Capítulo 10

Voy saliendo del hospital cuando Elle, una compañera, también cirujana, me para un instante.

—Algunos de nosotros vamos a ir a tomar algo esta noche. Sé que llevamos mil horas trabajando, pero hemos llegado a la conclusión de que, si no lo hacemos, jamás tendremos vida social.

Me río entre dientes. Elle es una gran amiga, además de compañera. Cualquier otro día me encantaría ir a tomar algo con ella y el resto de amigos que he hecho en este hospital a lo largo de los años, pero hoy no es cualquier día. Quiero volver a casa y que Emily me cuente cómo le ha ido en el campus.

—Otro día, mejor. Tengo planes.

—Estás muy misterioso últimamente. ¿Todo bien?

—Sí, sí, todo genial.

No doy más explicaciones. Elle sonríe, porque sabe que será así, y nos despedimos. No me considero una persona antipática, pero sí reservada. Hay partes de mi vida que guardo solo para mí. No creo que sea malo. Mi padre siempre ha sido así y no le ha ido nada mal. Claro que, en contrapartida, ha tenido siempre a mi madre, que es totalmente opuesta. Mis hermanos Ethan y Daniela han salido a ella. Adam es un poco como mi padre y yo. Nuestra infancia ha sido de lo más interesante.

Vuelvo a casa, aparco en la entrada y me doy cuenta de que Emily ha encendido las luces del patio. Rodeo la casa y la encuentro sentada en la mesa del porche, con los libros por delante y concentrada en unas notas que está cogiendo.

—¿No crees que es hora de parar un poco, empollona?

Ella se ríe sin sobresaltarse. Doy por hecho que ha oído el coche al llegar. Me mira y eleva una ceja tan profundamente que automáticamente sé lo que va a decir.

—¿Y eso me lo dice el señor Harvard?

Pongo los ojos en blanco, me siento a su lado y tiro de la punta de la trenza que le cae sobre el hombro.

—Repetirme tanto lo de Harvard te hace parecer clasista.

—¿A mí? —Una risa irónica sale de su boca—. Lo que tú digas. ¿Qué tal el día en el hospital?

—Agotador. —Un bostezo sale de mi boca, corroborando mi afirmación—. Solo quiero darme una ducha y tirarme en el sofá. Hoy ni siquiera voy a entrenar. Me levantaré antes.

—Podríamos ir juntos. He pensado que estaría bien empezar a correr de nuevo.

—¿Cuándo has corrido tú?

Emily me mira mal, pero me echo a reír. Tiene un cuerpo de infarto, pero no es gracias al deporte. Come sano y se cuida, sí, pero el deporte de forma regular nunca ha formado parte de su vida o la de su hermana. Lo practican, claro, pero siempre cuando les apetece, sin horario fijo o a diario, como es mi caso.

—He corrido cada vez que lo he creído necesario. Por ejemplo, cuando te pones en plan pedante corro mucho, muy lejos.

Me río y vuelvo a tirar de su pelo, doy un sorbo a su vaso de agua, pese a las protestas, y me pongo un poco más serio.

—¿Cómo ha ido hoy?

El semblante de Emily cambia un poco. Intenta que no se note, pero pasa de estar relajada a tensarse en solo un segundo. Si tuviéramos menos años, ya habría ido a poner en su sitio a la tal Brittany y su séquito. El problema es que Emily me arrancaría los huevos si lo hiciera, tanto hace años como ahora. Mucho más ahora. Siente que tiene que luchar sus propias batallas y está bien, la entiendo y la apoyo, pero eso no quita que tenga ganas de llegar a la universidad en plan salvador y librarla de todo el que ose mirarla mal, cuanto menos dirigirse a ella en un tono que no sea el apropiado.

Suspiro. En realidad, lo que me preocupa es preocuparme tanto. Redundante, ¿eh? Cuando Vic estuvo mal yo lo pasé mal, pero fue… distinto. No sé exactamente en qué lo fue, pero lo fue. No sentía este fuego interno devastándolo todo. Esta rabia que amenaza con arrasar si no consigo calmarme. Yo soy el sosegado de la familia. No es que no tenga sentimientos, pero sí sé controlarlos. No me dejo llevar por ellos. Si no se tratara de Emily, probablemente ya habría cogido el teléfono y me habría desahogado con Óscar, mi mejor amigo, pero no sé yo cómo va a tomarse que me sienta así con respecto a su prima. Además, no quiero confundirlo y que piense cosas que no son. No se trata de nada… romántico. No es eso. No es…

—¿Oliver?

Carraspeo, incómodo con el rumbo de mis pensamientos, y la miro un poco avergonzado.

—¿Sí?

—Te preguntaba si te importa que vaya contigo a correr o prefieres hacerlo solo.

—Sí, sí, perdona. Estoy agotado. —Ella sonríe, comprendiéndolo, pero yo me siento mal porque es mentira. Sí que estoy agotado, pero no tiene que ver con el motivo por el que ahora mismo no consigo concentrarme—. Mañana al amanecer, si quieres. Así te enseño mis rutas.

—¡Genial! Estoy deseando aprender todo lo que quieras enseñarme.

La miro con la boca abierta. Joder, eso ha sonado muy… No. No. Es absurdo.

—Voy a hacer la cena —murmuro.

—Ya la hice yo. Lasaña casera. Está en la nevera lista para calentar. Si no te apetece, puedo hacer otra cosa.

—La lasaña es perfecta —musito—. Voy a darme una ducha.

Ella sonríe por respuesta y yo entro en casa sin poder quitarme de la cabeza ciertos pensamientos que me hacen sentir como mínimo, incómodo.

 

 

La cena es tranquila, hablamos del hospital, del campus, del plan de estudios del máster de Emily y las materias que más le interesan. También comentamos la boda, que lleva camino de ser la boda del año. O más bien las bodas del año. Al final, Vic y Adam, y Óscar y Emma, se casarán en Navidad, en el camping, y los únicos invitados serán nuestras familias, porque los novios y novias han considerado que ya con eso llenamos el cupo. Razón no les falta, porque somos muchísimos.

—Vic está de los nervios. Emma ya tiene vestido y mi hermana no consigue nada que le guste.

—Conociendo a tu hermana, debería hacerlo con diseñador. No va a encontrar nada excéntrico a su altura.

Emily, lejos de ofenderse, se ríe y me guiña un ojo.

—Justo eso le he dicho hoy.

—¿Has estado en la oficina, por fin?

—Sí, por eso me he puesto a estudiar más tarde. Es una pasada. Se la ve tan… feliz. Relajada. Hacía mucho tiempo que no la veía así, pese a los nervios de la boda.

—Es distinto, eso son nervios buenos, supongo. Adam está feliz. Y relajado. Pero, siendo sinceros, es su estado natural.

Nos reímos y observo su camiseta. O sea, la mía. Joder, me encanta que la lleve puesta. ¿Las razones? No las sé, ni voy a pensarlas ahora. Ahora mismo no quiero pensar nada más que en lo bonita que está y en la forma de mirar tan increíble que tiene. Ella mira como si viera a través de las personas. Como si pudiera ver lo que hay más allá.

—¿Cómo han podido tus padres hacer algo tan dulce como tú, Emily? —Mis palabras la hacen reaccionar con sorpresa y carraspeo de inmediato, siendo consciente de lo que he dicho—. A veces pienso que pareces más hija de Amelia que de Julieta.

Ella se ríe, porque esto sí es un terreno seguro. Más o menos.

—No eres el único. El problema es que tengo unos ramalazos muy de mi madre, ¿no crees?

—Lo creo. Estoy seguro.

—Y también tengo mucho del carácter de mi padre —murmura—. Soy como un popurrí. —Frunce el ceño y me mira—. Eso es malo, ¿verdad? Como si no tuviera identidad propia.

—Tienes identidad propia, cielo, pero también tienes cosas heredadas de tu familia. Es genética y es lo normal. Eso no significa que no seas auténtica. Yo me parezco más a mi padre y a mi abuelo que al resto de la familia y lo tengo asumido. No me molesta que me lo digan.

—Ya, supongo. No sé… A veces pienso que me gustaría tener los porcentajes al revés. Mucho más de mi madre que de mi padre. —Cierra los ojos y niega con la cabeza—. Suena fatal. Adoro a mi padre, pero tiende a sufrir más que mi madre, y a mí me pasa igual. La capacidad de mi madre para pasar de todo…

—Aparentemente.

—¿Qué?

—Tiene capacidad para pasar de todo aparentemente. Que no lo demuestre tanto como tu padre no significa que no sufra. Ahí tienes a Vic, por ejemplo, que se parece más a ella. Tragó tanto que estalló como una bomba. Eres psicóloga, lo sabes perfectamente.

—Sí, lo sé.

La miro atentamente. Esto no va de su padre, su madre o su tía Amelia. Esto va del modo en que está intentando enfrentarse a la situación que ella misma vive en el campus. Me imagino que, cuando dice que ojalá tuviera más de su madre, lo que quiere decir es que ojalá pudiera enfrentar a quien le hace daño del mismo modo, sin temer la respuesta. Estiro la mano por encima de la mesa y agarro la suya, entrelazando nuestros dedos.

—Eres perfecta, Emily. Así, tal como eres, con todos los porcentajes genéticos y los tuyos propios. Eres perfecta hasta con las partes más imperfectas.

Sus ojos se aguan de inmediato, pero los baja, impidiéndome ver hasta qué punto se ha emocionado, y carraspea antes de hablar.

—Y tú eres el mejor compañero de casa que he tenido nunca.

Doy por hecho que no quiere ahondar más, así que doy un último apretón a su mano y me levanto, recogiendo nuestros platos vacíos.

—Y como gran compañero de casa, voy a fregar y recoger la cocina mientras tú te relajas un poco. ¿Quieres ver una peli?

—Suena bien. ¿Algún género?

—Terror.

Lo suelto tan seguro que entrecierro los ojos mirando al fregadero. Emily odia las películas de terror. ¿Por qué cojones he dicho eso?

—Vale, tendrás que aguantar mis gritos y que me esconda detrás de ti durante hora y media, pero vale.

La imagino detrás de mi espalda, agarrándome con fuerza, y aunque no quiero, una vocecita me grita que justo ese es el motivo por el que lo he dicho. Joder, soy el mayor cabrón sobre la faz de la tierra… pero el caso es que no pienso retractarme.

Recojo, friego todo y me reúno con ella en el salón. Ha encendido la tele, pero no ha elegido nada.

—Solo las portadas me dan yuyu.

Sonrío, me siento a su lado y soy consciente del modo en que su costado se roza con el mío. Eso no debería despertar pensamientos extraños, pero lo hace. Y estoy convencido de que mañana me arrepentiré de todo esto, pero ahora mismo solo quiero disfrutar de la película, del calor de su cuerpo y, a poder ser, de algún que otro abrazo. Y mañana, con calma, como el hombre adulto y responsable que soy, le echaré la culpa de todo al cansancio y un pequeño episodio de locura transitoria y punto.

Elegimos una al azar. En realidad, me da lo mismo la que sea, porque últimamente todas las películas de terror me parecen absurdas. Realmente hace mucho que no paso miedo, así que estoy listo para no dejarme impresionar. Emily, en cambio, es un saco de nervios desde que la peli empieza. A los diez minutos ha hecho un puño con el costado de mi camiseta y, lejos de soltarlo, cada vez lo aprieta más.

—Ven, pequeña —susurro acercándola a mí, rodeándola con un brazo.

Ella se deja, guiada por las emociones que despiertan la película, supongo, y yo contengo el aliento mientras la abrazo y pienso en el millón de motivos por los que esto está mal. Y también en el millón de parientes que van a querer partirme las piernas como algún día sepan que me atreví a tener ciertos pensamientos con ella. Pero, una vez más, por alguna razón, me da igual todo. Todo, menos ella.

—Jamás vas a convencerme de nuevo para hacer esto. ¡Le han salido gusanos de las tripas, Oli!

Me río y miro el cuerpo abierto en canal que muestra la pantalla. Emily, a estas alturas, más que abrazada está encaramada a mí.

—En realidad, un cuerpo necesita alcanzar un nivel más intenso de putrefacción para que crezcan larvas o gusanos. Tendría que…

—Como sigas hablando te echo de esta casa, aunque sea tuya.

Me río aún más alto. Joder, esto es tan divertido que no sé por qué no lo hemos hecho antes.

—¿Va a comerse sus tripas después de que los gusanos hayan nacido? —pregunto entrecerrando los ojos—. Esto, más que terror, es una asquerosidad—. Emily tiene una arcada y yo apago la tele, partiéndome de risa—. Como vomites en mi sofá vamos a tener un problema, Corleone.

—Te odio.

—¡No es verdad!

Ella me da un puñetazo que me hace gruñir. Joder, tiene fuerza.

—¡Claro que es verdad! No voy a poder dormir en mil años.

—Por fortuna, no vivirás mil años.

—¿Por qué dices “por fortuna”?

—Porque nadie debería vivir tanto. La vida resultaría agotadora.

—Yo no lo creo. A mí me encantaría vivir mil años. Ver cómo cambia el mundo, cómo avanza la tecnología y la ciencia y cómo…

—¿Y cómo te nacen gusanos en las entrañas? Porque con esa edad sí que…

—Oliver, cállate.

Me río en voz alta, tiro de ella cuando intenta alejarse y, cuando se revuelve, mi risa se intensifica. Hacerle un placaje y tumbarme sobre ella en el sofá no es fácil, porque su tía Erin da clases de defensa personal e hizo muy bien su trabajo, pero la satisfacción de lograrlo irradia por todo mi cuerpo.

—Para haberte criado en una tienda de disfraces y ojos de gominola comestibles, eres un poco cobarde.

—Para haberte criado en una familia amorosa, eres un poco sádico.

—Cobarde.

—Pedante.

—¿Pedante yo? ¿A que pongo de nuevo la peli?

—No te atreverás. —Sus ojos se entrecierran y me muerdo el labio, tentado de hacerlo solo por ver hasta dónde llega su ira.

—No me pongas a prueba, cielo.

—¿O qué?

Pasa rápido. Pasa muy rápido. Emily forcejea y mi cuerpo reacciona de un modo del todo inapropiado. Mi entrepierna se remueve y me sorprendo tanto que me retiro de inmediato, espantado por si se ha dado cuenta, pero ella actúa con normalidad. De hecho, sonríe con suficiencia y se estira en el sofá, pasando los brazos por detrás de su cabeza y consiguiendo con ese gesto que su camiseta, o sea, la mía, suba por sus muslos y los deje al descubierto. Lleva un short, pero da igual, no es suficiente. Joder, no es suficiente porque tiene unas piernas perfectas y…

—Me voy a dormir. Estoy agotado.

Ella eleva una ceja, sorprendida.

—¿Qué ha pasado con eso de poner de nuevo la peli?

“No mires sus piernas. No mires sus piernas. No mires sus piernas”.

La voz se intensifica tanto que me agobio. Joder, casi parece una persona real dentro de mi cabeza dándome ordenes que no consigo cumplir. Miro sus piernas, mi entrepierna se remueve aún más, la voz grita.

“Es que eres un inútil. ¡Te dije que no miraras!”

—Voy a apiadarme de ti —le digo con una sonrisa que para nada es real.

Ella, en cambio, parece creerme, porque se ríe y se levanta del sofá para subir las escaleras delante de mí. Si no la conociera tan bien, pensaría que intenta contonearse. Pero no, Emily no es así. Si lo fuera, no tendría ningún problema, pero no lo es. No le pega. No… son cosas mías. Que se me está yendo la puta cabeza y esto no ha hecho más que empezar. Cuando llegamos arriba nos paramos uno frente al otro, antes de entrar en nuestros respectivos dormitorios.

—Que duermas bien, si puedes —me dice sonriendo.

—¿Si puedo? ¿Y por qué no iba a poder? —pregunto a la defensiva.

Ella me mira un poco confusa, esta vez sí, y luego se echa a reír.

—Cierto, olvidaba que no te afectan en absoluto las películas de miedo. Solo yo tragaré techo esta noche por tu culpa.

Hago un esfuerzo por reírme, otra vez, y rezo para que no note lo falso que es el gesto.

—Si notas que empiezan a comerte las tripas desde dentro, puedes venir a mi cama. Cuidaré de ti.

Me hace un corte de mangas que esta vez sí que provoca mi risa de verdad, y me meto en la habitación cerrando la puerta detrás de mí. Me quito la camiseta y me quedo solo con el pantalón de chándal, me tumbo y miro hacia abajo. Estoy duro como una piedra. Es irracional, incomprensible y casi un delito. Darme una ducha no es una opción. Emily escucharía el agua y se preguntaría a santo de qué me ducho dos veces en un mínimo espacio de tiempo. Hacer algo con mi estado, tampoco, porque si ya me recomen los remordimientos, no quiero pensar si llegara hasta el final con esta locura. Al final, cojo aire con lentitud y procuro calmar mi cuerpo a base de respiraciones relajantes.

“Buena suerte con eso”.

En serio. Esta puta voz tiene que desaparecer o voy a cometer un asesinato contra ella, por muy invisible que sea.

 

🍒

¡Y hasta aquí el capítulo! Mil gracias, como siempre, por estar ahí. Sois lo más. ¿Qué os ha parecido?

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Abrazo enorme.