Mundo Cherry

Un día en mi vida

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¡Buenos días, cerecitxs!

Hacía mil que no actualizaba la web y es cierto que debería hacerlo más, pero la verdad es que últimamente apenas tengo tiempo de nada. Hoy, de hecho, el post va muy relacionado con esto. Y es que no vengo a hablaros de libros, sino de algo que, a veces, cuando he lanzado encuestas en redes, me habéis pedido.

Me decís que os gustaría saber de primera mano cómo es mi día a día con Mini1 y Mini2. Queréis conocer cómo me las ingenio para cuidar de dos niñas pequeñas y sacar tiempo para escribir. A veces, incluso, me pedís que dé los “trucos” para llegar a todo. Y siento deciros que no hay ningún truco. Sacrificio. Esa es la palabra, pero empecemos por el principio para que podáis entender mi punto un poquito mejor.

A veces, cuando veo en redes la vida perfecta de algunas madres con sus hijos frunzo el ceño. No lo puedo evitar, es un acto reflejo porque, pese a ser muy feliz con mi vida y mis hijas, no me identifico demasiado con esa imagen de niños impolutos que comen, duermen y obedecen casi sin que tengas que pedirlo. Tampoco me siento identificada con las madres que siempre están de buen humor. Siempre. No hablan de malas noches, ni de vómitos, ni de lo mucho que tarda el amanecer en aparecer cuando una de tus hijas, o las dos, se pasan las horas tosiendo y haciendo un ruido al respirar que, si bien no es grave, a mí, según en qué momentos, me obsesiona y angustia como pocas cosas.

Nada.

No hay absolutamente nada de eso en ciertas cuentas de redes. Y a veces, cuando me preguntáis cómo es mi día a día o cómo me las ingenio con las pequeñas, pienso que no sería mala idea hablaros de mi experiencia como madre y mujer trabajadora. Y pienso, de hecho, que necesitamos más mujeres que acerquen a las redes la realidad que muchas vivimos. Y es que mi vida es perfecta, sí, porque adoro a mis hijas, a mi marido y lo que hago. No podría pedir más de lo que tengo. PERO, y aquí viene el quid de la cuestión, eso no evita que a las ocho de la tarde esté agotada y con las pilas bajo mínimos.

Veo a pocas mujeres plantarse y decir: soy feliz, pero me agobia y estresa manejarlo todo y, algunos días, siento que no llego a nada. Por ejemplo, yo he tardado cuatro días en escribir este post. Puede que, hasta acabarlo, tarde un par más. Es lo normal, intento tomarlo con calma, pero hay días, cuando el tiempo escasea y la paciencia más, que me desespera el no poder conciliar como me gustaría. Como nos venden en ciertos sitios.

Mi día a día no tiene mucho de especial, la verdad, soy muy normal y estoy muy lejos de ser una de esas superwoman, pero me habéis pedido que os hable de ello y aquí estoy, dispuesta a cumplir vuestros deseos.

Mi despertador suena a las siete y media, pero hay días (muchos) que estoy despierta desde antes con Alba, la pequeña, que tiene un reloj en la barriga y cada tres horas pide su dosis de leche, cambio de pañal y mimos, con lo que eso de dormir ocho horas me parece un sueño muy, muy lejano. A las ocho despierto a Paula, la mayor, y empieza la diversión. Bob esponja grita en la tele intentando despertarla, papá tiene que moverse superrápido para ir a trabajar, así que solo tiene tiempo de preparar la leche de la mayor mientras yo la visto y, al mismo tiempo, intento que la pequeña no se despierte, si está dormida, o no estalle en quejas, si está despierta. Paula protesta porque quiere dormir más (en cambio los fines de semana se levanta ella solita a las siete. Qué cosas…) Protesta porque quiere falda los días que toca gimnasia y pantalón los días que puede llevar falda. Luego protesta porque quiere ponerse botas de agua, aunque la media en mi pueblo ya esté en 30 grados, y más tarde protesta porque la leche está caliente, pero cuando pasan cinco minutos protesta porque está fría. No tiene el mejor de los despertares, mi niña mayor. Eso sí, cuando pasa un ratito, casi siempre se endereza y empieza a ser una niña simpática y amorosa. Justo en ese momento la pequeña despierta, o decide que está harta del carro/cuna/columpio/cuco/mantitadehacerejercicios y empieza a hacerse notar. El problema es que a mí aún me queda preparar el desayuno de la mayor para el cole, que se rige por un calendario que debemos respetar, más o menos. Así, si en el calendario dice que el jueves toca fruta, hay que llevar fruta, porque si le pones salchichón luego la niña sale del cole y te dice, muy seria, que todo el mundo llevaba fruta y que el salchichón no se lo ha comido porque no es fruta.

Sigamos. A las ocho y media, cuando papá se va, la casa ya es un hervidero de quejas/protestas/cosas por medio importante. Por suerte, a las nueve menos veinte llega mi santa madre, que vive en la calle de al lado (somos algo así como Sin Mar, a lo malagueño), convence a la mayor para ponerse los zapatos y peinarse, y calma a la pequeña para que yo pueda ponerme lo primero que pillo del armario y hacerme una coleta de cualquier manera. Ay, benditas abuelas.

Llevo a Paula al cole mientras mi madre se queda con la pequeña (esto es una suerte que muchas madres no tienen). El cole está a cinco minutos, pero depende del día el camino parece que dura una hora, porque tenemos que pararnos a coger flores, y a mirar hormigas y a observar las macetas de los balcones, entre otras cosas. La coloco en la fila y, muchas veces, es ahí donde me doy cuenta de que he olvidado firmar la autorización de la excursión, o el dinero de las camisetas solidarias o cualquier otra cosa que sea necesaria ese día. Mañana será, con suerte. Saludo a mis amigas, todas madres, la mayoría con dos hijos, como yo, y salimos disparadas cada una a nuestros quehaceres. Llego a casa, mi madre me dice cosas como “esta niña se ha dormido, si es que es una bendita. Ahora tú, a trabajar” y se va mientras yo sonrío y pienso que sí, que mi niña es una bendita y que por fin voy a poder encender el portátil y trabajar. Optimista que es una, porque el tiempo que tardo en preparar una infusión y una tostada es el que tarda mi hija en detectar que la abuela se ha ido y, por lo tanto, ha terminado el simulacro de paz. Desayuno con ella en brazos, me meto en el despacho y empieza la odisea de la conciliación.

Enciendo el ordenador, pongo a la niña en el cuco, abro Word y… llora. Cambio a la niña al carro y lo coloco de forma que pueda mecerlo con una pierna mientras tecleo (ojo al dato, esto debería considerarse deporte olímpico). Al principio bien, pero pasados cinco minutos, protesta. Será que tiene pipí, me digo. Cambio de pañal, y cambio el carro por la mantita de ejercicios, que el pediatra dice que ya que es una niña despierta tengo que aprovechar e incentivarla. Aquí no dura ni cinco minutos, el tiempo que tarda en patear a base de bien a los pobres monigotes que cuelgan sobre ella. Será sueño, me digo. Y me la pongo en la mochila y me doy un par de paseos por el pasillo. Me preparo otra infusión y me regocijo cuando veo a Alba cerrar los ojos. Va a caer, en esta cae y puedo trabajar, seguro.

Cae. ¡Bien! La pongo en su cuna como quien deposita una bomba de relojería, con todo el cuidado del mundo. Salgo del dormitorio caminando hacia atrás y aguantando la respiración. Llego al despacho, me siento en la silla, sonrío y doy un sorbo a mi infusión. Son las diez y pico, pero vaya, todavía tengo tiempo de trabajar algo.

Abro Word de nuevo, releo lo último que hice, pero no tiene mucho sentido. El día que conseguí escribirlo debía tener más sueño de lo normal. Borro. Borro. Borro un poco más. Voy a hacerlo de otra forma que se me ha ocurrido y me gusta más. Empiezo a teclear y, un párrafo después, oigo unas quejas que me hacen juntar las cejas. No puede ser, si estaba dormida profundamente, de verdad, la dejé muy profundamente dormida. Me asomo al cuarto como si en vez de niña tuviera un tigre de bengala dispuesto a atacarme. El tigre no está, pero la niña tiene los ojos de par en par, patalea y está haciendo esos ruiditos típicos que quieren decir algo como “tienes dos minutos para cogerme en brazos o voy a montar la de San Quintín”.

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Aquí, a veces, el tic en el ojo ya empieza a ser visible.

La cojo y me digo: será hambre. Preparo el bibi, se toma la mitad, regurgita, se empapa la ropa, la cambio, caliento lo que queda de bibi, se lo toma (o no) y la pongo de nuevo en el carro, o cuco, o mantita de ejercicios, o columpio. Varío según el nivel de desesperación porque el tiempo se está pasando y no estoy trabajando.

Consigo media hora que utilizo en escribir un nuevo párrafo y responder correos u organizar notas, porque estoy viendo que se me va la mañana y nada. Tengo que corregir la novela que sale en septiembre, así que la abro, venga, que voy a ser capaz de concentrarme. Con suerte, logro media hora. Normalmente no tengo suerte y Alba despierta de nuevo, porque la realidad es que es una niña buenísima que duerme medio bien (eso quiere decir que aguanta tres horas dormida, que ya es mucho más de lo que aguantaba su hermana) así que por las mañanas está a tope. Y el problema es que las mañanas es el único tiempo que tengo para escribir porque cuando la otra sale del cole, ya no da para más. Cuando me quiero dar cuenta es la una, así que preparo mi comida (que va aparte porque se me ha ocurrido que es una idea genial empezar un menú personalizado con nutricionista), recojo lo necesario para Alba, nos vamos al cole a por Paula y… ¡Nos vamos a casa de mis padres! Muchos días, sí, lo reconozco, comemos con ellos porque ya he dicho que somos muy como en Sin Mar y porque mi madre es de esas que dice que una vez que pone el puchero lo mismo da dos que cinco. Así que comemos, yo lo mío y ellos lo suyo, y luego llega la tarde que consiste en estar con ellas y disfrutarlas porque, total, trabajar con las dos va a ser del todo imposible y ya ni siquiera lo intento. Hago la cena a las cinco o seis de la tarde solo porque sé que por la noche ya no voy a dar más de sí.

En este diario no entra la tarde en semana que vamos a la biblioteca a dejar libros y recoger otros para Paula, ni la visita semanal a la farmacia y hacer la compra (en serio, hacer la compra ocuparía un post entero), ni los pediatras que visito cuando no es con una, con otra, ni vacunas, ni ninguna de esas cosas que se van intercalando y hacen que, al final, cada día tenga que hacer algo distinto.

Cuando llego a casa, a las siete más o menos, me toca bañarlas, preparar la cena de Paula y ordenar un poco el desastre que se ha ido produciendo a lo largo de la mañana. Papá llega a las ocho y media, cuando yo, a veces, ya estoy como los sims al acabar el día, con la barra en rojo y pidiendo café a gritos, pero sin poder tomarlo, porque el café me genera estrés y yo de eso voy sobrada. El caso es que papá se ocupa de poner el pijama a la mayor y conseguir que se lave los dientes  y luego, una noche la duerme él (leyendo) y otra yo. En un día bueno Mini1 se duerme a las nueve y media o diez. En uno malo… Bueno, no voy a seguir por aquí.  Me ducho, ceno y me siento en el sofá con cara de haberme pasado el día fumando porros. Intento ver alguna de esas series que tan de moda están, pero los ojos se me cierran, aunque no quiera. La pequeña tiene pendiente una toma y caigo en la cuenta de que hoy tampoco he trabajado lo que me hubiese gustado. Que se me atrasan las cosas, que debería mandar ese paquete por correos que tan atrasado tengo y que corregir empieza a ser una urgencia, si quiero llegar a tiempo de publicar en septiembre. Y debo elegir portada, y hacer sinopsis, y escribir. Dios, debería escribir y… ¿eso que acaba de pasar por el salón es una bola de pelusa enorme o una rata? Bueno, esto igual es exagerado (no tanto). El caso es que, llegados a este punto, abro Instagram para ponerme al día con mensajes y demás y veo que la superwoman de turno ha tenido tiempo de ir a hacerse la manicura, hacerle un reportaje de fotos de lujo a los niños y poner un texto sobre lo fácil que le resulta tener una vida absolutamente perfecta porque “querer es poder”. Y, lo confieso, en esos momentos, solo me sale pensar “y una mierda”. Porque no me lo creo, seré muy cínica, pero no me lo creo.

Entiendo que hay mujeres más eficientes que otras, que todas no tenemos la misma vida, que cada una tiene lo suyo y no lo critico, pero no me creo esas vidas perfectas en la que no existen berrinches, vómitos o agobios por falta de tiempo. Y yo, de hecho, soy una privilegiada, porque trabajo en casa, aunque eso implique no tener un horario fijo y sufrir a diario el no tener un límite para parar y ponerme a trabajar.  Aun así, soy afortunada. Muchas madres trabajan fuera jornadas de hasta diez horas diarias y, al llegar, se encuentran con un mundo de cosas por hacer y un sentimiento de culpabilidad inmenso. Hay madres que no cuentan con los abuelos para ayudar y, encima de gastar el dinero que no sobra en colegios y extraescolares, cargan con la culpabilidad de no poder pasar más tiempo con sus hijos.

La culpabilidad. La maldita culpabilidad que nos persigue a todas, porque no es algo solo de madres que trabajan fuera de casa. Hay muchas madres que no trabajan y, sin embargo, el agobio es el mismo. Porque ven que el tiempo pasa y, si no se enganchan a la vida laboral ahora, lo van a tener jodido en un futuro. O quieren cuidar de sus hijos y se ven en la posición de tener que justificarse o defenderse por ello. O no encuentran un trabajo que se ajuste a sus posibilidades para dejar a los niños con niñeras, o en clases. O no tienen quien las ayude.

Hay madres de todo tipo y creo que la mayoría compartimos esa culpabilidad que nos pesa como una mochila llena de piedras, por eso he querido compartir parte de mi vida diaria con vosotras.

Y por eso estoy aquí, para deciros que da igual qué tipo de madre seáis: lo estáis haciendo bien. Incluso cuando os estresáis, agobiáis y sentís que no tenéis tiempo de nada y que otras son mucho mejores madres que vosotras. Incluso entonces, lo estáis haciendo bien, porque esos pensamientos llegan del deseo de querer ser la mejor madre posible para vuestros hijos y, solo eso, os convierte en la madre perfecta para ellos.

Sois las mejores madres porque estoy segura de que, como yo, miráis a vuestros hijos dormir por las noches y sois conscientes de que, pese a todo, no cambiaríais un solo segundo de vuestras vidas con ellos por todo el oro del mundo. Aunque conciliar en este país aún sea una utopía y aunque el estrés, a veces, os haga resoplar y os agote la paciencia. Un beso, un abrazo y una sonrisa dan energía suficiente para levantarse cada mañana e intentarlo de nuevo.

Incansables, fuertes, poderosas.

Solo por eso, sois, somos perfectas.

Cherry Chic

Me llamo Lorena, aunque en los mundos de internet ya todos me conocen como Cherry Chic. Apasionada de los libros. Trabajo creando vidas y tejiendo historias.

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