Capítulo 13

 

Me paro a la altura de Muscle Beach, una parte de Venice donde los musculitos van a hacer ejercicio y lucirse delante de todo el mundo. Yo lo criticaba hasta que vi a Oliver hacer uso y disfrute de las instalaciones. Sin camiseta. En pantalón corto. Si no me dio un infarto ese día, ya no me da nunca.

—Venga, pequeña. Un poco más.

Miro a Oliver mientras intento recuperar la respiración. Él está como una rosa, pero a mí se me va a salir un pulmón por la boca en cualquier momento.

—Eres cruel.

—¿Lo soy?

—¡Lo eres! Yo quería dormir hasta tarde hoy, aprovechando que no tenía clases y…

—Y era mi día libre y quedamos en que saldríamos a hacer ejercicio.

—Anoche vino tu familia.

—Porque tú los invitaste.

—¿Y por qué no los echaste? ¡Es tu casa! Debiste echarlos en cuanto los viste allí.

Oliver se ríe a carcajadas y se acuclilla frente a mí para atarme un cordón que llevo medio suelto.

—También es tu casa ahora, así que no, no podía echarlos. Eran tus invitados.

—Tu hermano Ethan nos ha meado en la palmera de la esquina, Oliver. Es un salvaje.

—¿Y te das cuenta ahora?

—¡Claro que no! Pero ahora lo sufro yo en mis propias carnes, que es peor. Tiene la entrada vetada en casa. —Él se ríe y hace un doble nudo—. Puedo hacerlo yo.

—Puedes, pero no vamos a discutir también por esto, ¿verdad? Además, algo me dice que, si te agachas ahora, vas a vomitar el desayuno.

—¡Pero si no he desayunado! No me has dejado tomar más que un triste café.

—Si te hubieras levantado antes…

—¡Está amaneciendo! ¿Desde cuándo eres tan sádico?

Él se incorpora, cuan alto es, y me mira con una sonrisa torcida.

—¿Quieres tortitas con chocolate?

Estaba esperando una respuesta ingeniosa. Lo miro con la boca abierta y él se ríe entre dientes, retirando un mechón de pelo de mi mejilla. Dios, odio que haga eso. Me encanta, pero lo odio, porque todo lo que llevo sintiendo semanas está a punto de desbordarse y, si sigue así, pronto no podré disimular más.

Me he colado por Oliver. Me he colado tanto que me avergüenza comportarme como una adolescente en ciertas ocasiones, como cuando lo veo sin camiseta en casa, o cuando se agacha para sacar algo de la parte inferior de la nevera y me quedo embobada mirando su culo. O cuando cocina y me embobo con sus antebrazos, tan firmes y fuertes y…

Tengo que parar.

Es una desgracia que me pase esto. Peor que esto solo podría ser… no sé, coger ladillas. O caerme de boca y perder los dientes delante de él. O… Vale, bien, hay cosas peores, está claro, pero esto es una desgracia igualmente.

Quiero contárselo a Vic. Y a Daniela, porque también confío en ella, pero no sé cómo hacerlo sin desatar la histeria de ambas. Seguro que se lo toman a la tremenda y no sé qué van a decirme. Imagino que me apoyarán, claro, pero no sé si van a recomendarme que salga de casa de Oli. Yo eso no puedo hacerlo. Sé que es una tortura, que estoy haciéndome más daño que otra cosa y que crearme falsas esperanzas es una idiotez, porque para él solo soy la pequeña Emily, pero de todas formas no puedo irme ahora. Además, hay comportamientos en Oliver que… Son tonterías. Sonrisas torcidas, caricias improvisadas que no se sienten como antes, frases intencionadas y destinadas a ponerme nerviosa. Hay un sinfín de gestos que antes no veía, pero no sé si es porque yo me siento así y las ganas de que él lo viva igual me pueden, o porque realmente él se siente de la misma forma.

—¿Y bien? —pregunta—. ¿Qué me dices? ¿Te vienes conmigo?

—Solo si puedo pedir extra de chocolate.

Oliver se ríe a carcajadas, rodea mis hombros con su brazo y, pese al cansancio extremo por la carrera, el sudor que siento en la nuca y el hambre, disfruto como nadie del peso y la cercanía. De hecho, paso un brazo por su cintura, cosa que no he hecho nunca, tentativamente. Su espalda se tensa en el acto, pero no detiene sus pasos. Miro al mar para distraerme e intentar contar respiraciones. Es una idiotez estar así solo porque caminemos abrazados, pero cuando siento los labios de Oli en mi cabeza siento que podría atragantarme incluso con mi saliva.

Llegamos a la cafetería así, abrazados, sin decir mucho, y nos sentamos uno frente al otro en una pequeña mesa. Hacemos nuestro pedido y disfruto de una torre de tortitas con chocolate. Oliver ha elegido sirope de arce.

—Eres tan… estadounidense.

Él suelta una carcajada y da un sorbo a su café solo sin azúcar.

—Nací y crecí aquí, así que supongo que sí.

—Ya, lo sé, pero es que… no sé. Cuando estamos en España no lo pienso tan a menudo. Es al estar aquí cuando me doy cuenta de que, aunque tu madre sea española, tú eres muy muy de aquí. Muy típico.

—¿Es un insulto?

—No. No del todo, al menos. —Él estira una mano para pellizcarme de broma y me río—. Es raro que no tengas la banderita puesta en casa.

—No soy muy de banderas, pero si quieres ponemos una.

—No hace falta. Creo que con la fiesta de Halloween que están preparando las chicas voy a tener tradiciones americanas para una buena temporada.

Nos reímos, me pregunta cómo va el tema de la fiesta, porque él se acostó anoche antes que nosotros, y le explico que esta misma tarde he quedado con Vic y Daniela para ir a mirar disfraces.

—¿De qué irás? —pregunta.

—No tengo ni idea. ¿Y tú?

—De nada.

—¿Cómo que de nada? Eso es imposible. Tienes que elegir un disfraz.

—Dejé mi postura muy clara anoche —dice metiéndose un trozo de comida en la boca—. No me gusta hacer el ridículo.

—¡Pero es Halloween!

—Por mí, como si es carnaval. No me disfrazo y punto. Bastante hago con ir a una fiesta que no me apetece.

—¿Por qué no te apetece? Solo estaremos nosotros. —Oli bufa y elevo las cejas—. ¿Qué significa eso?

—¿Te has creído esa patraña en serio? —Asiento y se ríe—. Emily, en la casa de la piscina este sábado no cabrá ni un alfiler. Acuérdate de mis palabras.

—No lo creo. Vic dijo…

—Da igual lo que diga Vic. Daniela invitará a algún amigo, que invitará a otros amigos. Ethan hará lo mismo y en cuestión de un par de horas allí no se podrá ni respirar. Con suerte, respetarán la casa de mis padres y se repartirán por el jardín para hacer sus cosas. Conoces a mis hermanos. Conoces a tu propia hermana. Será un desmadre.

Me encantaría llevarle la contraria, pero el caso es que conociendo a nuestra familia… Sí, tiene pinta de que va a ser un desmadre. De hecho, he sido bastante ilusa al pensar que de verdad iba a quedarse en algo familiar.

—Al final Daniela no va a invitar a Shane —le digo a Oli.

—¿Y eso?

—Ayer le mandó la foto más sugerente que he visto en mi vida, él le dijo que es una niña mimada, pero preciosa, y ella está enfadada porque dice que no está mimada.

—Está muy mimada. Es mi hermana, la adoro, pero lo está.

—Eso mismo pienso yo —contesto sonriendo—, por eso me he tomado la libertad de invitar a Shane. Me lo ha agradecido un montón.

Oli levanta una ceja, sonríe y niega con la cabeza.

—Ese puntito de niña mala tuyo…

No acaba la frase, pero algo se acelera en mi pecho. ¿Qué querría decir exactamente? ¿Y si preguntara? ¿Y si me lanzara de una vez? Joder, su boca ahora mismo tiene que saber a tortitas y jarabe de arce y… a Oliver. Tiene que saber mejor que cualquier chuchería del mundo y estoy aquí, mirándolo comer y deseándolo tanto que me duele porque soy una cobarde. Solo por eso.

El miedo a que me rechace. A romper una amistad de toda una vida. A poner a nuestras familias en un compromiso. El miedo en general hace que viva en represión constante, pero empiezo a preguntarme hasta qué punto esto es sano.

Acabamos nuestros desayunos y volvemos a casa. Al volver, los chicos ya no están, pero no es de extrañar. Vic y Daniela tenían que abrir la oficina y Ethan tendría clase, seguramente. Adam ya estará en el estudio trabajando en alguna sesión. Que hayan recogido y limpiado antes de marcharse es de agradecer, porque así nosotros nos duchamos por turnos, nos tumbamos en el sofá, yo con mis apuntes y él con un libro, y pasamos una mañana de lo más tranquilos.

Por la tarde dejo que me acerque a la tienda en la que he quedado con las chicas, para no tener que conducir.

—Si luego necesitas que te recoja, escríbeme. Voy a hacer la compra y luego estaré en casa haciendo el vago hasta la hora de la cena. ¿Quieres que prepare lasaña de verduras?

—Vale, vale y sí. —Oli se ríe y lo imito—. Las chicas me dejarán de camino a casa, no te preocupes. ¡Te veo luego!

Le despido con un gesto de la mano y Oli se baja las gafas de sol lo justo para guiñarme un ojo. Dios, si supiera todo lo que provoca con ese simple gesto… Acelera y se pierde por la vía mientras miro el coche embobada. Tanto, que no me doy cuenta de las voces que me llegan desde el interior de la tienda. Miro y veo a mi hermana y a Daniela a través del escaparate. Una tiene una diadema de demonio y la otra una varita de hada, y hacen un baile estúpido dedicado exclusivamente a mí. Me río a carcajadas, entro y me preparo para una tarde de lo más divertida.

—Mamá va a enfadarse un montón cuando sepa que hemos pagado por estos disfraces, cuando ella nos podría haber enviado algunos de su tienda —me dice Vic después de un rato mirando.

—Bueno, creo que el envío le costaría lo mismo que a nosotras los disfraces. No merece la pena.

—Eh, chicas, ¿cómo lo veis?

Daniela se coloca delante un disfraz de hada. En realidad, es un vestido tan corto que llamarlo vestido es una vergüenza, pero ella parece encantada.

—Es un poco… provocativo, ¿no? —pregunto.

—¡Sí! —exclama encantada—. ¿Creéis que Shane se empalmará al verme?

—Dios, Daniela. —Me tapo la cara con las manos—. Punto número uno: ¿No le habías retirado la invitación? Punto dos: ¿Eso quieres? ¿No dices que no vas a volver con él?

—Punto número uno: sé que lo has invitado, me lo ha dicho porque le prometí que llamaría a seguridad como se presentara sin invitación. —Pongo los ojos como platos y se ríe—. Tranquila, no pasa nada. Y no, no voy a contratar seguridad, pero eso él no lo sabe. Punto número dos: Sí, quiero que se empalme y sufra por todas las veces que sufro yo al verlo y ponerme como una perra en celo.

Vic carraspea porque justo una señora acaba de pasar a nuestro lado y, a juzgar por su cara, entiende el español perfectamente. A mí se me escapa una risa entrecortada y Daniela ni se inmuta, porque ella es así de feliz y pasota.

—Vale, pues Daniela ya tiene disfraz —dice Vic—. Yo creo que voy a decidirme por este.

Elige un vestido, de nuevo cortísimo, de demonio. A juego con su diadema. Puedo imaginarla con su pelo de colores, unos tacones altísimos y ese corsé rojo.

—También quieres que Adam sufra, ¿eh? —pregunto con sorna.

—Oh, sí, pero solo como anticipación a… ya sabéis. De hecho, voy a escribirle para hacer una apuesta. No aguantará ni una hora antes de llevarme a algún rincón oscuro y privado para… bueno, para hacer cosas de demonio.

—¿Y qué apostáis? —Daniela pregunta como si nada.

—Orgasmos, por supuesto.

—Por supuesto —murmuro irónica.

Ellas se ríen. Se ponen a hablar de lo divertido que es apostar orgasmos, supuestamente, mientras yo paseo por la tienda y hago caso omiso de sus locuras. En realidad, es la constante casi siempre. Ellas hablan de disparates y yo me río y me uno a la conversación solo a ratos, porque hay momentos en los que solo puedo pensar como sería dejarme ir así siempre. No soy una santurrona. Tengo, de hecho, ramalazos muy fuertes, eso que todos llaman “Julietadas”, pero suelen ser estallidos. Retengo hasta que no puedo más. De alguna forma, aunque no lo diga, me obligo a reprimirme porque coexisto con una parte de mí mucho más seria, heredada de mi padre, que me recuerda que eso está mal. Es tal y como sale en la tele. Un angelito y un demonio sobre mis hombros. Normalmente el angelito gana, pero a veces no puedo más y dejo que el demonio haga de las suyas. El problema es que me contengo tanto que, cuando eso ocurre, no tengo límite. Así que, si normalmente no llego a los extremos de Vic, cuando me da el puntazo me paso por mucho.

Y no sé si es el tema del que hablan, Halloween o el hecho de que esté harta de ser una cobarde, pero el caso es que, después de mucho pasear, mirar disfraces y pensar, me quedo mirando uno de ángel… si es que a eso se le puede llamar ángel. Es poco más que un corsé blanco con encajes y un tutú por falda corto, cortísimo. Es incluso más descarado que los disfraces de Vic y Daniela, que ya es decir. Es… perfecto. Viene una Julietada, lo sé, pero no pienso refrenarme.

Quizá eso es lo que necesito. A lo mejor el problema es que estoy reprimiéndome en exceso. Tal vez debería dejar que la Emily que no conoce la línea tome el control hasta Halloween. Solo por probar, y si él no reacciona, entonces…

—¿Estás valorando comprarlo? —pregunta Vic tras de mí, junto a mi oído—, porque es una jodida pasada.

Sonrío. Es como si fuera el diablillo sobre mi hombro. Ahora es cuando debería aparecer el ángel en el otro, pero la que aparece es Daniela.

—Ponerte eso, cielo, es matar de un infarto a la mitad de los invitados. Vas a estar espectacular.

Bien, supongo que, en mi caso, tengo un demonio sobre cada hombro.

—No quiero matar de un infarto a nadie —murmuro girándome y enfrentándolas y centrándome en Daniela primero—. Quiero que tu hermano mayor se vuelva tan loco que no piense en otra cosa, más que en sacarme de la fiesta y llevarme a casa. —Observo los ojos de par en par de mi hermana y sonrío—. Quiero que Oliver sienta que, si no consigue quitarme esto, se morirá de anhelo. Quiero que no pueda más, porque hace muchos días que yo pasé ese límite y estoy exhausta de luchar contra mí misma. Quiero rendirme y que se rinda conmigo, aunque sea una locura. —Ellas me miran en silencio, asombradas al máximo, lo que tiene mérito, porque pocas cosas consiguen callarlas de ese modo—. Es una locura, ¿verdad?

Mi hermana da un paso hacia mí, cogiendo el disfraz de mi mano y sonriendo de una forma que me eriza el cuerpo entero.

—Es increíble, en realidad. Jodidamente increíble que por fin hayas abierto los ojos.

—¿Qué…? ¿Qué quieres decir? —pregunto.

—Quiere decir que llevamos más de un mes viendo el modo en que os coméis con los ojos —sigue Daniela—. Y ya era hora de que uno de los dos diera el paso.

—Él no…

—Oh, cariño, él sí. Créeme. —Daniela se ríe y se relame literalmente—. No te imaginas cómo voy a disfrutar viendo a mi hermano caer de un modo tan estrepitoso.

Me ruborizo, no puedo evitarlo. El arranque inicial ha sido relativamente fácil, pero convertir esta idea en una realidad… No lo sé. Miro a mi hermana, siendo consciente de que sabrá que dudo, pero ella solo me abraza y apoya su frente en la mía.

—Es para ti, Em. Es tan para ti que me siento estúpida por no haberlo visto antes. Llevo un mes deseando que llegue este día.

—De hecho, os habíamos dado de margen hasta Navidad antes de actuar nosotras —sigue Daniela—. Consideramos que tres meses son más que suficientes para hacer el tonto.

—¿Qué…?

—Lo que oyes —sigue mi hermana—. La misión Juniem lleva en marcha más tiempo del que te crees, pero eso no es lo importante ahora.

—¿Cómo que no?

—No, lo importante ahora es buscar unas medias de liguero a juego con esto y pensar en el maquillaje y el peinado.

—No quiero nada excesivo. Quiero seguir siendo yo, solo que más… ya sabéis.

—Oh, sí —dice Daniela—. Convertir a Emily en Emily el ángel putón va a ser maravilloso.

—Dios, no has entendido nada —respondo horrorizada.

Ella suelta una carcajada que mi hermana secunda y las miro de hito en hito.

—Ay, hermanita… Eres tú la que no ha entendido nada, pero no te preocupes, te va a quedar clarísimo en cuanto acabemos contigo.

Las sigo por la tienda mientras cogen complementos, hablan de maquillaje y me recuerdan que lo más importante es que no olvide echarme perfume antes de disfrazarme.

—No lo olvido nunca y seguro que me arrepiento de esto, pero ¿por qué?

Ellas se miran, sonríen y me miran a la vez de un modo que me intimida más que la perspectiva de exponerme frente a Oliver. Al final, es mi hermana la que habla.

—Cariño, cuando te vea de esa guisa va a quedarse de una pieza, no sabrá ni qué decir, pero cuando, además, te acerques con tu preciosa sonrisa, alzándote sobre tus puntillas, besando su mentón y dejando que tu perfume llegue a él… —Vic sonríe con malicia—. Bueno, digamos que es una suerte que sea Oliver Jr. Lendbeck-Acosta sea médico, porque si le da un infarto, sabrá detectarlo a tiempo.

Daniela se ríe, mostrándose totalmente de acuerdo, pero yo, de pronto, solo tengo ganas de que llegue la fiesta y, al mismo tiempo, de volver a España y olvidarme de esta locura para siempre, porque a él, no sé, pero a mí probablemente sí me dé un infarto después de exponerme de esa forma.

Solo rezo para que merezca la pena…

🍒

Ya sí que sí, esto está completamente desatado, ¿no os parece?

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Se os quiere

Cherry