleva bien. ¿Sabes el problema con mi familia? —pregunta sin mirarme y sin dejar de caminar—. Nadie actúa como se supone que deberían.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, hay ciertas fases después de una ruptura que supuestamente todo el mundo atraviesa, ¿no? —Asiento—. Daniela no. O no en el orden que se espera. Ella todo lo hace de un modo caótico, intenso y desmedido.

—O sea, al más puro estilo Lendbeck-Acosta.

Oliver se ríe y se rasca la nuca con aire distraído.

—Sí, supongo que sí. En fin, aquí estamos.

Abre la puerta de su dormitorio y se echa a un lado para que entre.

La última vez que estuve en esta habitación yo no era más que una cría, porque cuando creció, Oliver decidió que este era su santuario y absolutamente nadie podía entrar en él. No puedo culparlo. Sé bien lo que es crecer con muchos hermanos y sentir que no tienes ni siquiera un mínimo espacio para ti. Una especie de refugio. Oliver tiene suerte, de hecho, porque por norma general sus hermanos respetan este sitio, o eso creo. Los míos, en cambio, jamás han respetado la intimidad de nadie. No me quejo, yo tampoco lo he hecho con ellos y pienso seguir del mismo modo. Somos así.

Observo la habitación y me sorprende que esté más o menos como la recordaba. La cama en el centro, grande y con una colcha gris encima. Un escritorio blanco, un pequeño sofá, una estantería que todavía está llena de libros, el armario, una alfombra con las constelaciones… Es un dormitorio típico juvenil, y al mismo tiempo es el dormitorio de Oliver y siento que no hay ningún otro así. Tiene su toque sobrio, pese al diseño. El enorme hueco que hay frente a la cama me indica que justo ahí estaba la tele que seguramente se ha llevado en la mudanza.

—Creo que ahí sí que tendré que poner un poster.

—Si necesitas un televisor aquí, te traeré uno mañana mismo.

—Oh, no es necesario. No voy a tener mucho tiempo para ver la tele. Y, a unas malas, tengo el portátil y el iPad.

—¿Segura? ¿Has dejado de ser adicta a las plataformas digitales y las películas románticas? —Me ruborizo un poco y él se ríe entre dientes—. Traeré un televisor.

—No lo necesito, Oliver. —Él eleva una ceja—. No seas pretencioso. No lo necesito y punto.

—Como quieras… —Nos quedamos mirándonos. Él sigue en su sitio y yo estoy en el centro de la habitación, sin saber muy bien qué hacer. Por fortuna, sigue hablando—. En el armario queda ropa mía y en el baño también hay algunas cosas, porque no las necesito y me llevé solo lo imprescindible, pero me lo llevaré todo esta semana. Si quieres, puedes meter en cajas lo que te moleste.

—No digas tonterías. Haces demasiado prestándome tu habitación. No tocaré nada hasta que tú lo quieras.

—Está bien. Si necesitas cualquier cosa, dame un toque.

—En todo caso, y teniendo en cuenta que ya no vives aquí, debería dárselo a tus padres, ¿no?

—Supongo, pero no me molesta que me pidas lo que sea.

Sonríe y le devuelvo el gesto justo antes de que mi móvil suene. Lo saco de mi bolsillo y sonrío al ver de quién se trata.

Noah:

¿Cómo se lleva eso de ser

una angelita? (Y ya que

estamos: ¿Cómo se hace llamar

la gente de Los Ángeles?)

 

Me río y hago un rápido calculo de la hora que debe ser en España. Dios, realmente hace muchas horas que salí de casa y, aunque he dormido en el avión, estoy muerta.

—Noah quiere saber cómo se llama la gente de Los Ángeles —le digo a Oliver, que sigue mirándome sin decir nada.

—Dile que no los conozco a todos.

—Ja, ja. ¡Eres tan sumamente gracioso!

—Solo es una de mis muchas cualidades, ya lo sabes.

Me río entre dientes y le contesto rápidamente a Noah.

Emily:

Estoy conociendo mi habitación a

fondo. No tengo ni idea de cómo se

llama la gente de Los Ángeles.

No los conozco a todos.

 

Noah:

Venga, puedes hacerlo mejor…

 

Emily:

xD Es cosa de Oli, que está

aquí conmigo. En fin, voy a

inspeccionar el baño.

 

Noah:

Manda fotos.

 

Emily:

¿Del baño de la casa de

los Lendbeck-Acosta?

 

Noah:

¿Y por qué no? La otra opción

es asistir al concurso de

comer tortitas que están haciendo

Edu y Eyra.

 

Bufo y miro a Oliver que, por alguna razón, sigue apoyado en el quicio de la puerta, mirándome. En realidad, me mira mucho desde que llegamos y no tengo ni idea de por qué, pero antes de pensar que a lo mejor está arrepentido de cederme su dormitorio, decido interrumpir sus pensamientos. Por si acaso.

—Quiere que le mande fotos del baño.

—¿Del baño? —pregunta extrañado.

—Edu y Eyra están haciendo un concurso de comer tortitas.

—Entiendo… —No, en realidad no entiende, pero es gracioso que haga ver que sí—. En fin, voy a irme a casa. Lo dicho, quita todo lo que te moleste sin miedo. Seguramente me pase mañana o pasado a llevármelo, de todas formas. —Se adentra en la habitación y me abraza tan repentinamente que me sorprendo—. Bienvenida a casa, Emily.

Sale de la habitación y cierra la puerta con suavidad, dejándome sola en el que será mi dormitorio durante un año y medio. El sonido de mi móvil evita que los nervios vuelvan a hacer acto de presencia.

 

Noah:

¿Las fotos…?

 

Me río, abro la puerta del baño y observo detenidamente la ducha con efecto lluvia. Joder, qué pasada, eso sí que es nuevo desde la última vez que lo vi. Hago una foto en general y se la mando a Noah justo antes de ponerme a investigar. El lavabo es grande, de un solo seno, pero tiene un mueble debajo que me servirá para guardar todos mis zapatos y aun así me sobrará espacio. Hay una cajonera también, que abro con curiosidad. Oliver ha dejado cuchillas de afeitar, y es raro, porque lleva barba. Supongo que tienen años ya y precisamente porque no las necesita están aquí. También hay apósitos, una crema para los dolores musculares, una rodillera y… oh. Una ristra de condones. Me río, hago una foto y se la mando a mi primo.

 

Noah:

Hombre precavido vale por dos.

 

Emily:

Si fueran de Ethan, ya le

habría mandado un mensaje

para reírme de él.

 

Noah:

¿Y por qué no se lo mandas

a Junior?

 

Emily:

Me ha cedido su habitación.

No voy a reírme de él por

unos condones, encima.

 

Noah:

¿Y entonces por qué has dicho

 que si fueran de Ethan lo harías?

 

Me quedo mirando el mensaje con el ceño fruncido. Adoro a mi primo Noah, es uno con los que más confianza tengo, pero a veces se me olvida que quererlo tanto no lo libra de ser un idiota en según qué momentos.

 

Emily:

¡Era una broma!

 

Noah:

Si tú lo dices.

 

Emily:

Idiota.

 

Noah:

Cobarde…

 

Emily:

Me voy a dormir.

 

Noah:

Descansa, primita.

Te quiero y te echo

muchísimo de menos.

 

Le mando un corazón por respuesta y ahogo las lágrimas que hacen amago de salir de mi cuerpo. Estoy exhausta, seguramente empiece a sufrir jet lag y lo último que necesito es pensar en lo que me gustaría estar en España con mi primo. Con él y con todos, en realidad. Me desnudo, me doy una ducha y luego, como estoy agotada incluso para abrir mi propia maleta, cojo una camiseta cualquiera del armario de Oliver, me la pongo y me meto en la cama con un suspiro de placer porque, Dios, estas sábanas son comodísimas. Y reconfortantes. Reconozco que también son reconfortantes.

Intento dormir, pero no lo consigo del todo. Los pensamientos me asaltan una y otra vez. Los que tienen que ver con mi familia, pero también los que tienen que ver con mi futuro. No sé si estaré a la altura del máster, ni si voy a conseguir adaptarme a esto. Nunca he estado tanto tiempo fuera de casa y…

La puerta de la habitación se abre, pero gracias a la luz que entra por la ventana de las luces del jardín puedo detectar a mi hermana de inmediato, que se mete en la cama de un salto, abrazándome y apretándome contra su cuerpo.

—¿Cómo estás? —Ahogo un sollozo mientras la abrazo y ella besa mi cabeza—. Lo sé, pero estoy contigo y cada día será mejor. Te lo prometo.

Cierro los ojos y me esfuerzo por creerla. Si Vic ha podido superar sus muchos problemas en los últimos tiempos, yo puedo superar la morriña. Además, soy una chica afortunada. Estoy lejos de mis padres y el resto de mi familia, sí, pero los Lendbeck-Acosta son prácticamente familia mía también, tengo a mi hermana gemela y voy a vivir una experiencia por la que mucha gente daría lo que fuera.

Solo tengo que dejar pasar los primeros días y adaptarme a la vida en Los Ángeles.

No paso la mejor noche de mi vida, es un hecho, pero cuando despierto por la mañana rodeada por Daniela, Ethan y el propio Adam, además de mi hermana, recuerdo las noches en que dormía con mis hermanos y me doy cuenta de que lo han hecho precisamente para que me sienta como en casa. Entonces me reafirmo en lo que ya sabía: estoy lejos de casa, pero sigo estando en familia.